Colau o la afición por la aflicción. Por Carmen Álvarez

Esa clase de mujer, que no deja de ser una manipuladora nata, llorona, hipersensible para lo que le es propio y cruel para con el prójimo, y curiosamente más cruel para con la prójima —que sé muy bien lo que me digo—, no debería estar en política. La política necesita de personas —mujeres u hombres— que vengan llorados de casa, con experiencia laboral probada, con las emociones controladas, y, por supuesto, con unos estudios que acrediten un cierto conocimiento de las cosas. Que dejar la gestión pública en manos de patanes y advenedizos no interesa.

Ay, Ada, no voy a repetirte lo que con tanta razón ya se te ha dicho durante las últimas 24 horas; aquello de que nunca te has dignado a apoyar, defender, solidarizarte —expresión que tanto os gusta a vosotros, los progres—, con Inés Arrimadas o con Cayetana Álvarez de Toledo, o con tantos otros, posicionándote en contra de los totalitarios que las han insultado, vejado e intentado agredir. Ya está todo dicho. No puedo añadir nada más.

Pero hablemos de madurez, querida. Ya te he escrito dos cartas, y me veo obligada a remitirte una tercera, ¡con todo lo que tengo que hacer!, pero me temo, claro, que tú no sabes lo que es la empresa privada… un no parar. Bueno, no es que no lo sepas; es que no tienes la menor idea de lo que es trabajar, pero ése es otro tema.

Madurez, control de las emociones. No voy a criticar que en un momento concreto te salten las lágrimas, que eso le puede pasar a cualquiera, ni que en un día tontísimo llores como una magdalena. Pero es que no sé si lo tuyo es debilidad, afición o estrategia.

Si es debilidad y tienes las emociones a flor de piel, te recomiendo que si te pasas así siete días seguidos acudas a un psiquiatra, que lo mismo estás enferma y no lo sabes. Esto es serio, no es un insulto, es algo que le puede suceder a cualquier hijo de vecino. Depresión, melancolía, ansiedad. De todos modos, si fuera este el motivo de tu llanto, que te impide incluso desenvolverte con normalidad durante una entrevista, te adelanto que no estás en condiciones de ser alcaldesa.

Pero si hablamos de afición a la aflicción, a dejar fluir las emociones sin control alguno —alegría desmedida, tristeza, ira—, cosa que ahora se lleva mucho, lo que todos entendemos por dejar el alma al aire, cual Alejandro Sanz pero en versión política, resultas demasiado intensa. Agotas, Inmaculada, agotas. Eres un auténtico plomo, además de un pozo sin fondo de sucedidos. Ignoro la razón por la cual a la gente como tú le ha pasado de todo en la vida. De todo y más. Antes de que los demás cuenten algo, a vosotras, a ti y a las de tu cuerda, ya os aconteció tiempo ha, y, por supuesto, fuisteis las primeras. Debutasteis en ese dolor. En ese aspecto sois imbatibles, porque al fin y al cabo ¿quién se resiste a una mujer que llora? Simpática paradoja de las feministas de hoy en día, que no queréis ser heroínas, sino víctimas. Pero… ¿víctimas, de qué? De todo, del mundo en general, al que de vez en cuando le da por llevaros la contraria y os dice que no a algo.

Esa clase de mujer, que no deja de ser una manipuladora nata, llorona, hipersensible para lo que le es propio y cruel para con el prójimo, y curiosamente más cruel para con la prójima —que sé muy bien lo que me digo—, no debería estar en política. La política necesita de personas —mujeres u hombres— que vengan llorados de casa, con experiencia laboral probada, con las emociones controladas, y, por supuesto, con unos estudios que acrediten un cierto conocimiento de las cosas. Que dejar la gestión pública en manos de patanes y advenedizos no interesa.

Cuando se carece de todo eso, es necesario tirar de estrategia, y si me sale bien llorar a moco tendido, lloro; y si me sale bien mentir sobre mi vida, miento. Ése es el medio en el que os movéis los personajillos como tú, Inmaculada.

