Guerra y Paz en El Quijote, un imprescindible. Texto de Emmanuel M. Alcocer @Filomat_

“Pedro Insua nos viene a despejar dudas sobre las fuentes filosóficas y literarias de un soldado poeta –o poeta soldado– como es Cervantes. Ejerciendo a su vez una potente crítica contra la leyenda negra antiespañola, tan pregnante”.

 

El libro de Pedro Insua que nos proponemos resumir –Guerra y Paz en El Quijote. El antierasmismo de Cervantes [Ediciones Encuentro, Madrid, 2017, 95 págs.] es corto pero certero. Un libro que se introduce directo, como una cuchillada, en la interpretación literaria española y en concreto en la cervantina. Un libro que no puede dejar indiferente a nadie que se interese por estos temas. Crítica literaria y filosófica a la vez realizada desde las potentes tesis del Materialismo filosófico y desde una sólida base documental y bibliográfica. Leer más “Guerra y Paz en El Quijote, un imprescindible. Texto de Emmanuel M. Alcocer @Filomat_”

El 18 de julio y la España de hoy. Texto de Emmanuel M. Alcocer @Filomat_

“… es una tarea de todos y cada uno de los españoles, ciudadanos y miembros soberanos de su nación y por tanto también responsables de ella. Es tiempo ya de que superemos este guerracivilismo visceral y dañino que nos invade como un fantasma que viene del pasado. En nuestra mano queda hacerlo o no”.

Ese día amaneció caluroso y despejado, como corresponde a un 18 de julio, y aunque ya desde el día anterior en el Protectorado de Marruecos se habían empezado a producir importantes y violentos movimientos insurreccionales, no había ningún indicio claro que pudiera hacer pensar en la terrible tormenta que se desataría momentos después en toda la nación, durante años. Hablamos, claro está, de la sublevación militar que acabaría encabezando Francisco Franco, del día del Alzamiento Nacional o Glorioso Alzamiento Nacional, como se denominó desde el franquismo –aunque esa es una expresión que ya tenía bastante solera; sin ir más lejos la podemos encontrar el 27 de abril de 1931 en el decreto que establecía la bandera de la Segunda República y que dice: El alzamiento nacional contra la tiranía, victorioso desde el 14 de abril, ha enarbolado una enseña investida por el sentir del pueblo con la doble representación de una esperanza de libertad y de su triunfo irrevocable–, o del golpe de Estado (fascista), como desde el bando republicano se denomina. Una dualidad interpretativa, maniquea, que, aún hoy, cansinamente, vemos señalada diariamente. Diariamente. Y no pocas veces. Y es que ese día, aunque no estaba en los planes que largamente el general Mola preparó para hacerse con el control la República, comenzaría una de las mayores convulsiones que ha sufrido España desde la invasión napoleónica a inicios del XIX, invasión que entonces dio como resultado la transformación del universal imperio español en una Nación política moderna en ambos hemisferios.

Día, pues, que supuso un terremoto histórico que sigue dejando réplicas en la actualidad –y en la legislación española, véase la Ley de Memoria Histórica de 2007–. Una actualidad, de nuevo, cada vez más sectaria y pobre en ideas tanto por parte de la abultadísima y chupóptera clase política como de sus votantes, que continuamente tienen que recurrir a esas fechas para engrasar sin descanso la maquinaria de la propaganda y la demagogia.

No entraremos en excesivos detalles acerca de lo ocurrido en esos momentos y en lo que vendría después, porque a pesar de que muy pocos españoles lo conocen como deberían, lo cual ayuda a su manipulación, existe una ingente y creciente cantidad de bibliografía y webgrafía en la que se puede consultar. Y aunque el debate siempre será algo que esté abierto, debe hacerse con los datos, con la historia, en la mano. Y es que con el pasar de los años la historiografía ha ido aportando estudios de gran interés para entender tal alzamiento militar –si fue la única solución o no la guerra en que desembocó es ya otro debate– y el caos continuo que supuso la II República. Para empezar hay que decir que las garantías constitucionales, de las distintas Constituciones, estuvieron suspendidas al menos la mitad del tiempo que duró la República. También debemos citar el fraude electoral de febrero del 36, que estudios como el reciente 1936. Fraude y violencia de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Vila García demuestran, aclarando cómo se manipularon hasta 50 de los 240 escaños de los que acabó apoderándose el Frente Popular, obteniendo así la mayoría absoluta. Junto a la manipulación de actas, la anulación en varias circunscripciones de las elecciones –para volver a repetirlas en un clima nada pacífico– o el nombramiento de diputados que no habían sido elegidos.

