Hay ya más tontos que gatos descalzos. Por @MylesBo

No sé si es la edad la que me hace más impaciente con los pequeños gilipollicas, más incluso que ante los grandes imbéciles, los que de verdad tienen entidad, vamos.

Aquéllos que ‘juran’ o ‘prometen’ por “imperativo legal” al tomar posesión de un cargo público. A ver, tontos del pijo. Por supuesto que es por imperativo legal: todos y cada uno de los que prometen, estén o no contentos con la promesa, tanto los que alcanzan el orgasmo en ese acto (que alguno habrá), como aquéllos a los que les salen ronchas entre los dedos de los pies por prometer eso (a no ser que las ronchas vengan por no lavarse, que a lo mejor también), lo hacen por imperativo legal.

Porque una ley lo dispone, y porque cualquier norma, para ser tenida como tal, ha de contener un mandato imperativo, porque, si no, sería el prospecto del Dalsi, la lista de la compra del Consum o una bicicleta de montaña. Pero no una norma. Y todos cumplen con la ley al manifestar su promesa, todos con idénticos ¿efectos jurídicos?, incluso los que se permiten esa cursilada de lanzar al viento imperio la perogrullada/risión de “por imperativo legal”. Porque esas juras o promesas de la Constitución son paripés protocolarios sin efecto jurídico alguno, ni constitutivo ni declarativo ni condicionante, y sin consecuencias previstas ante su incumplimiento, que demasiados ejemplos de incumplimientos tenemos ya entre quienes en un momento u otro juraron, y no pasa ná.

Y ahora llega el vestealamierda este, encantado de escucharse. Otro más.

De indignaciones hemipléjicas. Por @MylesBo

 

Me gusta el fútbol. Y la pasión de los partidos en el estadio. Y que gane mi equipo. Pero aún mucho más que gane mi equipo, me gusta el fútbol.

A ver si con un ejemplo lo entienden todos, incluso esos que están un poco al límite, que van rozando el palo, vamos. Si no hablas nunca de fútbol no pasa nada, no lo echaré de menos. Si hablas de fútbol y criticas las ayudas arbitrales al Barsa tanto como las del Madrid, podré pensar que te gusta e importa ese deporte, y que tu opinión es sincera.

Pero si te rasgas las vestiduras y das la brasa cada día con los penaltis injustos a favor del Barsa, y el día que le regalan uno al Madrid (o al revés, me dan igual los equipos) te callas, es que ni te gusta ni te interesa el fútbol, eres un hooligan sectario que no distingue un balón de un bocata de sardinas, y sólo opinas para vomitar esa vileza típica del resentido que en el fondo se detesta a sí mismo.

Y si me aplaudes cuando critico una astracanada del equipo que no te gusta, pero cuando me meto con la última chorrada de “los tuyos” me sales con la mamonada de que peor aún es que haya hambre en el mundo, o que tu abuela come peras pero al menos no roba, entonces es que eres tan ruin que ni tan siquiera das pena. Mucho menos la mereces.

(No sé en qué párrafo he dejado ya de hablar de fútbol).

Es 11 de diciembre, se acerca la Navidad y los Reyes Magos… Por @MylesBo

… y muchos niños ya los esperan ilusionados.

 

Estas de la foto son unas gemelas que se llaman Miriam y Esther. Bueno, se llamaban, porque cuando tenían tres años las mataron (un 11 de diciembre) los asesinos de la ETA con un coche bomba.

Así que, se siente, pero vosotras no tenéis Reyes Magos tampoco este año. A cambio, y sin embargo, tenéis otras cosas:

Un montón de diputados, alcaldes y concejales de Bildu y Amaiur, o como el demonio quiera que se llamen esos desalmados, y otro montón de asesinos en la calle gracias al Tribunal Europeo de Derechos Humanos (atiende qué gracia: derechos humanos) que con tanta prestancia y eficacia aplicaron en su día el Gobierno del Partido Popular y aquel Ministro del Interior que condecoraba de vez en cuando a la Virgen y que consideraba la política como un «magnífico campo para el apostolado y la santificación».

Que igual a algún listo esta entrada le parece hasta demagógica, pero por si acaso pongo otra vez la foto.

 

Ese reconfortante sentimiento de euforia. Por @MylesBo

“… ni los sentimientos ni el ánimo por sí solos nos dan la libertad, la paz, el bienestar”.

