Estimado Sr. Sánchez. Texto de Carmen Álvarez @cav_carmen

” … si usted está pensando en que un Estado llamado formalmente federal puede solucionar el famoso encaje de Cataluña en España, me temo que no va bien encaminado. Las regiones gobernadas por el nacionalismo no están interesadas en compartir estructura jurídica con estepaís. Ni Estado Federal simétrico, ni asimétrico, ni mediopensionista”.

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Publicado el 6 de julio de 2017 en @XYZdiario

El 18 de julio y la España de hoy. Texto de Emmanuel M. Alcocer @Filomat_

“… es una tarea de todos y cada uno de los españoles, ciudadanos y miembros soberanos de su nación y por tanto también responsables de ella. Es tiempo ya de que superemos este guerracivilismo visceral y dañino que nos invade como un fantasma que viene del pasado. En nuestra mano queda hacerlo o no”.

Ese día amaneció caluroso y despejado, como corresponde a un 18 de julio, y aunque ya desde el día anterior en el Protectorado de Marruecos se habían empezado a producir importantes y violentos movimientos insurreccionales, no había ningún indicio claro que pudiera hacer pensar en la terrible tormenta que se desataría momentos después en toda la nación, durante años. Hablamos, claro está, de la sublevación militar que acabaría encabezando Francisco Franco, del día del Alzamiento Nacional o Glorioso Alzamiento Nacional, como se denominó desde el franquismo –aunque esa es una expresión que ya tenía bastante solera; sin ir más lejos la podemos encontrar el 27 de abril de 1931 en el decreto que establecía la bandera de la Segunda República y que dice: El alzamiento nacional contra la tiranía, victorioso desde el 14 de abril, ha enarbolado una enseña investida por el sentir del pueblo con la doble representación de una esperanza de libertad y de su triunfo irrevocable–, o del golpe de Estado (fascista), como desde el bando republicano se denomina. Una dualidad interpretativa, maniquea, que, aún hoy, cansinamente, vemos señalada diariamente. Diariamente. Y no pocas veces. Y es que ese día, aunque no estaba en los planes que largamente el general Mola preparó para hacerse con el control la República, comenzaría una de las mayores convulsiones que ha sufrido España desde la invasión napoleónica a inicios del XIX, invasión que entonces dio como resultado la transformación del universal imperio español en una Nación política moderna en ambos hemisferios.

Día, pues, que supuso un terremoto histórico que sigue dejando réplicas en la actualidad –y en la legislación española, véase la Ley de Memoria Histórica de 2007–. Una actualidad, de nuevo, cada vez más sectaria y pobre en ideas tanto por parte de la abultadísima y chupóptera clase política como de sus votantes, que continuamente tienen que recurrir a esas fechas para engrasar sin descanso la maquinaria de la propaganda y la demagogia.

No entraremos en excesivos detalles acerca de lo ocurrido en esos momentos y en lo que vendría después, porque a pesar de que muy pocos españoles lo conocen como deberían, lo cual ayuda a su manipulación, existe una ingente y creciente cantidad de bibliografía y webgrafía en la que se puede consultar. Y aunque el debate siempre será algo que esté abierto, debe hacerse con los datos, con la historia, en la mano. Y es que con el pasar de los años la historiografía ha ido aportando estudios de gran interés para entender tal alzamiento militar –si fue la única solución o no la guerra en que desembocó es ya otro debate– y el caos continuo que supuso la II República. Para empezar hay que decir que las garantías constitucionales, de las distintas Constituciones, estuvieron suspendidas al menos la mitad del tiempo que duró la República. También debemos citar el fraude electoral de febrero del 36, que estudios como el reciente 1936. Fraude y violencia de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Vila García demuestran, aclarando cómo se manipularon hasta 50 de los 240 escaños de los que acabó apoderándose el Frente Popular, obteniendo así la mayoría absoluta. Junto a la manipulación de actas, la anulación en varias circunscripciones de las elecciones –para volver a repetirlas en un clima nada pacífico– o el nombramiento de diputados que no habían sido elegidos.