Ojalá pudiera decir que eres la nada, que rima con Ada; pero no, eres tóxica. Intoxicas lo que tocas, y lo arreglas todo con una sobredosis emocional supuestamente antifascista que pone los pelos de punta. Aunque te diré algo positivo: no creo que seas tonta, ni mucho menos. Tienes muy claro que ese mensaje que tan bien dominas lo compra muchísima gente. De lo contrario no estarías ahí. Eres lista, Inmaculada, y sabes que hay mucho tonto suelto. Enhorabuena, Sra. Alcadesa.

Artículo publicado en Ataraxiamagazine.com el día 18/06/2019

Som la hòstia! Una nota personal y algo emotiva acerca del procés. Por Kiko Alegret @kiko_ac

Que a nadie le extrañe, por muy increíble que debiera parecernos, cómo hemos llegado a este punto – me temo que de no retorno – en el que dos millones de catalanes, no sé si abducidos, pero no me cabe duda de que con autocomplacencia y complejo de superioridad de lo más pueriles, encantados de conocerse a sí mismos, estómagos agradecidos unos cuantos, fieles peones de una causa que les mantiene alejados de sus verdaderas preocupaciones los más, son ya incapaces de preguntarse si realmente son la hòstia.

A nadie le amarga un caramelo, a todos nos gusta que nos regalen los oídos con epítetos positivos. Es más, los necesitamos, como necesitamos sentir cariño y afecto. Durante la infancia nos creemos acríticamente las alabanzas que nos reservan, sobre todo, nuestras bien intencionadas abuelas. Al llegar la adolescencia aparecen las dudas, aunque en el fondo quisiéramos que la balanza siguiera basculando más del lado de la inocencia y credulidad. “¿Si era tan estupendo, por qué no me siento ya así, por qué mis mayores corrigen tantas veces mis actos y mis palabras?” Y ya en la edad adulta, a menos que suframos de algún tipo de déficit psicológico, empezamos a asumir nuestras debilidades y miserias. Con mayor o menor fortuna, pero no nos queda otra que aceptarlas.

Durante mi infancia y adolescencia escuché infinidad de veces, por parte de familiares, amigos y conocidos de estos, vecinos e incluso maestros de escuela (y eso que frecuentaba el Liceo Francés, pero teníamos profesores autóctonos que impartían las clases de lengua castellana, civilización española y, más adelante, lengua catalana) que “els catalans som la hòstia!”

Situémonos. Hablo de finales de los 60, de los 70 y de principios de los 80: tardofranquismo, transición y primeros años de democracia en Barcelona y otras comarcas catalanas que solíamos visitar en familia.

Sí, éramos lo más en medio de una sociedad, la española, que sólo merecía nuestro menosprecio o, como mínimo, cierto grado de aceptación condescendiente, puesto que era un lastre para nuestro desarrollo político, económico y cultural, y el consiguiente reconocimiento internacional, como lo que éramos de verdad: un pueblo avanzado y precursor – al mismo nivel, sino superior, de grandes y avanzadas potencias europeas – de cuanto positivo había ofrecido al mundo la vieja Europa.

¿La democracia y la participación ciudadana en la vida política? Invento catalán, con el Consell de Cent y el Consolat de la Mar. ¿La industrialización? En Inglaterra y Cataluña primero y tirando del carro del resto de España, esa España que no nos había permitido comerciar con las colonias, que había mandado a nuestros bisabuelos y tatarabuelos a ser masacrados en Cuba, esa España siempre atrasada, de señoritos y pordioseros, todos holgazanes viviendo a costa de la laboriosa, educada y disciplinada Cataluña. Agravios, todos. Y teníamos a los charnegos, con los que era mejor no mezclarse. El cinturón rojo de Barcelona era territorio comanche, un gueto que nadie pensaría nunca en pisar. Cuando nos tocaba partido en Bellvitge o Sant Adrià de Besós, no aparecíamos ni la mitad de jugadores del equipo. Los padres de esos compañeros ausentes ni siquiera se molestaban en avisar al entrenador de que no contara con ellos. Esa falta se daba por hecho porque entraba dentro del orden natural de las cosas.

