LA FARSA DEL DESARME por Javier San Sebastián @sansebastian_j

¿Alguien se cree lo de la farsa del desarme de ETA? Yo no. Estos tipos siguen siendo asesinos, actualmente en paro forzoso pues las fuerzas de seguridad españolas les derrotaron. Han entregado una parte del arsenal que tienen, por supuesto cuidándose muy bien de que no sirva para resolver algunos de los muchos asesinatos todavía sin esclarecer.
Los etarras y su entorno son alimañas repugnantes que sólo entendieron (y siguen entendiendo) de muerte, lo mismo da si se trataba de policías, hombres, mujeres o niños. La sociedad española no puede ni olvidar ni perdonar la crueldad de esa banda de psicópatas despiadados, y tampoco la cobardía cómplice de tantos vascos que justificaban sus acciones con esa disculpa de “algo habrá hecho”. El clero vasco es especialmente cómplice  del terror etarra, al que comprendió, justificó y amparó.
Tengo la certeza de que esta farsa (artesanos de la paz se llaman los de la foto, manda cojones) le va a reportar pingües beneficios a la banda terrorista, gestionado todo ello por el PNV. Después de ver hace poco al torturador Bolinaga salir de la cárcel por una supuesta enfermedad a la que sobrevivió tan campante mucho tiempo, o al sanguinario “Txapote” libre (el tiro en la nuca a un arrodillado Miguel Angel Blanco le ha salido casi gratis), no sería de extrañar ver cómo toda la banda termina en cárceles vascas, y una vez transferida la competencia sobre cárceles al gobierno vasco, a todos tomando potes con su gente en las calles del Goierri o el cosmopolita Bilbao. No olvidemos que esta legislatura de Rajoy es como la cuarta de ZP en demasiadas cuestiones.
Lo de siempre: el muerto al hoyo y el vivo (etarra) al bollo.

Comunidad de vecinos

La nula capacidad de nuestros representantes en el Parlamento para llegar a pactos beneficiosos para la nación española es manifiesta y su voluntad de mejorar esa ineptitud perfectamente descriptible. Ni hay materia gris, ni hay voluntad. Rindámonos.

A partir de esa incapacidad, cualquiera podría pensar, a juzgar por la imposibilidad de nuestros políticos para llegar a un mínimo acuerdo, que las diferencias entre izquierda y derecha en España son irreconciliables. Que estamos ante formas de gobernar completamente diferentes, de proyectos incompatibles. Pues bien, dejemos las palabras proyecto, izquierda, centro, derecha, principios, valores e ideas para artes dignos de mejor causa, porque en nuestra Realpolitik de cada día no tienen sentido alguno.

Es comprensible que a todo aquel que se considere de izquierda, progresista, socialdemócrata, socialista, centroizquierda, liberalprogresista o similar –dejo abiertas todas las posibilidades- le produzca urticaria el simple hecho de pensar en pactar cualquier ley con el Partido Popular. Porque en España hemos dejado de analizar los hechos para movernos de forma totalmente emocional. Basta ver cómo enfocan Díaz y Sánchez sus campañas para las primarias: “Susana ilusiona” y “Sí es sí”. Ninguna de las dos alocuciones transmite idea alguna pero suenan bien. Aunque la intención de su proyecto –por llamarlo de alguna manera- esté en el futurible pacto, no en su lema.

Por el contrario, el Partido Popular gestiona el gobierno – que no gobierna- en un sinvivir tratando de agradar a aquellos que nunca lo querrán. Primero, porque no tiene ideas propias ni proyecto digno de tal nombre –entendiendo como proyecto la intención de llevar España a algún sitio- y en segundo lugar, porque es un partido acomplejado por su origen de centro derecha. Hasta tal punto se avergüenza de sus orígenes que no tiene problema en pasarse de frenada con tal de conseguir la aceptación de la progresía estúpida y vacía que rige y dicta el pensamiento actual. Véase a la Sra. Cifuentes en la Comunidad de Madrid aplicando la dictadura de la ideología de género o a los populares baleares liderados por un pseudonacionalista de quiero y no puedo.