Otro punto significativo y siempre señalado, pues fue un punto de inflexión para la sublevación, es el asesinato de José Calvo Sotelo, cuyas previas amenazas de muerte en pleno Parlamento por parte de diputados como Dolores Ibárruri o el mismísimo presidente Casares Quiroga ya muestra el clima que ahí se vivía. Un asesinato y un clima en el que la presión de Indalecio Prieto y su círculo llegó a impedir que se realizara una investigación adecuada para determinar los hechos –lo cual no habría dejado demasiado bien a Prieto dados sus vínculos con los asesinos–, llegando a ser cesado el juez de instrucción –Ursicino Gómez Carbajo– que quería realizar tal investigación. Y es que el clima revolucionario o prerrevolucionario que se vivía y que desestabilizaba continuamente a los distintos gobiernos era palpable y notorio. Y sangriento. Que aun después de iniciada la sublevación en apenas dos días se sucedieran dos Gobiernos y estos pusieran reticencias a entregar armas a las clases obreras y sindicatos ya indica la desconfianza, y el temor, del propio Gobierno republicano respecto a las masas en las que en apariencia se apoyaban –aunque la propia sublevación militar daría como resultado tener que entregar esas armas, dado el gran apoyo que tuvo el alzamiento por parte de los militares, aunque la mayoría de forma inútil por circunstancias que vienen al caso–.

Y menos mal que esas masas nunca antes tuvieron tal cantidad de armas a su disposición, porque aun así hubo 2.629 muertos de unos y de otros durante los cinco años del régimen republicano –lo que da una media de 9 por semana–. Sin contar los constantes heridos en enfrentamientos entre facciones y en altercados con las fuerzas del orden público, así como las centenares de huelgas, saqueos, atentados, asaltos a iglesias y conventos –y su quema–, ¡a las bibliotecas!, y a las sedes de los partidos. Sin excluir teatros, casinos, restaurantes, bares y cafeterías. Violencia que, aunque no parezca posible, se acrecentó aún más tras las elecciones de febrero. Los asesinatos aumentaron, así como las palizas y detenciones indiscriminadas, destitución de jueces, o el asalto a las cárceles con la intención de liberar presos, incluidos los condenados por la revolución de 1934 …

Tal era el caos que muchos de los propios padres de la República, que con tanto esfuerzo y entusiasmo la proclamaron, terminaron espantados y asqueados hasta el punto de ver con buenos ojos el golpe de Estado militar. Casos como el de Ortega –hay que recordar su archiconocido no es esto, no es esto–, de Marañón o de Unamuno. Tal sería el asunto que el propio Indalecio Prieto llegó a reconocer que el fin de la República era algo que iban a merecer por su propia estupidez, o Julián Besteiro, que reconoció que si eran derrotados lo era por sus propias culpas.

Pero en definitiva, después de estas pinceladas, lo que nos importa resaltar aquí ahora es que esa sublevación militar, ese golpe de Estado contra el inestable Gobierno republicano, y que sería finalmente propiciado, como dijimos antes, por el asesinato de José Calvo Sotelo –como venganza por el asesinato de José Castillo, consecuencia a su vez de otros asesinatos previos, como comentábamos–, acabaría dando como resultado una España franquista que para bien o para mal configuró la España de hoy, esta democracia coronada en la que de momento vivimos. Aunque aquellos que caen en el idealista fundamentalismo democrático se empeñen en negar que España sea una «verdadera democracia», vaya usted a saber en base a qué elevados supuestos. Y es que en ese 18 de julio se alzaría también un virus ideológico que está corroyendo la cabeza de muchos españoles, el virus de la identificación de España con Franco (o con el franquismo).

Desde aquél mismo momento la propaganda franquista identificó ese alzamiento militar, del que saldría el espíritu Movimiento Nacional, con el alzamiento de la esencia española y por tanto, al ganar la guerra, con el franquismo. Llegando a convertir la guerra civil en una teológica cruzada contra el comunismo, dividiendo a los españoles en buenos y malos españoles[1] –cuando los que quedaron en el bando republicano, comunistas incluidos, eran tan patriotas como los demás–. Virus que la Transición, idealizada hasta el paroxismo, no pudo eliminar del cuerpo ideológico-político de la nación española y que las izquierdas españolas, ya desde los años 60 se puede ver, asumieron por completo. Cayendo así en la paradójica situación de apoderarse ellos mismos del discurso franquista, esto es, identificando e España con Franco y el franquismo. Generándose así una modulación negrolegendaria que tiene encorsetada ideológicamente –y legislativamente– a toda la nación, y que los nacionalismos fraccionarios aprovechan con biliosa habilidad.