Luego crecimos. No supe cómo evolucionaron mis antiguos compañeros, pues nos perdimos la pista. Me marché a buscarme la vida en París. España todavía no pertenecía a la entonces CEE y allí, los dos primeros años, fui un sin papeles que trabajaba en negro. Incluso, por ese mismo motivo, me gané una expulsión del territorio francés. Conseguí finalmente matricularme en la Sorbonne y, en total, residí en la capital francesa ocho años. A pesar de mi situación de inmigrante, nunca me sentí extraño, nunca sentí rechazo alguno. Vivía y padecía prácticamente lo que cualquier otro joven trabajador y estudiante. No me preguntaban de dónde era. Quien se patea a diario la ciudad y los interminables pasillos de su metro, quien comparte espacio, derechos y obligaciones es parisino, independientemente del origen de cada cual.

Tras París vinieron destinos como Sevilla, Tenerife, Túnez, Turquía, Croacia, Egipto y unos cuantos más. No, Cataluña no era el epicentro del mundo. Era mi tierra y la añoraba, pero mis raíces no me hacían sentir especial ni merecedor de halagos o favores por una cuestión de orígenes fortuitos. Como tampoco lo hacía mi condición de español.

Con ocasión de la celebración de los 30 años del Bachillerato me reencontré por fin con mis antiguos compañeros de colegio. Como llevaba ya unos años residiendo en Mallorca, ¿había mejor ocasión para pasar un fin de semana en la ciudad de mi infancia?

¡Sorpresa! No sólo los catalanes seguíamos siendo la hòstia, sino que además el virus del odio y del asco ya se había apoderado de los cuerpos y las mentes de no pocos de mis viejos amiguitos. Los demás, callaban, aunque en privado, a través de las redes sociales y sabedores de mi filiación política, se sumaban a mi preocupación por la deriva supremacista y asfixiante del incipiente procés, aportándome ejemplos y datos de cuantos desmanes allí eran el oficialmente institucionalizado pan de cada día. Odio y asco que los más radicales dirigieron hacia mi persona, sin necesidad de debate alguno previo, como si de un asesino o violador en serie se tratara, porque los pocos que me habían contactado mediante esas mismas RRSS ya se habían encargado de que corriera la voz: “és d’UPyD”.

¿Habíamos recibido la misma educación, republicana, con todos los valores que ello implica, como si de niños franceses se tratara? ¿Ciudadanía, libertad, igualdad y fraternidad no eran los conceptos básicos que nos habían transmitido durante tantos años profesores del Ministerio de Educación francés escogidos entre los mejores (práctica común al tratarse de un centro en el extranjero)? ¿Qué había ocurrido? Antaño, con la pasión propia de la adolescencia y en la divergencia de opinión, siempre habíamos respetado las ideas que unos y otros defendíamos con mayor o menor fortuna, con sólidos, o no tanto, argumentos, pero nunca con desdén y menos con odio.

Que a nadie le extrañe, por muy increíble que debiera parecernos, cómo hemos llegado a este punto – me temo que de no retorno – en el que dos millones de catalanes, no sé si abducidos, pero no me cabe duda de que con autocomplacencia y complejo de superioridad de lo más pueriles, encantados de conocerse a sí mismos, estómagos agradecidos unos cuantos, fieles peones de una causa que les mantiene alejados de sus verdaderas preocupaciones los más, son ya incapaces de preguntarse si realmente son la hòstia.

Son la hòstia y se lo merecen todo, sin límites, porque así lo han decidido y aunque sea a costa de conculcar derechos de sus conciudadanos, de insultarles y negarles la libertad de decidir su propia identidad.

Escribí en diciembre de 2010 las líneas que siguen y que hoy quiero rescatar.

