La extrema izquierda antisistema cuando pierde las elecciones. De la forma (trivial y risible), al fondo (preocupante). Por Rome Clay @BenjaminTyreen

Y ese insulto hacia los que no aceptan que les impongan sus ideas, lo que ellos “saben” que conviene, su totalitarismo en definitiva, es el estadio inferior y todavía “inofensivo”, porque la Historia (Stalin, Pol Pot, Castro, Kim Jong Un y otros héroes por el estilo) demuestra cuán fácilmente se pasa desde el desprecio, intelectual y social, al asesinato indiscriminado para reeducar a los “ignorantes”.

A nadie le gusta que ganen las elecciones sus rivales políticos. A nadie.

Es algo no sólo comprensible, sino coherente: Si asumes una opción política como buena y deseable porque crees (concedamos que de buena fe) que es la mejor para el bienestar de tus conciudadanos, y a la hora de votar esos mismos ciudadanos escogen mayoritariamente la opción contraria, resulta frustrante y decepcionante.

Esa decepción es normal, y a todos nos ha pasado (y, Dios mediante, nos seguirá pasando) muchas veces.

A partir de ello, es curioso examinar cómo algunos reaccionan públicamente ante los resultados electorales que no les favorecen, y la manera en que manifiestan su comprensible decepción.

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De la izquierda y sus obsesiones. Por @abogadosensible


“Y la última de las obsesiones de la izquierda española es FRANCO, muerto hace 43 años y que empezó a gobernar hace 82. A cualquiera que le cuentes que la obsesión y actividad principal del Presidente del Gobierno nombrado hace unos meses (según el cual era necesario un cambio de gobierno por la urgencia de los problemas de España, por lo que abanderó una moción de censura contra el Gobierno salido de unas elecciones generales) es tratar de encontrar la fórmula jurídica para desenterrar los restos mortales de alguien muerto hace cuarenta años…”

Estos días estamos viviendo la obsesión del gobierno de Pedro Sánchez por llenar de titulares los medios con la cuestión de la exhumación de los restos del General Franco. Una obsesión que pese a que a la mayoría nos genera desde la hilaridad (lleva 43 años muerto) al rechazo ante decisiones que maldita falta que hacen en nuestro país, no es ni mucho menos neutra.

Hagamos un poco de Historia: nuestro mundo es heredero del nacido tras las guerras revolucionarias o napoleónicas. La creación de los estados nación y la desaparición de los estados patrimonio (de las respectivas familias reales), se inició en ese momento y llega hasta la actualidad. El surgimiento de esos estados vino acompañado de la creación de un nuevo sistema económico, el capitalismo, que si bien generó el progreso más grande de la humanidad en doscientos años, no es menos cierto que trajo tensiones y desigualdades sociales que, aunque muy corregidas sobre todo en los países occidentales, aún siguen existiendo.

Bajo dicho conflicto, el de las desigualdades creadas por el capitalismo en los países del mundo occidental (esto se olvida muchas veces) es donde nacen los sindicatos y partidos llamados de izquierdas. Estos buscan, loable fin, combatir esas desigualdades sociales que levan a la explotación del proletariado para conseguir beneficios económicos que solo a unos cuantos favorecen. Para eso nacen esos partidos y sindicatos de izquierda y, aunque errados en muchos de sus planteamientos, es cierto que muchos de los estándares del modelo de vida actual, o sociedad del bienestar, nacen precisamente de esa lucha entre partidos de izquierda y las clases que defendían el capitalismo salvaje.

No quiero olvidar que, pese a la propaganda al respecto, dentro de las mismas clases dominantes muy pronto se vio que era necesario cambiar las cosas, pero no por miedo al estallido social, que también, si no por el kantiano “deber ser” que impregnaba a parte de la sociedad culta de la época: uno de los primeros hitos en defensa de los más socialmente débiles lo constituye la encíclica “rerum novarun” publicada en 1891 por el Papa León XIII, no precisamente un peligroso izquierdista.

Por no hacerlo largo diremos que esta confrontación tiene su punto culminante al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando la creación de los dos bloques generó una nueva izquierda dentro del mundo capitalista que encontró su mejor aliado en unos partidos burgueses, o de derechas, que entendieron al fin que la mejor manera de mantener su estatus era hacer partícipes a todos de los beneficios empresariales. Ello conllevó la reconstrucción asombrosa de la Europa occidental tras la Guerra en tiempo record. No tengo ahora el dato cerca, pero recuerdo haber leído que tras la Guerra De Gaulle hizo un discurso en el que indicaba que el continente tardaría treinta años en recuperar la riqueza anterior al conflicto bélico, y fue todo mucho más rápido, como ahora sabemos. Todo ello fruto de la colaboración entre el capitalismo, USA y las grandes empresas, y los partidos de izquierda que aparcaron sus obsesiones por conseguir la reconstrucción de una Europa mejor para todos.

La creación del estado del bienestar, aceptada por todos los partidos mayoritarios de los arcos parlamentarios de los países occidentales supuso, principalmente, dejar a la izquierda vacía de fines porque, al aceptar el sistema capitalista (contrario necesariamente a la igualdad en muchos aspectos) tenía que admitir también que ya no era posible conseguir muchos de aquéllos, y el resto del discurso le fue arrebatado por la derecha y el centro ideológico.

Llegados a este punto la izquierda necesitaba reinventarse y empezó a dar tumbos ideológicos.

