Villacís en el prado, la periodista y su tweet. Por Carlos García-Mateo @barcelonerias


Sería desatino, crimen contra el romanticismo, que esta informante Mendizábal hubiera cometido un error fundamental de escritura, debido quizás al corrector político que asola a la profesión, y en lugar de escribir “protesta legítima” debiéramos leer “violencia legítima”.

Los acontecimientos, de común, se complacen en la multiplicación. Serían estas derivadas, estos hijos de los hechos primeros, quienes dan un sentido afectivo, cultural si se quiere, a lo acaecido. Puede pensarse que los hechos aparecen, milagrosamente, en primera instancia. Nada más ingenuo: se deben siempre a antigüedades, a oxidaciones propias del gusto morboso. 

La gracia, el clasicismo guerrero, por tanto, de cualquier cosa que suceda y sus capacidades informativas, sensuales, reluce a posteriori y en dependencia de. Se nutre de todas las fatalidades anteriores, posteriores y falaces, ideológicas, como sabemos y comprobamos a diario.

(Metodología feroz. Una piedra cae de un risco. Puede parecer algo trascendental al poético geólogo que observa con sus ojos arcaicos, su cronología deal. Sin embargo, si la piedra golpea la cabeza del campesino que justo pasaba por allí, los amantes de las pesquisas comenzarán a generar literatura. Incluso, en la circunstancia de que en el escenario se encontrara también un buitre llevado por su apetito carroñero, podría, en esta España autonómica, hallar su fama informativa como fauna nacional (catalana, al ejemplo). Y no digamos si se descubre que el campesino tiene algún asunto biográfico oscuro, afiliado a uno de esos partidos fascistas que tanto han proliferado en el parlamento.)

La constatación de que un acontecimiento se multiplica y hace historia viene a cuenta del acoso al que se vio sometida la candidata Begoña Villacís, ayer en la Pradera de San Isidro, Madrid. Y se refiere, en particular, a un comentario (tweet) que la periodista Mamen Mendizábal escribió. Decía así: “Encuentro innecesario hacer pasar este momento a Begoña Villacís. La protesta es legítima. El objetivo elegido erróneo.” 

No voy a referir los detalles estéticos, fílmicos, del hecho. Están a disposición de cualquiera que disponga de un dispositivo con pantalla y red wifi. No habría, por tanto, controversia sobre cómo cayó la piedra. Lo hizo con una determinación inquebrantable, dibujando una trayectoria que, incluso para los agnósticos, resultaría indiscutible. Tampoco me apetece, por no contribuir a una saturación del lenguaje, aludir a los detalles morales. He aquí una señora, Villacís, rodeada por una turba enfurecida con el mundo. Una turba paródica del jacobinismo, la inmortalidad del manipulado y feliz. En términos y usos del Ancien Régime, el acontecimiento sería susceptible de una pintura, pero ni las turbas son ya tan cruentas, ni aquí hablamos del peso del Cielo. Villacís está en estado de buena esperanza, y esto, volviendo al primer párrafo, sí ha sido subrayado por los amantes de las pesquisas. Son los intersticios del periodismo, que Espada, por ejemplo, ha trazado con insistencia. Volvamos al tweet. “La protesta es legítima”, afirma. Mas en el video se aprecia no ya protesta huérfana de cualquier agresividad, aquellos anglosajones que caminan civilizados con un cartelito de protesta en mano y reposan a la hora del sandwich. ¿Mendizábal ha visto la filmación o percibe quizás algo que yo, humilde antiperiodista, no veo? 

Sería desatino, crimen contra el romanticismo, que esta informante Mendizábal hubiera cometido un error fundamental de escritura, debido quizás al corrector político que asola a la profesión, y en lugar de escribir “protesta legítima” debiéramos leer “violencia legítima”. O igual tan solo surge aquí una perversión: “La voluntad de deprimir aquella partícula de inteligencia que alberga en todos”, en palabras de Siciliano. De lo de Eguiguren con Josu Ternera, hablaremos mañana.

Sissi, muerte prematura del Imperio. Carlos García-Mateo @barcelonerias

Es conocido, los nubarrones austrohúngaros, angustiosos, acabaron como el café: un rastro negro en el fondo de la taza, pletórica imagen de la vida consumida.  

