Relatos: “De mezquindades y pezones”. Por Francisco Javier Sánchez Palomares @Pacurll

“…Tras unos instantes, Mimi abrió la puerta batiente de la cocina con el culo embutido en una falda de tubo granate y se pavoneó sobre los tacones hasta la mesa contigua con la jarra de café y dos tazas como quien se sabe el único cardiólogo en una reunión de antiguos infartados”.

 

Cuando viajo siempre soy el de la foto del pasaporte y en esta ocasión había quedado con Carl Carmichael en la ciudad de los vientos, una metrópoli insípida con dársenas de agua dulce a la que solía desplazarme con una orden de alojamiento en el Drake Hotel. Según me adelantó por carta, tenía algo importante que contarme en persona, no podía dejar rastro.

Por suerte, nos reuniríamos en el bar de Mimi, un lugar de comida cálida con varios asientos contables que parecían sacados de una caravana technicolor en 8 mm y mesas que recordaban a los seguros de las puertas de un Cadillac Deville del 66.
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Relato: Ejecución sostenible. Por Francisco Javier Sánchez Palomares @Pacurll

Después de la orgía gastronómica con Charlotte en el Oyster y el posterior festín en el hotel, proseguí con la búsqueda del local idóneo para el negocio que traía entre manos con Lou. Char ya no me acompañaba, habíamos vuelto a discutir, por la razón de siempre; fuera de un casi cabe más que dentro de él.

Había echado el ojo a un viejo teatro y me reuní con el matrimonio que lo arrendaba. Cuando salí, busqué un teléfono para llamar a Lou y, por casualidad, el primero que encontré, a siete manzanas de allí, estaba en el bar donde servían las copas más suculentas de la ciudad. De modo que maceré en alcohol la conversación recién mantenida y procedí a descolgar el teléfono:
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Relato: Filosofía escanciada. Por Francisco Javier Sánchez Palomares @pacurll

 

Había ganado dinero con el último trabajo y aproveché que estaba en la ciudad para invitar a Charlotte al Oyster a almorzar vino y ostras antes de comer. Reservé a primera hora, a las 11:30 am. La recogí en su casa con el coche a las 10:45 y llegamos con el tiempo justo para estacionar en el aparcamiento de la Grand Central. Siempre escojo con cuidado la plaza exacta donde aparco. Manías.

Bajamos al Oyster, un bar enterrado y sin ventanas, excelente para conversar y conservar las esencias. Acababa de abrir, estaban todas las mesas vacías y el maître nos condujo a nuestra mesa con acierto inevitable.

—¿Qué desean tomar los señores?

—Una botella de vino y una docena de ostras, por favor.

—Tenemos una gran bodega y veinte tipos de ostras, caballero.

—El vino lo elegirá ella y las ostras, las mejores, por supuesto. No, espere, traiga las más caras, que hoy tengo dinero.

—Camarero, un buen champagne será suficiente. Veo que estás madurando, Trevor —ironizó ella.

—Espero que no, Charlotte, la madurez es el instante anterior a la podredumbre. Si estuviesen maduras las ostras que vamos a comer, tal vez serían tóxicas.

—Tal vez alguna vez hablarás en serio.

—Está bien, hablaré en serio: ¿qué me dices de estas bóvedas de barquillo de helado que nos cubren?

—Guastavino…

—Por supuesto, querida, espumoso, seco, excelente elección.

—Guastavino es el arquitecto, memo. Son bóvedas tabicadas. Era valenciano, de España, no de Nuevo México, ignorante, y además de este bar y de esta estación, realizó multitud de trabajos por toda la ciudad. Querido, dices muchas tonterías.

—Hablar en serio se parece a querer morirse, querida. Quien muestra excesiva dignidad aún no ha descubierto que sus sentencias más solemnes también son insignificantes, al igual que la vida.

—Gracias por tu clase gratuita de filosofía escanciada.

—Para escuchar agradecimientos con reproches, mejor me hubiese quedado en el coche, Charlotte.

—Hubiera almorzado más tranquila, sin duda.

—Pero más aburrida, pedante. ¡Camarero!, otra docena de ostras y más champagne, por favor. ¡Del más caro! Venga, Char, cuéntame más de Guastavino mientras comemos ostras y bebemos vino.

Charlotte me lanzó una mirada cargada de instinto asesino y sexual a partes iguales. Creo que solo seguía conmigo para poder clavarme las uñas en la espalda. Es mejor caerle un poco mal a las mujeres, así no tienen miedo a hacerte daño y se atreven a comenzar una relación que, antes de conocerte, saben que acabará por los aires.