Veamos: primero fue el mal llamado “pacifismo”: mientras existían los bloques, la obsesión de la izquierda era que el capitalista se deshiciera porque ponía en peligro la paz, y curiosamente eso no pasaba con el bloque comunista, al que nadie le pedía eso. Así asistimos en los años 80 a las manifestaciones contra la existencia de misiles con cabeza atómica, o la obsesión de la izquierda porque la OTAN se disolviera. Claramente todo dirigido desde Moscú, donde la izquierda miraba desde los años 30 en busca de órdenes.

Cuando se hundió el comunismo la izquierda occidental se quedó sin inspiración. Ya no había ideales que necesitaran ser defendidos ni peleas por las que luchar, habían desaparecido.

Eso generó la necesidad de inventar nuevas luchas autojustificantes que, disfrazadas de conquistas sociales de nuevo, justificaran la existencia de la izquierda. Además, al carecer de un líder válido que marcara el camino a seguir (ya no estaba el Secretario del Politburó en Moscú para ordenar) se empezaron a entremezclar ideas, algunas con más acierto que otras, en esa lucha por supervivencia ideológica.

Así, por ejemplo, asistimos al nacimiento del “animalismo”, la defensa de los animales, pero llevada a un punto en el que se confunde la prohibición de la crueldad con los animales, algo necesario y loable y que nadie de bien negaría, con un reconocimiento de derechos que pretende igualarlos a las personas, algo que no tiene ningún sentido jurídico.

Otra de las obsesiones, el feminismo, pero de nuevo llevado al error: un fin loable y aceptado por una mayoría social, la igualdad entre hombres y mujeres, se convierte, a su paso por la izquierda, en una ideología asfixiante que culpabiliza al hombre de lo que ha hecho y de lo que no y que lleva a generar más tensiones de las que realmente pretende combatir. Otro exceso.

El medio ambiente, tercera obsesión: un buen fin, la necesidad de preservar el planeta para las generaciones futuras, algo con lo que cualquiera en su sano juicio estaría de acuerdo, una vez pasa por manos de la izquierda establece un contexto de penalización de cualquier actividad mercantil que genere riqueza.

En España, con nuestro hecho diferencial, nos surge uno propio, difícil de ver en otros países: La obsesión de una parte de la izquierda por ser nacionalista, llevada al extremo de la justificación para tratar de romper un Estado. Así partidos como ERC, BNG, COMPROMIS o BILDU que se definen como de izquierdas, en los que prima más el nacionalismo, por descontado antiespañol, que los supuestos fines de la izquierda.

Si decíamos antes que el único fin de la izquierda que ha sobrevivido, aunque asumiendo que no puede ser absoluto, es la igualdad, ¿cómo es posible que existan partidos de izquierda que luchen por defender fines que van contra la igualdad? Porque no olvidemos que el nacionalismo es algo contrario, por definición, a la igualdad: los míos siempre son mejores que los otros. Ejemplos de esto los tenemos todos los días.

Y la última de las obsesiones de la izquierda española es FRANCO, muerto hace 43 años y que empezó a gobernar hace 82. A cualquiera que le cuentes que la obsesión y actividad principal del Presidente del Gobierno nombrado hace unos meses (según el cual era necesario un cambio de gobierno por la urgencia de los problemas de España, por lo que abanderó una moción de censura contra el Gobierno salido de unas elecciones generales) es tratar de encontrar la fórmula jurídica para desenterrar los restos mortales de alguien muerto hace cuarenta años…

Pero nuestra izquierda es así de innovadora: siempre buscando una nueva obsesión que justifique su existencia, una nueva lucha que pueda generar fractura y mantenerlos en la pelea, que traiga de nuevo a la arena política rencores, agravios imaginarios o descontextualizados, y resentimientos teóricamente superados por nuestra Sociedad, pero necesarios para que los discursos se enconen en el barro de lo sentimental-irracional y del odio a las libertades individuales, y aunque ello conlleve que en vez de avanzar hacia la igualdad que teóricamente propugna, se creen nuevas desigualdades que no sabemos que nos depararán.

La izquierda conservadora, el centro progresista (ampliado). Por Miguel Cornejo @MiguelCornejoSE

“La solución de la izquierda es subvencionar más a unos grupos de interés que viven de ser intermediarios entre el Estado y la ciudadanía, no de proporcionar soluciones reales. Y si no queda dinero, desenterramos a Franco o agitamos banderas para movilizar a nuestros seguidores”.

Cualquiera que vea el mapa político europeo hoy verá una nota común: la caída, y casi desaparición, de los partidos de la vieja socialdemocracia, y la aparición de opciones populistas que entroncan con el socialismo más añejo.

La socialdemocracia se edificó sobre la defensa del Estado del Bienestar (algo compartido con todos los partidos centristas del continente), la prestación de sus servicios por el Estado, el papel tutelar de éste en la sociedad y el impulso de los sindicatos. Con el tiempo, en España eso se ha traducido en la defensa de que el dinero público sólo se puede gastar a través de empleados públicos (en sanidad, en educación…) aunque no sea lo más efectivo ni lo más eficiente. Se ha traducido en la defensa de privilegios para los que tienen trabajo frente a los excluidos del mercado laboral. Se ha traducido en acomodamiento con los nacionalismos que buscan crear privilegios para diferentes grupos.
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