 

Ayer por la mañana tenía un ojo en las noticias y vuestros tuits desde Barcelona, y el otro en esta frase de uno de los últimos artículos de @cav_carmen: “Cuando surgió el espíritu de Ermua todos creímos que era tan fuerte que no habría vuelta atrás. Y la hubo”.[i]

Los primeros transmitían sentimientos de satisfacción, de alivio, incluso de euforia, muy necesarios en estos duros momentos, imprescindibles diría yo: darnos ánimos unos a otros, decirles a los catalanes demócratas que no están solos, que los comprendemos y acompañamos, y que somos muchos en contra del totalitarismo y la podredumbre social. Necesitamos de vez en cuando ese tipo de “chutes” para seguir adelante con fuerza, con convicción, venciendo al desánimo. Pero, ¿sabes qué? Que ni los sentimientos ni el ánimo por sí solos nos dan la libertad, la paz, el bienestar. Leer más “Ese reconfortante sentimiento de euforia. Por @MylesBo”

Manifestaciones politizadas. Por @MylesBo

Los que salisteis esta mañana a la calle (muchos amigos en muchas partes de España) estáis politizados. Pero politizados en el mejor y más digno sentido de la expresión porque hoy, desgraciadamente, se entiende la política como mero ejercicio partidista, no se concibe de otra manera, no se entiende ni acepta que los ciudadanos hagan política puertas afuera de los aparatos de intereses de los partidos, partidos que no nos tienen como individuos pensantes y críticos, sino como masa informe a la que acudir mendigando el voto cada x años. Leer más “Manifestaciones politizadas. Por @MylesBo”

Los recuerdos y el rencor. “Aquella Transición trajo Estado de Derecho frente a totalitarismo. Y a Unidos-Podemos les mola el totalitarismo”. Texto políticamente incorrecto de @MylesBo

Tras leer ayer las noticias de esa celebración en las Cortes de los nosécuántos años de la llegada de la democracia, y de la reacción de los de Unidos-Podemos denostando y renegando de eso que se dio en llamar “Transición”, para ellos el origen primero de los males de nuestro actual sistema político, me he permitido  —a la manera de Sherlock Holmes en sus momentos de lucidez—  la inyección  de una dosis de “Nostalgín Forte” y abandonarme a algunas vivencias de aquélla época.

En noviembre de 1975 yo tenía 8 años. Y el día 20 (ahora sé que fue el 20) me alegré, supongo que como tantos en mi caso, por la agradable sorpresa de no tener colegio ese día. En mi casa no se celebró con champán (ni con sidra, que champán no habría) la muerte de Franco, pero tampoco recuerdo un luto o tristeza especiales. Supongo que sería lo mismo en la mayoría de hogares españoles, por más que ahora parezca que todiós se pasó cuarenta años dejándose los cuernos en lucha cruenta contra la dictadura.

Como adulto, miembro de la población “activa” y padre que soy ahora, puedo comprender las incertidumbres que asaltaban entonces a quienes tenían obligaciones parecidas a las mías, ante una situación políticamente inédita y jodidamente peligrosa, por más que se proclamara desde instancias oficiales que todo estaba “atado y bien atado”.

Ese es el primer mérito que otorgaría a los responsables políticos de esa “Transición”: reducir el margen de incertidumbre, conseguir que el paso de 1975 a 1978 fuera  —no sin vencer grandes dificultades—  ejemplar en cuanto a la continuidad de las certezas (laborales, jurídicas, domésticas y de convivencia ciudadana) que todo ciudadano responsable espera y exige para sí y sus allegados. Y eso es lo que los políticos deben siempre procurar para sus conciudadanos y lo que justifica, al fin y al cabo, su existencia.

Insisto: sólo por ello, toda esa gente merece nuestro agradecimiento y reconocimiento. Esa “tranquilidad” jurídica en la transición de un régimen político a otro creo que no es suficientemente valorada, aunque sólo sea por lo sorprendente.

Recordaréis los de mi quinta (y más mayores) cuántas veces en aquellos días de finales de 1975 se nos leyó y leímos aquello que llamaban el testamento político que Franco dirigió a los españoles. En mi mente infantil quedó grabada por entonces una idea que él nos enviaba “desde el más allá”, advirtiéndonos de los males del comunismo, ya no recuerdo si nacional o internacional, que no tengo memoria exacta de la frase en cuestión ni  —como decía aquél—  me voy a levantar ahora a googlearlo.