Otro punto significativo y siempre señalado, pues fue un punto de inflexión para la sublevación, es el asesinato de José Calvo Sotelo, cuyas previas amenazas de muerte en pleno Parlamento por parte de diputados como Dolores Ibárruri o el mismísimo presidente Casares Quiroga ya muestra el clima que ahí se vivía. Un asesinato y un clima en el que la presión de Indalecio Prieto y su círculo llegó a impedir que se realizara una investigación adecuada para determinar los hechos –lo cual no habría dejado demasiado bien a Prieto dados sus vínculos con los asesinos–, llegando a ser cesado el juez de instrucción –Ursicino Gómez Carbajo– que quería realizar tal investigación. Y es que el clima revolucionario o prerrevolucionario que se vivía y que desestabilizaba continuamente a los distintos gobiernos era palpable y notorio. Y sangriento. Que aun después de iniciada la sublevación en apenas dos días se sucedieran dos Gobiernos y estos pusieran reticencias a entregar armas a las clases obreras y sindicatos ya indica la desconfianza, y el temor, del propio Gobierno republicano respecto a las masas en las que en apariencia se apoyaban –aunque la propia sublevación militar daría como resultado tener que entregar esas armas, dado el gran apoyo que tuvo el alzamiento por parte de los militares, aunque la mayoría de forma inútil por circunstancias que vienen al caso–.

Y menos mal que esas masas nunca antes tuvieron tal cantidad de armas a su disposición, porque aun así hubo 2.629 muertos de unos y de otros durante los cinco años del régimen republicano –lo que da una media de 9 por semana–. Sin contar los constantes heridos en enfrentamientos entre facciones y en altercados con las fuerzas del orden público, así como las centenares de huelgas, saqueos, atentados, asaltos a iglesias y conventos –y su quema–, ¡a las bibliotecas!, y a las sedes de los partidos. Sin excluir teatros, casinos, restaurantes, bares y cafeterías. Violencia que, aunque no parezca posible, se acrecentó aún más tras las elecciones de febrero. Los asesinatos aumentaron, así como las palizas y detenciones indiscriminadas, destitución de jueces, o el asalto a las cárceles con la intención de liberar presos, incluidos los condenados por la revolución de 1934 …

Tal era el caos que muchos de los propios padres de la República, que con tanto esfuerzo y entusiasmo la proclamaron, terminaron espantados y asqueados hasta el punto de ver con buenos ojos el golpe de Estado militar. Casos como el de Ortega –hay que recordar su archiconocido no es esto, no es esto–, de Marañón o de Unamuno. Tal sería el asunto que el propio Indalecio Prieto llegó a reconocer que el fin de la República era algo que iban a merecer por su propia estupidez, o Julián Besteiro, que reconoció que si eran derrotados lo era por sus propias culpas.

Pero en definitiva, después de estas pinceladas, lo que nos importa resaltar aquí ahora es que esa sublevación militar, ese golpe de Estado contra el inestable Gobierno republicano, y que sería finalmente propiciado, como dijimos antes, por el asesinato de José Calvo Sotelo –como venganza por el asesinato de José Castillo, consecuencia a su vez de otros asesinatos previos, como comentábamos–, acabaría dando como resultado una España franquista que para bien o para mal configuró la España de hoy, esta democracia coronada en la que de momento vivimos. Aunque aquellos que caen en el idealista fundamentalismo democrático se empeñen en negar que España sea una «verdadera democracia», vaya usted a saber en base a qué elevados supuestos. Y es que en ese 18 de julio se alzaría también un virus ideológico que está corroyendo la cabeza de muchos españoles, el virus de la identificación de España con Franco (o con el franquismo).