En los cinco meses de legislatura que llevamos como podemos todos los españoles, obligados como dicen estar los partidos al diálogo, es llamativo lo poco que se han entendido. Cada uno ha estado a sus problemas internos –que en el caso de Podemos y el PSOE no han sido pequeños, este segundo sin resolver– y, a la vez, mirando de reojo a la galería para salir guapos en la foto – Ciudadanos se ha reconvertido en liberalprogresita– por si Rajoy decide convocar elecciones en cualquier momento y los pilla de aquella manera.

Por fin, nos anuncian a bombo y platillo que Ciudadanos ha dicho sí a los presupuestos como un tremendo logro y haciendo un considerable esfuerzo en aras del maltraído sentido de Estado. ¡Faltaría más señores de Ciudadanos que no aprobaran ustedes unos presupuestos ramplones y de tránsito! Pero, por favor, no nos vendan como éxito unos presupuestos que, si nada se tuerce, se aprobarán para el verano y tendrán una vigencia fugaz, tiempo en el que ya debieran estar trabajando para los del dos mil dieciocho.

Probablemente, un presidente de cualquier comunidad de vecinos que se precie tenga un sentido más largoplacista de su cargo que los políticos españoles; cuyo único interés es que los renueven en el cargo, ya no por cuatro años, sino por seis meses más antes de que el presidente de escalera, Don Mariano, convoque Junta General Extraordinaria a modo de elecciones generales.

Y así se va desdibujando España, una gran nación gestionada –que no gobernada- como una comunidad de vecinos venida a menos, por una junta de segunda que sólo busca la renovación en el cargo por un año más.

 Publicado el 5 de abril de 2017 en @XYZdiario

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Sentido de Estado

   El mediocre nivel de los políticos españoles es tan constatable como aterrador. No es que España nos tenga históricamente acostumbrados a políticos brillantes, ni mucho menos, pero hay momentos cruciales en los que sufrir de este mal puede tener consecuencias devastadoras. El mediocre, en contra de lo que él mismo cree, es un tipo extremadamente peligroso porque no sólo no es consciente de su tremenda limitación intelectual, sino que además tiene un alto concepto de sí mismo. Si examinamos detenidamente a los líderes de los principales partidos– en el caso del PSOE multiplican por tres- ninguno ha demostrado tener lo que tanto se reclama: altura de Estado.

   Es cierto que eso de la altura de Estado es un concepto discutido y discutible, que diría Zapatero. Sin ir más lejos, el Sr. Egibar el otro día pedía al Gobierno de España altura de miras para facilitar el bochornoso desarme de ETA. Difícilmente nadie en su sano juicio que no esté imbuido de la perniciosa ideología nacionalista – valga la redundancia- dará la interpretación al citado concepto tal y como lo hace el insigne político vasco.

   Estar a la altura de las circunstancias es una frase tan usada y abusada por nuestros mediocres y sectarios políticos que ha perdido su auténtico valor. Se ha convertido en puro tacticismo partidista, en un medio como otro cualquiera de llevar al huerto al contrario. Cuando un nacionalista pide de forma muy solemne afrontar el conflicto con altura de miras –ellos siempre hablan en modo histórico y prebélico- lo que realmente quiere decir es que hay que pasar por encima de la ley sin despeinarse, en aras de la voluntad popular, porque ellos y sólo ellos son sus legítimos intérpretes. Eso, en realidad, es estar a la altura de sus circunstancias.

   Por otro lado, la expresión sentido de Estado también es muy utilizada para invitar al pacto en el ámbito político nacional. Naturalmente, sirve para dejar en mal lugar al que no está dispuesto a la coyunda puesto que actúa como chantaje emocional. Es un arma arrojadiza de extraordinaria eficacia. De hecho, de Susana Díaz –política inepta por excelencia- se dice que es la mejor candidata para dirigir el PSOE porque es la única con sentido de Estado. Lo dramático de la situación es que es cierto: es la única de los tres candidatos que no quiere entregar el partido socialista en brazos de Podemos. Así que todos aceptamos pulpo como animal de compañía.