Era septiembre en Ginebra, año 1898, y el verano permitía aún plácidos paseos, recreo imperativo de una civilización. Los cafés humeaban líricamente, italianizados, el águila habsbúrgica dominaba el infinito cielo y los súbditos del imperio seguían enamorados del teatro, de la música y de su emperador. Un anarquista, Louis Lucheni, vagaba a orillas del lago Lemán con un estilete en el bolsillo. Su primer objetivo era asesinar a un príncipe de la Casa de Orleans que se encontraba en la ciudad, pero finalmente sesgó la vida de Sissi, que pasaba por allí, arrastrando su fama de imperturbable melancolía. Una losa de tristeza, el prematuro fallecimiento del hijo, pesó siempre sobre el carácter de la emperatriz, hasta que el asesino hundiera el brillo letal en sus blancas carnes.

Sissi había muerto, en efecto. Sus restos fueron sepultados en la Cripta Imperial de los Capuchinos en Viena, donde yacían los hijos, Rodolfo y Sofía. Las campanas lloraron. La ceremonia conservó un diálogo protocolario para los funerales de los Habsburgo, que rezaba más o menos así:

(el Gran Maestre, frente al cortejo fúnebre, llama a la puerta de la cripta y el abad pregunta al otro lado)

-No os conozco.

-Soy su Majestad la Emperatriz de Austria, Reina apostólica de Hungría, Reina de Bohemia y de Dalmacia, de Croacia, de Eslavonia, de Galitzia, de Lodomeria y de Iliria, de Jerusalén, Archiduquesa de Austria, Duquesa de Baviera.

-¿Quién quiere entrar?

El maestro de ceremonias se arrodilla:

-Soy Elisabeth, pobre pecadora que implora la misericordia de Dios.

Tras la puerta, la voz del abad contesta:

-Entrad, entonces.

En cuanto al asesino, su cabeza conservó una larga vida tras el deceso en prisión de su dueño. Separada del cuerpo e introducida en un tarro con formol, estuvo muchos años en el Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Ginebra. En 1985, tras petición de Austria, se envió al Museo Federal de Anatomía Patológica, en Viena, con el compromiso de no ser mostrada nunca al público. Finalmente, en 2000, fue sepultada en el Cementerio Central, en una fosa común.

Pobre Sissi, resucitada por el cine en la turbadora Romy Schneider. Los colores de la saga eran como los de una pastelería, dulce idealismo. Bailes, carrozas doradas, campesinos felices, poetas tristes, condes apuestos y el uniforme impoluto de Karlheinz Böhm. ¿Existió ese Imperio? Quizás fuera producto de la literatura, un sueño gigante evocado por millones de personas desde Viena a los confines del turco, durante generaciones. Si bien hay indicios de su existencia: todos los ferroviarios, en un dilatado territorio surcado por senderos de balastro, vestían idéntico uniforme azul y cumplían la misma ceremonia, adornados por el águila bicéfala que también distinguía los edificios oficiales, fueran juzgados, cancillerías u oficinas. A finales del siglo XIX, se calcula que la elite de la sociedad cortesana austrohúngara la formaban sesenta y seis personas, todas descendientes de los hijos de María Teresa de Austria, por una parte, y de los de Leopoldo II. Cuando estos notables recorrían las calles en sus carruajes, las gentes los reconocían y vitoreaban (fantasía de cualquier gobernante y de los postulados a gobernar).

La rosa amarilla de Lendorf aún pincelaba los prados austriacos y, bajo los tilos de Karlo Vivary, se labraban largos, eternos, mitológicos paseos. El champagne Krug seguía bañándose en cristales de Bohemia. La voz de Metternich resonaba todavía en las salas de la Cancillería de Ballhausplatz. Sissi fue esplendorosa imagen, moderna, tocada por los rumores de palacio. Si bien esa felicidad concreta, como todas las demás, se acostara de noche con un cierto e inclasificable temor. Es conocido, los nubarrones austrohúngaros, angustiosos, acabaron como el café: un rastro negro en el fondo de la taza, pletórica imagen de la vida consumida.

 

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Las muertes de la patria. Por Carlos García-Mateo (2019) @barcelonerias

 

“Morbidez universal, converge en este fallecimiento la pauta de elevar al ámbito de lo público los más íntimos detalles de vida privada, gustos, felicidades, miserias, a través de las redes sociales”.

 

Este que escribe todavía recuerda, pues hace pocos años de eso, uno de los caprichos de la praxis democrática: no verbalizar en público el voto, norma no escrita que se aplicaba con naturalidad. Muchas cosas han cambiado desde entonces, como un síntoma. La politización en la que nos hemos ido instalando, crisis mediante, ha hecho frágil esa pequeña y adorable costumbre. Mudanza de la discreción al exhibicionismo. Leer más “Las muertes de la patria. Por Carlos García-Mateo (2019) @barcelonerias”