Hace años tuve la ocasión de interpretar el personaje de Bérenger de la obra Rhinocéros de Ionesco, el padre del teatro del absurdo. En un mundo en el cual primero aparecen unos pocos rinocerontes que destrozan todo a su paso, poco a poco los seres humanos se van transformando en rinocerontes. Todos excepto uno, Bérenger. Si Ionesco mediante la parábola de la “rinocerontitis” denunciaba los regímenes totalitarios, nazismo, fascismo, estalinismo, en los cuales las masas seguían las consignas oficiales sin oponer resistencia, hoy podríamos decir que padecemos de “hipopotamitis”. Los hipopótamos no parecen tan fieros y destructores como los rinocerontes, pero son igual de voraces y, en realidad, temibles y peligrosos. Tenemos hipopótamos por convicción, los menos, por interés, unos cuantos más, o por inercia, la gran mayoría que ha acabado suscribiendo una doctrina que en origen no era la suya. Los poderes reales, y los fácticos también, atentan contra nuestras libertades, pero pocos son los que denuncian tal proceder de cuantos sacan provecho de una sociedad adormecida.

Para el filósofo francés Bernard-Henri Lévy el libre pensamiento “sigue siendo una de las luchas fundamentales de nuestros días. Sólo la libertad de pensamiento es capaz de romper los ladrillos del pensamiento totalitario. Hay que protegerse contra los estados invasores, contra el suelo de prejuicios por el que andamos, contra los pensamientos prefabricados que impiden el pensamiento libre. Es la forma de despegarse de un pensamiento que nos pega al suelo de nuestras tradiciones. […] Hay que cruzar y multiplicar los pensamientos. Los que dicen que cada cultura tiene sus propios pensamientos y hay que mantenerlos inalterados son cerrados de mente. El islamismo radical, por ejemplo, recurre a esta idea. Pero hay que repetirles que la grandeza de una cultura está en la fidelidad a sí misma y la capacidad de adaptar nuevas culturas en su paisaje. Hay que convertirla en un crisol de culturas asumidas. Para tener un pensamiento libre hay que integrar pensamientos diferentes“.

Definitivamente, los grandes males pasados y presentes tienen como punto convergente el creer que sólo quienes comparten la propia identidad pueden llegar a ser la hòstia. Desembarazarnos de tal autoengaño es requisito indispensable para aceptarnos primero a nosotros mismos, luego a los demás. En juego está la convivencia y el respeto en unas sociedades que parecen haber perdido esos mismos valores que las hicieron grandes.

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Derechos e intereses. Por @BenjaminTyreen

Y sin derechos e intereses, sólo queda ese profundo cansancio, apático, como el del soldado de (otra vez) Napoleón, que huye de los cosacos por la estepa helada, ya nada importa, hace tanto frío, quiere dormir, se rinde al sueño, al agotamiento y a la desazón, y acepta su destino resignado, sería de ilusos seguir insistiendo, salvo que, como el de “Big Fish” sonando Buddy Holly de fondo, seas un iluso integral, de los ilusos de toda la vida.

Es cansado, que decía Alberto Pérez. Este intercambio de cromos, sile sile, nole nole, ayuntamientos, mesas de parlamentos, consejerías, gente sin acta a la que hay que colocar, ministerios… Como al final de aquella de romanos de Anthony Mann, con todo el imperio podrido, en que tras ser rechazado el poder por Stephen Boyd (prefiere irse con Sofía Loren, que no es tampoco mal plan) se oye a los senadores ofrecer dos millones de dinares, dos millones setecientos mil, ochocientos, novecientos… por el trono. (Que ahora vendrá alguien de Twitter a decir que no había dinares en el Imperio romano, y que los emperadores no tenían trono, ni cómodo ni otro, pero eso es lo que dicen en la película, echadle una instancia a Samuel Bronston si eso y a mí dejadme en paz).

Y decía Napoleón, no Alberto Pérez, que nos batimos más por nuestros intereses que por nuestros derechos, lo que se ve cada día en esta continua, como un bucle sin fin, campaña electoral que padecemos ciudadanos que somos ninguneados, burlados, esquivados, subastados, a cambio de sardinas que arrimar al ascua. Y esos, sólo esos, son los intereses que interesan, perdida ya la guerra de los derechos a base de derrotas en las batallas de la unidad de nuestra vieja nación, porque únicamente ésta acaba garantizando aquéllos.