   Pretender convencernos de que alguno de los cuatro principales partidos está a la altura de las circunstancias en las que se encuentra España es insultante. Porque en su terrible y miserable mediocridad cada uno nos vende que son los únicos capaces de velar por los intereses de la nación y sus ciudadanos, asumiendo en el discurso la exclusividad, por supuesto. Mientras tanto, se pelean entre ellos, los gobiernos regionales se convierten en moneda de cambio, se desangran en sus luchas intestinas por una parcela de poder e hipotecan el futuro de España aportando como aval la unidad de España, nuestro futuro y el de nuestros hijos. Lo demás no importa. Lo importante es tener sitio en el chiringuito. Gracias señorías.

Publicado el 28 de marzo de 2017 en @XYZdiario

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Nos sobran los motivos

   Sociedad Civil Catalana ha convocado para el próximo domingo una concentración en Barcelona con el lema «¡Paremos el golpe separatista en Cataluña!». ¿Motivos para acudir? Todos. Y no sólo desde Cataluña, sino desde todas partes de España. El español que crea que esto no va con él está absolutamente equivocado.

   En primer lugar, porque el Estado ha abdicado de su responsabilidad de hacer cumplir la ley en Cataluña; no sólo el actual gobierno de Mariano Rajoy, sino todos los gobiernos del PP y PSOE que han pactado durante lustros con los nacionalistas con el pretexto de lograr cuatro años de estabilidad. Cabe preguntarse: ¿por qué lo llaman estabilidad cuando quieren decir poder?

   Dimitido el Estado de sus deberes, somos los ciudadanos los que tenemos el deber de salir a la calle y acudir a los Tribunales para exigir que el Estado cumpla su principal función: garantizar los derechos y libertades de todos los españoles en todos los lugares del territorio nacional y asegurar el cumplimiento de la ley hasta la última coma. Si la sociedad española renuncia también a esta exigencia, podemos decir que tenemos un problema mucho más grave que el nacionalismo en nuestro país.

  Por otro lado, desgraciadamente hay que recordar y repetir hasta la saciedad que la ciudadanía catalana no nacionalista –que no es poca, basta con mirar la composición del Parlamento catalán- no goza del derecho que nos asiste a todos de educar a sus hijos en el idioma oficial de España sin correr riesgo de exclusión o persecución por el mero hecho de exigirla y luchar por ella. Que los catalanes que no comparten la ideología nacionalista no tienen libertad para expresar sus ideas y defenderlas como lo podemos hacer en otros lugares de España -que no todos- sin que eso les suponga un grave coste social, en ocasiones laboral e incluso familiar. Que muchos, muchos de ellos, afirman sentirse extranjeros en su propia tierra. Amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos, ningún ámbito queda fuera de la larga mano del independentismo totalitario. La fractura social es desgarradora.

    La revolució dels somriures  no es ni tan feliz, ni tan pacífica como predican sus profetas; más bien al contrario, cada día es más agresiva e intimidatoria. El que piense que estas cosas sólo suceden en algunas zonas excepcionales de Cataluña, se equivoca. Es cierto que en determinadas zonas rurales es mucho peor, llegando a producirse escraches que han obligado a muchos a cambiar su lugar de residencia. Pero también en las grandes ciudades, en la cosmopolita Barcelona, el supremacismo nacionalista se ha impuesto en los colegios; por no hablar de la universidad, donde el discurso no independentista en público es considerado una provocación, llegando incluso –como vemos cada vez con más frecuencia- a emplear la violencia contra el que osa manifestarse.

   El hecho de que un solo ciudadano español esté en situación de desigualdad ante la ley es motivo suficiente para que todos lo defendamos y nos solidaricemos con él contra aquello que causa esa represión. Si lo hacemos con otras cosas, ¿por qué nos mostramos tan ajenos con este tema?

 Pero existe un motivo determinante que debemos tener en consideración: el País Vasco.