Por eso, de cuando apareció Santiago Carrillo por nuestras vidas, recuerdo (aparte del suceso tan comentado en la ciudad de provincias donde vivíamos, en que el dueño de un bar destrozó el televisor de su establecimiento de un disparo de escopeta cuando vio aparecer al personaje en el telediario) haberle preguntado a mi padre: “Si Franco dejó dicho en su testamento que cuidado con los comunistas, ¿por qué los legalizan ahora?”.

Ahora, con el tiempo, creo que mi extrañeza no venía tanto del hecho de que no se tuviera en cuenta la recomendación de Franco (personaje de quien por entonces apenas conocía yo poco más que aquello del culo blanco, y su mujer, y el Ariel), como de la incomprensión —quizás fruto de una temprana e inconsciente intuición leguleya— ante la falta de respeto de la última voluntad que una persona expresa en su testamento, por mas que fuera un testamento “político”, que maldito si sabía yo entonces qué demonios era eso.

Luego ya, Suárez (de quien había oído hablar a mi padre y a mi tío acerca de unas jornadas jurídicas o algo así que se celebraban anualmente en Peñíscola); el 23F, mi madre y yo con la radio puesta, suenan tiros de repente (“¿eso son disparos?”), se arrodilla rezando sin saber que las balas van al techo y no a las cabezas de todos los que allí estaban (sí, queridos niños de LOGSE: la radio es una cosa que se escucha, pero que no se ve); Felipe en el 82 y Pepe Bono (un mediocre abogado, según los que sabían), con sus amigos dándose una comida-homenaje-celebración de victoria electoral, unas mesas más allá en el restaurante de carretera donde mis padres nos llevaban a comer algunos domingos; asesinatos de la ETA; Tarradellas que era un señor mayor con pinta de caballero… Bueno. Nada que no recordéis los que rondéis mi ya provecta, etc.

Se ve que celebraron ayer esa llegada de la democracia. Bueno. Si identificamos democracia con la posibilidad de elegir libremente a nuestros representantes políticos, me vale. Aunque opino que la democracia es mucho más que votar a este o a aquél (que también), pero esto no viene ahora al caso.

Y a los de Unidos-Podemos no les gusta ni la Transición, ni la democracia que aquélla nos trajo.

Y lo entiendo perfectamente.

Aquella Transición trajo Estado de Derecho frente a totalitarismo. Y a Unidos-Podemos les mola el totalitarismo. ¡Qué digo les mola! ¡Se les pone durísima con el tema! (y que me perdone la zafia expresión Tania, Irene, o como se llame la favorita ya a estas horas).

Aquella Transición se hizo con un interés último común, a base de política racional y pragmática, y con los pies en la tierra, que es la forma de llegar a acuerdos desde ideologías encontradas. Y a los de Unidos-Podemos les alimenta, condiciona su existencia, lo necesitan como respirar (no diré como ducharse), que las diferencias ideológicas se mantengan y se enconen en el terreno de lo sentimental, de lo irracional, del resentimiento, en un escenario-mundo de unicornios de mentira.

Aquella Transición se hizo con esfuerzo, con concesiones, con sacrificio (muchos incluso con el de sus vidas frente a la ultraizquierda vasca, esa que resulta tan molona a ya sabéis quiénes), sabiendo que lo bueno, lo posible, lo que merece la pena, es difícil de conseguir. Y para los de Unidos-Podemos el esfuerzo y el sacrificio, y todo lo que no sean privilegios de gratis, es fascista, franquista, homófobo, o centralista, según los casos, o incluso todo junto mezclao.

Así que… sí. Iglesias (y Garzón, su mocoseco): lo extraño sería que vosotros celebraseis la Transición que nos trajo esta democracia (tan imperfecta, y por eso tan española y tan nuestra), porque niega esa biliosa existencia política vuestra que vive del resentimiento, del rencor y del odio a la libertad. Esta democracia que os permite a vosotros, bonicos pijos antisistema, vivir del sistema como dios.

No os diré, como Echenique, que me chupéis la minga (que uno no está ya para muchos trotes, aparte escrúpulos insalvables que me impiden siquiera imaginarlo), pero os mandaría como regalo de ese día de “celebración democrática”  —para el caso de que pudierais recibirlo—  todo mi desdén y desprecio, que no mi rencor.

Que el rencor es todo vuestro.