Fueron llegando clientes. Seguimos degustando espumoso y sorbiendo conchas.

Fueron marchando clientes. Seguimos discutiendo a carcajada limpia.

—Señores, vamos a cerrar.

Aboné la cuenta y salimos pitando, teníamos cinco minutos para recoger el coche antes de que cerrara el parking. Pagamos al muchacho y él nos devolvió las llaves y un gesto de desaprobación con la cabeza.

Al llegar al coche, comprobé que había aparcado en el único lugar correcto; habían desaparecido todos los demás vehículos menos el nuestro.

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Bóvedas del Oyster Bar, Grand Central Terminal, Nueva York. Rafael Guastavino.

 

Relato: REDENCIÓN. Relato de Francisco Javier Sánchez Palomares @Pacurll

—Mr. Richmond, vengo a redimirme.

—Adelante, Trevor.

No fue bien, salí de la reunión con Mr. Richmond con casi todo perdido, era mi penúltima oportunidad. Aquel miserable me tenía agarrado por las pelotas desde hacía diez años. Sabía que la única manera de manejarme era controlar a las pocas personas que amaba. Ninguna de esas personas era yo, de modo que no tenía sentido amenazarme para cronificar la agonía.

Había aparcado el coche junto a una señal que rezaba prohibido estacionar y temí que nunca terminase el verano. Ese pensamiento me animó a acelerar la primera fase de un proceso con solo dos posibles salidas, ya estaba muy cansado.
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Relato: “Mis días con Jacqueline”. Por Francisco Javier Sánchez Palomares @Pacurll

Esta es la historia de un fracaso, de mi fracaso con Jacqueline Bisset.

Corría el año 67, yo salía del casino Royale con un traje de rayas y la billetera vacía. Levanté la mano con intención de parar un taxi para luego no pagarlo y entonces apareció ella, a cámara lenta, con el pelo secado al aire y derramándome media sonrisa. Cuando me repuse de aquello eran las navidades del 71 y tenía un buen empleo. Yo tampoco lograba explicármelo, al parecer era ejecutivo en una empresa de cosméticos y había vuelto a toparme con ella. No solo a toparme con ella, éramos pareja.

Los diez primeros años fueron maravillosos, pasábamos el día riendo y practicando el coito con despreocupación. Si bien es cierto que ya se atisbaban los primeros problemas; existía descoordinación porque ella seguía viviendo a cámara lenta, aunque solo viernes y sábado, pero al coincidir en fin de semana, dejaba mal sabor de boca. Fueron años de aventuras, de carreteras, de trenes, de asesinatos, de todo lo que hace disfrutar a una pareja.
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Trevor Miles. Relato de Francisco Javier Sánchez Palomares @Pacurll

“La vulnerabilidad se ceba con crueldad y se presenta muchos días sin avisar tras haber disfrutado de un magnífico desayuno. No importa si has tomado o no zumo de naranja recién exprimido. La salida aparece y desaparece en función del flujo de serotonina. Y de las croquetas. Aunque a largo plazo el exceso químico es tan útil para luchar contra la devastación interior como el fuego para apagar el agua hirviendo”.

 

Soy Trevor Miles. Varón, mediana edad, estatura lógica, peso frecuente, 6,6 KW, trifásico, atractivo, con cierta inclinación al alcohol y a la medicación, buscavidas, cínico, ciclotímico, frívolo y melómano.

Vivo en Camintong City, una ciudad del Medio Oeste con todas las perversiones y lacras que hacen que valga la pena. El río Morna divide la mitad más sórdida de la más mezquina. Por lo demás, es como cualquier otro lugar, con escasa actividad sísmica y la ausencia casi completa de dinosaurios. Leer más “Trevor Miles. Relato de Francisco Javier Sánchez Palomares @Pacurll”

“Impotencia”. Relato de Francisco Javier Sánchez Palomares @Pacurll

Era tarde para diñarla y pronto para irme al catre. No es decoroso morirse después de las siete de la tarde, menos aún en invierno; a esa hora, todo el personal involucrado en recoger tus residuos merece regresar a su casa para descansar. De modo que me vestí y bajé al Love me tender, el bar de Lou. Hace años era uno de esos locales que son lavanderías por el día y prostíbulos por la noche. Cuando Lou lo compró, decidió mantener el nombre para no tener que cambiar el luminoso, siempre le hizo mucha gracia la bailarina de neón que levanta una pierna mientras pone a secar la colada al son de chisporroteos eléctricos. Sospecho que esto ya os lo he explicado antes, pero no llevo una vida sana.
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