 ¿Acaso es imaginable una manifestación en contra del nacionalismo -en la que ondeen con libertad banderas españolas- en ciudades como Bilbao o San Sebastián? Se consideraría una auténtica provocación. El nacionalismo ha calado de tal forma que resulta inconcebible una concentración de estas características transcurriendo con normalidad y sin violencia. Y es que debemos diferenciar: si bien es cierto que las encuestas indican mucho menos interés por el independentismo, eso no quiere decir que la sociedad vasca sea libre. De hecho, el nacionalismo es santo y seña de todos los partidos en el Parlamento vasco, con la excepción del Partido Popular, que no tiene absolutamente nada que ver con lo que fue y que tiene una exigua representación comparada con la que tuvo en el pasado; quizá sea ése el motivo. Al PSE de Idoia Mendía ni se le ha visto ni se le espera para defender la unidad de España, curiosamente como al PSC de Miquel Iceta y Ciudadanos ni siquiera consiguió obtener representación en el Parlamento de Vitoria. La doctrina nacionalista ha conseguido lo que pretendía: desterrar todo lo español de su territorio. Y no olvidemos que este totalitarismo depredador avanza sobre Navarra a velocidad de vértigo. ¿Alguien se cree de verdad que se ha derrotado a ETA?

   Ahora la pregunta que debemos hacernos es si continuaremos cediendo terreno al independentismo y al pensamiento único en detrimento de la democracia. La realidad es que allí donde gobierna el nacionalismo, la libertad brilla por su ausencia.

   Es hora de que todos los españoles nos unamos para que la ley se defienda en todo el territorio nacional, para que todo ciudadano tenga los mismos derechos en todos los rincones de España. Es tiempo de decirles a los catalanes que no están solos. Que si el Estado los ha abandonado en la defensa de sus libertades, no lo han hecho sus compatriotas. España no se defiende a golpe de soflama e insultos, sino luchando por el Estado de Derecho y apoyando a los españoles en todo lugar.

Publicado el 17 de marzo de 2017 en @XYZdiario

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En Madrid, a once de marzo de dos mil cuatro

   En Madrid, a once de marzo de dos mil diecisiete, escribo y recuerdo lo que pasó en nuestras vidas trece años antes. No es difícil hacerlo. Es inevitable. Cada uno guardará en su memoria y en su corazón los hechos de forma diferente, pero nadie ha olvidado qué hacía ese día, dónde estaba y lo más terrible: dónde se encontraban sus seres queridos y qué recorrido hacían.

   Sólo hay una palabra que pueda describir ese día: tristeza. Infinita y profunda tristeza. Las calles de Madrid se cubrieron de un silencio que nunca había visto. Y eso que en lo del terrorismo no éramos nuevos. Muchos habíamos sido ya tocados por el terror de ETA a través de amigos muertos, familiares o conocidos. Ya sabíamos lo que era llamar a unos y a otros para saber si habían llegado al trabajo o al colegio. Madrid ha sido una ciudad maltratada por el horror. España ha sido una nación machacada por el terrorismo.

   Pero parecía que corrían tiempos mejores. Empezábamos a ver la luz al final del túnel. El sobresalto continuo en el que vivimos durante los años ochenta y noventa, quedaba atrás. Madrid no esperaba un amanecer semejante.

   Llegué al trabajo muy pronto, como siempre. Cuando escribí el primer documento del día con el encabezamiento: en Madrid, a once de marzo de dos mil cuatro, no tenía ni idea de que esa fecha iba a quedar grabada en nuestra mente y en nuestra historia para siempre. No recuerdo cómo me enteré de la primera bomba. Pero de pronto, todo cambió. Dejé de trabajar para entrar en internet y ver aterrada cómo se sucedía la tragedia. Atocha, El Pozo, Santa Eugenia, otra vez Atocha. No lo podía creer. Miré alrededor. ¿Quién faltaba? ¿Quién hacía ese recorrido? Una compañera venía de Alcalá de Henares en tren, no había llegado. En determinado momento, dejé de ser yo, ya éramos nosotros. Todos buscando a unos y a otros. En pocos minutos éramos muchos más. Llamadas desde toda España al despacho para ver si estábamos bien. Desde toda España. Mi hermana llamaba aterrada desde Suiza. Lo importante: estamos todos localizados y bien.  No estábamos solos, desde luego. No lo estuvimos en ningún momento de la mañana. El pueblo de Madrid quedó solo en su dolor inmenso cuando los políticos iniciaron su guerra; pero eso sería horas después. Horas para la vergüenza, el asco y otro tipo de tristeza. Y hoy no voy a recordarlo.