Así pues, hoy, en esta España democrática y coronada, en esta España que sufrió un viraje ese 18 de julio, en esta España en la que las antiguas izquierdas y derechas han quedado homologadas y disueltas –aunque se sigue insistiendo en esa metafórica separación y para ello recurriendo falsamente a los días que comentamos– y que está en peligro de descomposición; en esta España, decimos, es necesaria, perentoria, una purga que elimine este virus político e ideológico y permita, empezando por las escuelas, la aceptación y conocimiento de nuestra historia. Una historia que para bien o para mal, de todo hay siempre, es nuestra. De todos. Una historia que debe ser presente, sí, pero no en tanto en cuanto propaganda, no deformada por la demagogia, pues la perversión ideológica e histórica, su corrupción, puede ser y es mucho más peligrosa para toda España que la terrible corrupción económica que, también, padecemos. Y esta no es una tarea de unos pocos, de los intelectuales, de los legistas o de los políticos, no, es una tarea de todos y cada uno de los españoles, ciudadanos y miembros soberanos de su nación y por tanto también responsables de ella. Es tiempo ya de que superemos este guerracivilismo visceral y dañino que nos invade como un fantasma que viene del pasado. En nuestra mano queda hacerlo o no.

[1] La misma perversión la podemos ver hoy cuando se habla de buenos y malos catalanes o buenos y malos vascos.

