Servicio público profesional. Por @BenjaminTyreen

No pido a los servidores públicos simpatía, ni tan siquiera que sean buenas personas, allá cada cual en su casa. Pero sí puedo exigirles que sean lo suficientemente profesionales para, al menos, disimular sus movidas durante su jornada laboral, más aún si la falta de profesionalidad afecta a cuestión trascendente como es la imagen de la Jefatura del Estado en unos momentos bastante chungos “al respective”.

Tuve la oportunidad, en una ocasión, de ser recibido en la Zarzuela (junto con otros muchos más, que solo no doy yo para tanto) por los entonces príncipes y hoy reyes de España, una audiencia de esas más o menos multitudinarias (unas veinte personas) en las que, tras el saludo y la foto, los anfitriones mantienen un diálogo protocolario con los asistentes, nada natural, por supuesto, que los primeros no tienen por qué saber de cualquier tema, y se nota que alguien les prepara para cada ocasión la documentación o información necesaria para, al menos, que parezca que saben de lo que hablan. Y eso está bien, es normal, e incluso de agradecer para quienes llegamos de visita.

No es que uno sea especialmente intuitivo, ni tan siquiera buen observador, ni me merecía interés especial el asunto, pero incluso con esas limitaciones ni tan siquiera a mí se me pudo escapar lo evidente: y es que de las dos personas que nos recibían, una de ellas se comportaba profesionalmente, como diciendo: a lo mejor en el fondo me importa un pijo a lo que se dedican estos señores que me visitan hoy, pero esto forma parte de mi trabajo y voy a hacerlo bien, que para eso estoy aquí y me pagan y, al menos, he de dar la imagen que me corresponde y se espera de mí como (entonces) futuro Jefe de Estado. La otra no. La otra estaba (al menos en aquel momento, no puedo saber si es así habitualmente) tan contrariada por tener que hacer ese trabajo (no especialmente complicado) que ni se molestaba en disimular ese fastidio, e incluso en algún momento lo pagó con alguno de los presentes, o esa impresión me dio a mí. A mí, y al resto de la peña, a tenor de los comentarios del post partido.

No voy a entrar en disquisiciones jurídico-políticas sobre las bondades, ventajas o inconvenientes de esta o aquella forma de Estado, ni en consideraciones sobre movidas o tensiones familiares, no porque no sean siempre pertinentes, sino porque quiero llegar a algo mucho más básico y simple:

Los reyes y yo tenemos algo en común, al menos una cosa: y es que somos servidores públicos que vivimos del Presupuesto del Estado, el cual se nutre de impuestos aportados, con mucho esfuerzo y sin un especial entusiasmo, por todos los contribuyentes. Y ello nos obliga a hacer especialmente bien nuestro trabajo, con independencia de la retribución que a cada uno nos corresponda atendiendo al nivel de importancia de nuestra función pública.

Quiero decir con esto que yo no puedo acogerme a que mi labor, comparada con la que a ellos les corresponde, es de ínfima importancia (un pringaete, vamos), como excusa para no cumplirla impecablemente y ganarme cada día el sueldo que vosotros, contribuyentes, me pagáis.

Pero igual que no tengo esa excusa, y como también (¡ay!) soy bastante contribuyente, cuento con todo el derecho a exigirles que hagan su trabajo a modo, en condiciones, y con profesionalidad, es decir, ganándose el sueldo.

Y una parte muy importante, nada baladí, de su trabajo es dar una buena imagen, representarnos a todos de forma educada, correcta, aséptica, adecuada a su posición institucional, y con una cercanía medida, que nunca traspase la línea de la chabacanería.

Yo también (y cualquiera que me lea y que sea humano) tengo o he tenido movidas familiares, incluso de familias políticas, que son las más chungas y cansinas. Pero no me las llevo al trabajo, y no debía, no podía, ponerlas como excusa para no cumplir impecablemente con aquello por lo que me pagan a fin de mes. Y no me vale que alguien diga que mi trabajo no comporta estar casi todo el día expuesto al ojo público, que los trabajos, todos, tienen su pros y sus contras, y no todos se pagan igual, precisamente por esos pros y esos contras.

No pido a los servidores públicos simpatía, ni tan siquiera que sean buenas personas, allá cada cual en su casa. Pero sí puedo exigirles que sean lo suficientemente profesionales para, al menos, disimular sus movidas durante su jornada laboral, más aún si la falta de profesionalidad afecta a cuestión trascendente como es la imagen de la Jefatura del Estado en unos momentos bastante chungos “al respective”. Que el día de cobrar la nómina o vivir de lo público no renunciamos a ello porque estemos jodidos, nos llevemos mal con la suegra, nos pique la almorrana, o el trabajo nos parezca un coñazo absurdo, ¿verdad que no?

Autor: carmenalvarezvela

Abrí este blog para hablar de España y conforme ha pasado el tiempo, algunos amigos mucho más cualificados que yo colaboran para expresar nuestra común preocupación por los males que nos aquejan como nación. Otros participan escribiendo sobre música, cine, literatura, historia ... Debería cambiar el nombre del blog, "No me resigno", como mínimo por "No nos resignamos", ya veremos. Mi amigo Emmanuel M. Alcocer me dijo una vez que el peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada. Pues ahí estamos, intentando hacer algo.

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