Y sin derechos e intereses, sólo queda ese profundo cansancio, apático, como el del soldado de (otra vez) Napoleón, que huye de los cosacos por la estepa helada, ya nada importa, hace tanto frío, quiere dormir, se rinde al sueño, al agotamiento y a la desazón, y acepta su destino resignado, sería de ilusos seguir insistiendo, salvo que, como el de “Big Fish” sonando Buddy Holly de fondo, seas un iluso integral, de los ilusos de toda la vida.

No pido, no me queda esperanza, alta política, que no se trata de ser Adenauer, sólo espero inteligencia y dignidad bastantes como para ser capaz de  —respectivamente—  atarse el nudo de los zapatos y batirse en buena lid (dentro del cuadro que forman los escudos) por tus paganos conciudadanos, sus derechos o sus intereses, incluso por ambos.

Pero no, se alejan Livio y Lucila, y es cansado, pero al llegar la noche ella descansa a su lado, mi voz en su costado.

Quita, gordi. Por Carmen Álvarez


Monumento al macho alfa. VuELve. Adanismo en estado puro. Él es la esencia podemita, y sólo él. Irene ha quedado como telonera.

“Quita, gordi”, “déjame a mí, cari” o “aparta bonita, que ya llego yo”, debió de ser más o menos lo que Pablo Iglesias le dijo a Irene cuando acabó la baja de paternidad autoimpuesta para ejemplo de todo macho ibérico que por la piel de toro -espero que nadie se sienta ofendido por decir “toro”- se mueve.

Ahora es fácil entender el mal carácter que Irene se gasta en el Congreso o cuando tiene un micrófono delante; esos chillidos, esa cara desencajada, esa arruga de expresión en el entrecejo, esa mala leche sólo se incuba en casa. No voy a entenderlo yo. Todas aquellas que en algún momento de nuestra vida hemos sufrido el “déjame a mí, bonita” -con su implícito que “tú no sabes”- envuelto en un tono aparentemente cariñoso y condescendiente, sabemos que pone de peor humor que unos cuernos una noche de farra.
Me creerán exagerada, pero ese machismo del feminista militante que luego va de aliado, saca de quicio.

Sí, Pablito se ha lucido. Comentaba el ínclito el otro día sin sonrojo que las encuestas que tan mal resultado le dan, se habían realizado “antes de volver yo”. Monumento al macho alfa. VuELve. Adanismo en estado puro. Él es la esencia podemita, y sólo él. Irene ha quedado como telonera.

Además, viene en mejor forma que nunca, porque “limpiar culos” -bonito resumen de la paternidad full time– proporciona una preparación intelectual, una madurez ideológica, una comprensión de los problemas de la gente que, lamentablemente, su paso por la universidad no le dio. Otra cosa es que deseemos que no tenga oportunidad de demostrarlo.

En fin, Irene, valga este breve comentario para expresarte mi sororidad -que no sé exactamente qué es- y decirte que un hombre así no te conviene. No tanto porque no tenga razón, que eso ya lo veremos en las encuestas y en las elecciones, sino porque no hay nada peor que ir de guayfeministaaliado por la vida y resultar un vulgar machista en el fondo y en las formas. No existe nada más despectivo que el machismo condescendiente. Porque a un hombre que te prohíbe algo lo mandas a por tabaco y cambias la cerradura, pero ese hombre que predica urbi et orbe las bondades del feminismo y se limita a cambiar el nombre al partido, poniéndole ¡Unidas Podemos!, no sólo es machista sino algo peor, un cursi irredento.

En esta vida, queridaIrenehazmecaso, se puede y se debe perdonar casi todo, pero la cursilería y la necedad, nunca.

P.D. Quedo a la espera de que alguna jovencita me diga que no sé nada de machismo.

A LOS QUE VOTAN. Por Rome Clay @BenjaminTyreen


…votad a quien queráis, al mejor para vosotros o al que os parezca menos malo, pero no votéis en contra de nadie, ni para que no salgan estos o aquellos, ni para frenar o impedir tsunamis, o porque no sé quién haya dicho que eso es lo útil, u os meta miedo con lo que puede venir, de un lado o de otro, si no optáis por quienes ellos dicen.