La ropa interior de Miss Dearie. Texto de Ignacia de Pano @ignaciadepano

Es una foto en blanco y negro, de mediados de los años cincuenta. En el fondo, algo borroso, se ven tres hombres con la mirada centrada en lo que debe ser una partitura. En primer plano, está ella. Margaret Blossom Dearie, Blossom Dearie, nacida el 28 de abril de 1924 en East Dunham, Nueva York. Pianista y cantante de difícil clasificación, música de músicos, leyenda. En mi opinión, sin más fundamento que mi pasión por ella y horas y horas de felicidad debida, la viva plasmación de esa cualidad tan elusiva que es el cool.
A su derecha, también en primer plano, un enorme micrófono. La especialísima voz de Blossom, muy aniñada, ligera como un hilo de plata, sumamente dúctil, lo necesita. Es una voz, como escribió Whitney Balliett en el New Yorker, “que no alcanzaría sin él al segundo piso de una casa de muñecas”.
La foto se corta bajo el pecho, pero el piano está ahí. El piano siempre está ahí si estamos viendo o escuchando a Miss Dearie. Un piano sabio y sin gimnasias innecesarias, muy elegante, que acompaña a veces a la voz y otras veces se deja acompañar por ella. Tierno pero no excesivo, como la propia Blossom, con la distancia justa.
Nuestra chica no nos mira. Tiene los ojos centrados en la partitura, colocada encima de ese piano que no se ve. Está cantando. Por la actitud de los músicos a sus espaldas, debe ser un ensayo. Es una perfeccionista. Estudia durante meses las canciones hasta hacerse completamente con ellas, hasta darles la vuelta y sacar todo el brillo que llevan dentro, las dice como nadie antes y como nadie después, con la intención que precisan, con el acorde exacto.
En un tiempo de vocalistas hermosísimas y sensuales como Julie London o Peggy Lee, verdaderas sirenas de voz ronca y seductora frente a las cuales no había atadura en el palo mayor que aguantara, Blossom ensaya con una camisa de hombre y sus gafas puestas, decididamente desinteresada por su apariencia. Hay algo ahí, en ese pelo de corte poco glamouroso, en esa carita seria y concentrada. Parece una niña, una niña algo vieja y muy inteligente, un niña posiblemente demasiado leída para los gustos de la época, vulnerable sin saberlo, con coraje. Yo quiero pensar que debajo de esa camisa de algodón miss Dearie lleva una ropa interior que no esperamos. Algo lujoso y delicado. Seda gris perla, quizás, seguramente con encaje. Si digo gris perla es porque es el color que más le va, no la intuyo con otros colores, le dolerían sobre la piel. Una ropa interior seductora y adulta que desmiente la sobriedad externa. Pero que no vemos. Como sus manos sobre el piano, como el propio piano, como todo lo que de verdad importa.
Blossom domina como nadie la escena de club. En sus largas temporadas en Ronnie Scott’s de Londres o en el Danny’s Skylight Room de Nueva York, sus conciertos son una ceremonia para iniciados. Su delicadísima voz exige, necesita, silencio y atención. Los asistentes cuentan con ello y participan desde dentro de sí mismos, como es todo con Miss Dearie, del milagro que se oficia desde el escenario situado muy cerca de ellos, en ese ambiente inexplicable que hace de los grandes clubs de jazz del mundo algunos de los últimos paraísos posibles. Eso que empieza a sonar, ese acorde que ese aficionado reconoce con una sonrisa, pertenece sin duda a una canción que  fue escrita por un gigante de la música popular. Para Blossom han escrito dioses del panteón musical como Johnny Mercer o Johnny Mandel, y su gusto en la elección del repertorio, es unanimidad en el mundillo, es impecable. The Great American Songbook tiene en ella a una cultivadora de excepción. Frente a vibratos y dramatismos innecesarios, contención, flexibilidad, penetración. Blossom ve más allá que el resto de los cantantes en la música y en la letra. Quizás por eso dice tan bien las canciones con doble sentido, esas escritas por gente culta e ingeniosa para ser escuchadas por otra gente culta e ingeniosa o que quiere o aspira a serlo, que viene a ser lo mismo. Delicias como “my attorney Bernie” :
Bernie says we sue, we sue
Bernie says we sign, we sign…
hacen que el público, ese público en el que ay, no estamos nosotros más que con nuestra imaginación, se ría bajito del double entendre ante la media sonrisa de Blossom desde el piano, que permite por una vez que el silencio se rompa y se produzca la respuesta de un público que, cuál será el verbo que pueda usar aquí, “comprende”.
Otra instrumentista y cantante de enorme calidad, Rosa Passos, me dijo una vez en una de nuestras largas conversaciones sobre el viejo arte de decir canciones, que para cantar bien lo único que no es imprescindible es tener voz. “Se puede cantar bien con cualquier voz, Inazinha. Es lo que se hace con el instrumento que llevamos en la garganta lo que hace al buen cantante. Se necesita ritmo interno, flexibilidad, afinación, matices. Hay que saber dividir y ralentizar y acelerar el tempo, hay que darle a la letra lo que la letra pide, hay que emocionarse, hay que emocionar”.
Blossom tiene todo eso, y además tiene voz. Una voz diferente a cualquier otra, reconocible, propia. Blossom, como Rosa, canta como cantan los instrumentistas, usando la voz como un instrumento más, no para su lucimiento, sino para el lucimiento de la canción.
Para ilustrar este texto, ya demasiado largo, sobre música, hay que poner música. Y de todas sus canciones supe desde el principio que os pondría “The lies of handsome men”, las mentiras de los hombres guapos que escribió Francesca Blumenthal, otra mujer también sabia como miss Dearie.
Miramos la foto de la joven Blossom, pero es la Blossom del final, la aparentemente anciana Blossom, a la que escuchamos. Las apariencias, como siempre con ella, engañan. El piano, la voz, siguen intactos. Con más malicia si cabe, con más conocimiento de la naturaleza humana, con más humor, con más melancolía, con más distancia. Blossom canta sobre una mujer mayor que no se engaña, que ha decidido creer en las mentiras de los hombres guapos, en el amor de los hombres guapos, aún sabiendo que no son ciertos porque hace falta cierta ilusión para seguir viviendo y además qué más da, y Blossom le presta su voz y su piano a esa mujer mayor que no es ella y sobre todo le presta su comprensión y su respeto. El público, que está pero al que no se ve, como todo lo que verdaderamente importa, ríe al principio durante la presentación de la artista para contener la respiración después, cuando empieza la magia de esa mujer mayor que no tiene edad, que es joven o no, no importa, porque lo que transmite está más allá de eso.
Termina la música, se funde a negro el hada del piano y se escapa de la garganta colectiva del público un único suspiro generalizado, de asombro y de placer, de cierto dolor también, porque es una canción infinitamente tr  iste. Aunque la tristeza no se vea, como todo lo que verdaderamente importa.
Como su ropa interior gris perla.
De seda,
De encaje,
Como una nube ingrávida.
Invisible:

Blossom.
Miss Blossom Dearie.

