Miénteme, bandido. Por Carmen Álvarez, para Ataraxia Magazine.

Sánchez asumió su rol presidencial de manera soberbia; parecía haber nacido para ello. Determinado a encandilar a propios y extraños cual Kennedy redivivo, lleno de juventud y modernidad, mirando el mundo a través de sus gafas de sol —graduadas o no— en un lugar más bien oscuro, en un avión. Sin haber dado una rueda de prensa, corría por los jardines de La Moncloa para conservar ese cuerpo que no merece, mientras jugaba con su perro —hemos de suponer que es suyo— cual Obama desteñido.

Corría el año 2014 de nuestro Señor, año de elecciones europeas, en las que el PSOE, con Pérez Rubalcaba al frente, obtenía unos resultados manifiestamente mejorables. Este hecho —según los usos de la época— precipitó la dimisión de Rubalcaba, abocando al centenario partido a unas inminentes primarias.

Fue en esos primeros meses del año cuando empezamos a ver con bastante frecuencia en los telediarios a un hombre alto, guapo, con el cutis un tanto maltratado pero, aún así, tremendamente atractivo, gracias también a una perfecta percha. Hablaba poco —o al menos no ocupaba minutos de televisión todavía, cosa que ahora veo que le favoreció en su momento— y cuando lo hacía se mostraba moderado, tranquilo, lleno de sentido común y mesura; virtudes que trasladaba al telespectador y telespectadora con su voz grave y susurrante—soy admiradora de voces—. No exagero si digo que cuando supimos que sería candidato en las primarias socialistas algunas y algunos, que jamás habíamos votado al PSOE, nos replanteamos nuestra vida, nuestra ideología —si la hubiere— y nuestros principios más sólidos —de tenerlos— para ir a Ferraz como alma que lleva el diablo a afiliarnos.

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