   No sé cómo pasó el tiempo aquella mañana. Algunos compañeros fueron a donar sangre a la Puerta del Sol. La compañera que faltaba llegó al despacho. No lo olvidaré nunca. La recibimos todos con alegría, pero ella entró corriendo, llorando y no habló en toda la mañana. La cifra de muertos crecía según pasaban los minutos. Siniestro conteo que nos ahogaba. Sabíamos que todo el mundo ayudaba. Los servicios de urgencia estaban funcionando a pleno rendimiento, pero no daban abasto. Taxistas llevaban a heridos a los hospitales, muchos de ellos habían sido sacados de los trenes por personas que entraban en los lugares de los atentados a ayudar. Se montaban hospitales de campaña. Dejé de ver las noticias. Era todo dantesco. Las imágenes eran insoportables. Y estaban sucediendo a  quince minutos de mi lugar de trabajo. Llorábamos. Pero todo el mundo que podía hacer algo lo hacía. El teléfono seguía sonando, llamaban de todas partes: “¿estáis todos bien?”

   Hacia el mediodía ya todos teníamos conciencia de lo ocurrido. Y creo que a esa hora llegó lo peor. El silencio. La angustia terrible y el miedo casi se habían ido y sólo quedaba silencio. El silencio que deja la muerte. No había palabras de consuelo, ni condenas posibles. Todo sonaba hueco. Desolación. Duelo. Nunca he visto Madrid así y espero no volver a verlo. El luto se adueñó de nosotros. No era un luto oficial e impostado. Todos anulábamos citas, cenas, comidas para todo el fin de semana sin tener que dar explicaciones. Una madre del colegio me llamó para anular una fiesta de cumpleaños a la cual mi hija estaba invitada. Madrid no estaba para celebrar nada.

   No conocí a nadie afectado por ese atentado. Pero me resultó tan doloroso y cercano como cuando, años atrás, me enteré por la televisión de un bar cualquiera, que un amigo de mi hermano había muerto en el atentado de la Plaza de la Cruz Verde a manos de ETA. Sentí en mi cara la bofetada del terror, del sinsentido, de no entender cómo en una décima de segundo se puede acabar con una vida y destrozar todas las que quedan alrededor. Para siempre. Sin vuelta atrás. Siempre es mucho. Es todo. Es nunca más.

   Tan sólo decir, que el jaleo posterior, el asco, la manipulación, el pásalo, todo lo que vino después, no restó un ápice del comportamiento maravilloso de los madrileños y de todos los españoles. Los que lo vivimos lo sabemos.

   Sólo me queda honrar la memoria de los muertos, desear salud a los heridos y transmitir mi cariño y afecto más profundo a los que perdieron a sus seres queridos ese día. Que nada empañe su memoria.

    En Madrid, a once de marzo de dos mil diecisiete

Fusiones galaico manchegas

     Este texto de Rome Clay (@MylesBo) me ha hecho sonreír, porque recordando él sus recuerdos me ha recordado los míos. Porque lo tiene todo y es imposible escoger una frase sobre las demás. Porque contiene un fragmento del Quijote. Porque es tierno y sincero. Y porque me trae a la memoria la frase que me dijo también mi madre mil veces: “Tarde piache”.

       Por cierto, es un blog más que recomendable.

http://cosasquellevanaotras.blogspot.com.es/2017/02/fusiones-galaico-manchegas.html

EL CONGRETUBERNIO

     He pasado un fin de semana de locura. No he dado abasto entre los especiales de La Sexta –cadena que puedo decir bien alto que no sabía si tenía sintonizada- las noticias de todos los canales, los digitales y sobre todo, con la madre de todas las fuentes de información: Tuiter; que aunque no se ajuste necesariamente a la realidad es, sin duda alguna, la más divertida.

    Desde luego, para un fin de semana que se presentaba lluvioso y frío –escribo desde Madrid y ya saben ustedes que los mesetarios nos creemos que el tiempo que hace en la capital es el que hace en toda España- qué mejor plan que hacerse fuerte en el sofá y taparse bien, no hablo de mantita, sino de edredón gordo de plumas, y tragarse dos congresos concebidos para atrapar la atención de propios y extraños. Lo que se ha llamado toda la vida un espectáculo para todos los públicos. Leer más “EL CONGRETUBERNIO”