Desde aquél mismo momento la propaganda franquista identificó ese alzamiento militar, del que saldría el espíritu Movimiento Nacional, con el alzamiento de la esencia española y por tanto, al ganar la guerra, con el franquismo. Llegando a convertir la guerra civil en una teológica cruzada contra el comunismo, dividiendo a los españoles en buenos y malos españoles[1] –cuando los que quedaron en el bando republicano, comunistas incluidos, eran tan patriotas como los demás–. Virus que la Transición, idealizada hasta el paroxismo, no pudo eliminar del cuerpo ideológico-político de la nación española y que las izquierdas españolas, ya desde los años 60 se puede ver, asumieron por completo. Cayendo así en la paradójica situación de apoderarse ellos mismos del discurso franquista, esto es, identificando e España con Franco y el franquismo. Generándose así una modulación negrolegendaria que tiene encorsetada ideológicamente –y legislativamente– a toda la nación, y que los nacionalismos fraccionarios aprovechan con biliosa habilidad.

Así pues, hoy, en esta España democrática y coronada, en esta España que sufrió un viraje ese 18 de julio, en esta España en la que las antiguas izquierdas y derechas han quedado homologadas y disueltas –aunque se sigue insistiendo en esa metafórica separación y para ello recurriendo falsamente a los días que comentamos– y que está en peligro de descomposición; en esta España, decimos, es necesaria, perentoria, una purga que elimine este virus político e ideológico y permita, empezando por las escuelas, la aceptación y conocimiento de nuestra historia. Una historia que para bien o para mal, de todo hay siempre, es nuestra. De todos. Una historia que debe ser presente, sí, pero no en tanto en cuanto propaganda, no deformada por la demagogia, pues la perversión ideológica e histórica, su corrupción, puede ser y es mucho más peligrosa para toda España que la terrible corrupción económica que, también, padecemos. Y esta no es una tarea de unos pocos, de los intelectuales, de los legistas o de los políticos, no, es una tarea de todos y cada uno de los españoles, ciudadanos y miembros soberanos de su nación y por tanto también responsables de ella. Es tiempo ya de que superemos este guerracivilismo visceral y dañino que nos invade como un fantasma que viene del pasado. En nuestra mano queda hacerlo o no.

[1] La misma perversión la podemos ver hoy cuando se habla de buenos y malos catalanes o buenos y malos vascos.

DERECHO A DECIDIR: ¿Es el derecho a decidir un derecho histórico, es quizá un derecho emanado de la voluntad del pueblo oprimido? ¿De qué pueblo, de qué voluntad y de qué opresión hablamos? Texto de @Filomat_

En una anterior colaboración hablamos de la Idea de nación y sus tres géneros (biológica, étnica y política) y siete especies (de una pate de un organismo, grupal, periférica, integrada, histórica, canónica o política y fraccionaria). En esta ocasión queremos hablar muy brevemente de una cuestión palpitante y que las que pretenden ser naciones de última especie en España plantean cada dos por tres (así como diversos partidos políticos). Hablamos del derecho a decidir, una cosa muy oscura y confusa. Y es que los derechos, a no ser que aceptemos la existencia de derechos naturales y profundicemos en las pantanosas aguas de la teología y el idealismo antropológico, son algo que conceden los Estados (e imperios) y sólo ellos. Esto es, no hay más derecho que el derecho positivo que da e impone un Estado, ni más justicia que la que impone ese derecho que el Estado garantiza mediante su cumplimiento y ejercicio. Leer más “DERECHO A DECIDIR: ¿Es el derecho a decidir un derecho histórico, es quizá un derecho emanado de la voluntad del pueblo oprimido? ¿De qué pueblo, de qué voluntad y de qué opresión hablamos? Texto de @Filomat_”

“España es una nación histórica hasta que en 1812 pasa a ser Nación política.” Texto de Emmanuel Martínez Alcocer @Filomat_ ¿QUÉ ES LA NACIÓN?