     Y ahora escuchen atenta y relajadamente,

HACIA LA REPÚBLICA DE LOS HIJOS CÉLEBRES. Texto de @Senor_Fernandez Una vitriólica digresión de la actualidad

     Así que pasan quince años…

     Un Enrique Iglesias otoñal, en plena madurez melódica, con más poso en la voz por los amigos traidores, después del trágico desenlace del asunto Kournikova-Bratvaa, se reconcilia con Santander brindando un recital de regusto inolvidable. Ana Patricia lo patrocina desde su exilio en Cornualles. A los coros, las trillizas de oro: las hermosas hijas de Miguel Bosé, adquiridas bajo la etiqueta “pack de varones de raza caucásica”, mudado el sexo en cuanto fueron conscientes del carácter luciferino y eternamente contemporáneo de su padre inorgánico. Leer más “HACIA LA REPÚBLICA DE LOS HIJOS CÉLEBRES. Texto de @Senor_Fernandez Una vitriólica digresión de la actualidad”

Escenas de palacio. Del blog “Los árboles y el bosque” de @Ajaumandreu

Jueves 20 de julio de 2017, 12.00 horas, Palau de la Generalitat. “Conseller Turull, perdone…” “Meritxell, le he dicho que no me pase llamadas, que estoy buscando urnas en Amazon.” “Sí, conseller, pero es que… Es que…” “Bueno, ya me ha interrumpido, así que dígame. Espero que sea algo importante”. “Es que han llamado del […]

a través de Escenas de palacio — Los árboles y el bosque

El catalanismo ens roba. Texto de Pedro Insua @PedroInsua1

Queremos despertar una respuesta política al separatismo, no solo entre ciudadanos afincados en tal o cual región, sino en todos los del país, porque, aunque nadie puede decir con razón que España le roba, sí tenemos buenas razones para alarmarnos de que quieran robarnos España” (Fernando Savater, Prólogo al libro A favor de España, ed. Esfera de los libros, p. 24

Es llamativa la paradoja que persiste en el catalanismo actual -también, por cierto, en el nacionalismo fragmentario vasco-, cuando desde su seno se afirma, por un lado, que Cataluña sufre una opresión secular por parte del “Estado español”, teniendo por resultado su expolio (“Espanya ens roba”), y por otro, a su vez, sin percibir en ello obstáculo lógico alguno, que Cataluña es una de las regiones (ellos dicen ambiguamente “país”) más prósperas de Europa (resulta curioso, en esta homologación ficticia, que la Holanda “liberada” hace cuatro siglos tenga en la actualidad unos índices de desarrollo parecidos a los de la Cataluña “oprimida”) .

Así, sea como fuera, si Cataluña abandonara ese lastre que según ellos España representa, estaría Cataluña, dicen, entre las Naciones más ricas de Europa, presuponiendo, y en ello reside la ficción catalanista, que Cataluña forma, ya de hecho, un todo independiente que se constituyó y desarrolló al margen de España, y no como parte suya.
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Pero ¿fuimos celtas? Texto de Ricardo Sada @ricardo_sada

   Veía el otro día un documental de National Geographic, algo así como: “Los celtas en Galicia” o “La Galicia celta”, tanto da. Y pensaba que, en un país como el nuestro, tan dada “la gente” a revisar la Historia, a arrumbar todo lo que parezca rancio y viejo, a crear una nueva Historia nacional, más acorde con «la verdad-su verdad»… no hayan sentido la más mínima necesidad de revisar algo tan viejo como lo céltico de nuestro pasado.

  Inaudito, porque los cimientos en los que se sustenta este axioma, son de arenas movedizas. Leer más “Pero ¿fuimos celtas? Texto de Ricardo Sada @ricardo_sada”