Recuerdo la primera vez que fui a votar. No voté a ningún partido, que se trataba de decir (marzo de 1986) si OTAN de entrada sí o no. Creo recordar que voté que no, y ello  —ahora que lo pienso—  no porque tuviera entonces un criterio formado al respecto, sino porque supongo que aún me quedaban restos de adolescencia, en forma de algunos granos y de ganas de llevar la contraria a mis mayores.

 

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Por qué no fui a la manifestación. Por Rome Clay @BenjaminTyreen

 


“Entiendo que el ataque frontal, flagrante y burdo (en una palabra: “descarao”) que está sufriendo nuestro sistema de convivencia democrática por quienes sin disimulo pretenden destruirla y por quienes de forma pretendidamente velada lo consienten (unos y otros igualmente responsables), sólo ha de frenarse y revertirse desde las instituciones…”

Varios partidos políticos llamaron a manifestarse en Madrid ayer ante la especial situación política que vivimos desde hace demasiados meses y que parece estar llegando ya a límites intolerables para la razón y la convivencia democrática; situación que tiene responsables (culpables) fácilmente identificables, tanto ellos como sus intereses  —no por inconfesables menos evidentes—, lo que hace comprensibles el hartazgo y la seria preocupación de los ciudadanos (al menos en mi consideración) de bien. Leer más “Por qué no fui a la manifestación. Por Rome Clay @BenjaminTyreen”

La izquierda no tiene enmienda. Por Carmen Álvarez


“Quizá no sean conscientes de que hoy había muchísimas personas en Madrid huérfanas de partido al que votar, porque ya no pueden votar a un PSOE podemizado, antiespañol y traidor. Hoy era una gran ocasión para decirles que una izquierda española, civilizada y sensata es posible”

A menos que yo esté mal informada, hoy miles de ciudadanos no se han manifestado a favor de ningún de partido ni de ninguna tendencia política. Hoy en la Plaza de Colón de Madrid, sólo había un grito, un clamor -como le gusta decir a Carmen Calvo Pixi y Dixi- por la unidad de España. Hoy sólo había una bandera y dos colores. En Madrid se ha respirado la preocupación y la angustia de miles de españoles, no sólo por la dignidad de España, sino por su supervivencia ante la política loca de un megalómano, Pedro Sánchez, dispuesto a vender la nación de todos para disfrutar un año más, unos meses, incluso unos días más, de sus delirantes sueños en los que se siente importante y su autoestima rebosa.

Hoy no tocaba hablar de redistribución de la riqueza ni de políticas liberales. Ningún político ha tomado la palabra ni ha pedido el voto. En Colón tan sólo se ha gritado un no al chantaje nacionalista y un sí a la unidad de España.

Me pregunto pues, ¿por qué ningún partido de la izquierda no nacionalista -tal y como ellos se denominan- estaba hoy apoyando oficialmente la manifestación? ¿Acaso porque la convocaban Partido Popular y Ciudadanos? ¿Quizá porque la apoyaba Vox? ¿A lo mejor porque un exceso de rojigualda se les sigue indigestando? Y ya de paso, ¿ha ido algún barón socialista de los que se quejan según el día y el lugar? ¿Cuántos han ido poniendo a España por encima de la disciplina del partido?

Leo a uno de sus líderes en Twitter que España se defiende desde la izquierda. ¿Por qué? España se defiende por encima de la izquierda y la derecha, no desde ningún ángulo concreto. Así que, con mucha tristeza, hoy constato que sólo UPyD, partido de centro izquierda, ha demostrado sentido común, como siempre.

La asignatura pendiente de España es que la izquierda acepte la existencia de la derecha, como hizo en el pasado, y sea capaz de codearse y unirse a ella en momentos decisivos abandonando intereses partidistas. Quizá no sean conscientes de que hoy había muchísimas personas en Madrid huérfanas de partido al que votar, porque ya no pueden votar a un PSOE podemizado, antiespañol y traidor. Hoy era una gran ocasión para decirles que una izquierda española, civilizada y sensata es posible. Pero no, su pureza ideológica se lo impide. Perdón, su profundo sectarismo.