Como recordará quien lea estas líneas, hace unas semanas, en plena campaña por las presidenciales del PSOE, Patxi López preguntaba a Pedro Sánchez si sabía qué era una nación. La respuesta del ahora dirigente del Partido Socialista fue tan ridícula que nos negamos a reproducirla, pero es una muestra del nivel, del fango intelectual, con el que se maneja nuestra clase política. Aunque sus votantes no están mucho mejor.

Así pues, ¿qué es una nación? Esta es una pregunta dificilísima, así que iremos paso a paso.

En primer lugar habría que decir que nación viene del latín nascor, nacer. Eso ya nos da una pista de qué estamos hablando, pero no es suficiente. Requerimos de una clasificación más amplia, una explicación que, por supuesto, nos ayude también a entender qué es una nación históricamente.

Usando un lenguaje biológico podríamos decir que la Idea de Nación –pues estamos hablando de una Idea filosófica (que por tanto requiere de la intervención de múltiples categorías científicas y prácticas y hechos previos)– es divisible en tres géneros con cuatro especies. En primer lugar habría que hablar de nación en el sentido biológico o zoológico (y etimológico), o sea, la nación como nacimiento de algo. Que se dividiría en nación como nacimiento de una parte de un organismo, por ejemplo el nacimiento de un diente de ese ser humano (primera especie), y en nación como naciones grupales (segunda especie).

En segundo lugar hay que hablar de la nación en sentido étnico. Aquí la nación tiene un sentido antropológico y refiere al lugar donde se nace, a la región o a la etnia en la que los sujetos nacen y crecen. Pero esto implica que la definición de éste tipo de nación debe establecerse o delimitarse desde la plataforma de las sociedades políticas. Así pues hablaríamos de naciones étnicas periféricas (tercera especie): aquellos grupos o estirpes marginales o periféricos, esto eso, no plenamente integradas, en la república o en el imperio que se toma de referencia –como las naciones bárbaras de tiempos del imperio romano–; en naciones integradas (cuarta especie): aquellas que están integradas o incluidas en una sociedad política –por ejemplo un reino o un Estado–; y por último las naciones históricas (quinta especie). La nación étnica histórica no es una Nación política en sentido estricto, pero es una nación percibida como nación étnica-cultural unida. Dicho de otra forma, es una sociedad política (un Estado) que es resultante histórico de la confluencia de diversas naciones o pueblos que han logrado configurar una cultura, un idioma, unas costumbres, en general un cúmulo morfodinámico de instituciones bien definidas –y esto es muy importante– ante terceras sociedades políticas, reinos o imperios. Pero a pesar de ello no es plenamente una Nación formal política, aunque materialmente pueda superponerse o conmensurarse con el contorno de alguna sociedad política –reino o imperio–. Por ejemplo, España es una nación histórica hasta que en 1812 pasa a ser Nación política.

En último lugar, como último género, tenemos que hablar de las Naciones políticas. Estas naciones –que son las naciones canónicas pues aunque no sean temporalmente las primeras, sino más bien las últimas, son la referencia para definir las demás– son producto de una racionalización semejante a la racionalización científica, pero aplicada a la sociedad política (holización). Son las naciones que cristalizan en la época moderna en el contexto de la constitución de los Estados que surgen del Antiguo Régimen, a partir de las revoluciones entre finales del XVIIII y principios del XIX (americana, francesa y española). Son las naciones que se han configurado a escala de tales Estados modernos. En ellas hay hombres libres, ciudadanos, no súbditos (como pasa en las naciones históricas). Por eso la forma típica de las Naciones modernas es la república o las monarquías constitucionales, y, como decíamos, se despliega en la Nación canónica (sexta especie): las naciones modernas, procedentes de Estados del Antiguo Régimen; y en naciones fraccionarias (séptima especie), esto es, supuestas naciones étnicas que pretenden ser reconocidas como sociedades políticas dentro de otras sociedades políticas ya existentes y fraccionar la Nación política madre a la que pertenecen. El País Vasco o Cataluña, en caso de que se secesionasen (que no independizasen) serían naciones fraccionarias.

Todos estos géneros y especies constituyen la Idea de Nación.