«Spain is different» O no… Por Carmen Álvarez, para Ataraxia Magazine.

“…las regiones que más respeto exigen a su supuesta y artificialmente inflada diversidad son las que drásticamente impiden el desarrollo en su seno de la pluralidad de ideas. Se han convertido en pequeñas —por tamaño— pero terroríficas dictaduras. Además, se ha producido un efecto dominó en el resto de España en el que todos buscan un hecho diferencial que les permita obtener las prebendas de las que gozan las supuestas nacionalidades históricas. Y si no lo tienen, se lo inventan.”

El “Spain is different” de Manuel Fraga fue aquel famoso eslogan publicitario que, aparentemente, no tenía otro propósito que dar a conocer en el exterior la España de los sesenta, abrirse a Europa, y, finalmente, llenar nuestras playas de esculturales suecas que se convertirían en objeto de deseo del ahora denostado, vejado y vilipendiado macho ibérico, representado de manera insuperable por Alfredo Landa.

Más allá de la campaña publicitaria —que consiguió mucho más que un éxito turístico, pues trajo consigo la Ley de Tolerancia Religiosa y una obligada apertura del régimen—, la supuesta diferencia de España del resto de Europa en su génesis y en su forma de ser ha sido objeto de estudio, a lo largo de los dos últimos siglos, por parte de los más importantes pensadores, que abordaron el tema desde distintos puntos de partida y llegaron a conclusiones completamente distintas. Las más llamativas, recuerden, aquel “España es el problema; Europa, la solución”, de Ortega y Gasset, versus la propuesta de “españolizar Europa”, de Unamuno. Quién les iba a decir a este par que en el siglo XXI lo más moderno sería “la Europa de los pueblos”; es decir, de las regiones.

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Ni libres ni iguales. Por Carmen Álvarez, para Fundación DENAES.

¿En qué momento convencieron a toda una nación de que ellos poseen un hecho diferencial que les hace superiores? ¿Cómo es posible que hayan convencido a millones de españoles de que les debemos algo?

Se diluye minuto a minuto el espejismo en el que hemos vivido estos últimos 40 años. Nos creímos libres, nos creímos iguales, qué estupidez. Hemos estado atrapados en una ilusión óptica que nos hacía pensar que extremeños, vascos, valencianos, catalanes y gallegos éramos iguales ante la ley. Nos hicieron creer –y nosotros nos dejamos- que todos los españoles gozábamos de los mismos derechos; incluso dimos por sentado que en todos los lugares de España cada uno era plenamente libre de expresarse como quería, incluso en el idioma que le daba la gana.

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Miénteme, bandido. Por Carmen Álvarez, para Ataraxia Magazine.

Sánchez asumió su rol presidencial de manera soberbia; parecía haber nacido para ello. Determinado a encandilar a propios y extraños cual Kennedy redivivo, lleno de juventud y modernidad, mirando el mundo a través de sus gafas de sol —graduadas o no— en un lugar más bien oscuro, en un avión. Sin haber dado una rueda de prensa, corría por los jardines de La Moncloa para conservar ese cuerpo que no merece, mientras jugaba con su perro —hemos de suponer que es suyo— cual Obama desteñido.

Corría el año 2014 de nuestro Señor, año de elecciones europeas, en las que el PSOE, con Pérez Rubalcaba al frente, obtenía unos resultados manifiestamente mejorables. Este hecho —según los usos de la época— precipitó la dimisión de Rubalcaba, abocando al centenario partido a unas inminentes primarias.

Fue en esos primeros meses del año cuando empezamos a ver con bastante frecuencia en los telediarios a un hombre alto, guapo, con el cutis un tanto maltratado pero, aún así, tremendamente atractivo, gracias también a una perfecta percha. Hablaba poco —o al menos no ocupaba minutos de televisión todavía, cosa que ahora veo que le favoreció en su momento— y cuando lo hacía se mostraba moderado, tranquilo, lleno de sentido común y mesura; virtudes que trasladaba al telespectador y telespectadora con su voz grave y susurrante—soy admiradora de voces—. No exagero si digo que cuando supimos que sería candidato en las primarias socialistas algunas y algunos, que jamás habíamos votado al PSOE, nos replanteamos nuestra vida, nuestra ideología —si la hubiere— y nuestros principios más sólidos —de tenerlos— para ir a Ferraz como alma que lleva el diablo a afiliarnos.

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La anomalía española. Por Carmen Álvarez, para Ataraxia Magazine.

La anomalía española es que ni siquiera se plantee seriamente la formación de un ejecutivo que supere los falsos conceptos de izquierda y derecha para garantizar la supervivencia nacional.

Cansada como estoy de escuchar hablar sobre la extraordinaria pluralidad del Estado español, de la increíble diversidad de nuestros pueblos, de la nación de nacioncillas que somos, de la multitud de lenguas que existen a lo largo y ancho de la piel de toro —perdón por lo de toro—, como si fuésemos un caso único en el mundo y todas estas cosas no se dieran, por ejemplo, en Francia, Alemania o Italia sin ir más lejos, acabo dando la razón a los que hablan de España como un país anómalo.

Sí, padecemos una anomalía grave, peligrosa, y, sobre todo, enormemente estúpida. Una anomalía que si no se remedia puede acabar siendo letal para España: la imposibilidad manifiesta de formar un «Gobierno de concentración nacional» ni siquiera en circunstancias excepcionales como las que estamos viviendo.

El Estado está en jaque desde hace como mínimo un lustro, y los partidos hispanófobos responsables de este ataque, cuya única razón de ser es acabar con la existencia de la nación española, asolan el Parlamento gracias a una ley electoral que les sobredimensiona. Mientras tanto, los partidos de ámbito nacional —que no nacionales necesariamente— ni se plantean hacer frente común a los nacionalismos fragmentarios, que es lo mismo que decir que han renunciado a defenderse y a defendernos.

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Que no me cuenten su vida. Por Carmen Álvarez.

En serio, grábenselo a fuego, porque se trata de España, de nuestras vidas; sus rencillas personales y partidistas nos la traen al pairo. Maduren, que escucharles suscita vergüenza ajena

Que el PSOE y UP vean incrementado su poder y control de la Mesa del Congreso debido a las rencillas, incongruencias u odios viejos del centro derecha español, sume en la más absoluta vergüenza y perplejidad a millones de votantes.

Trabajé hace unos años para uno de los individuos más soberbios y maleducados que he conocido; no fue una etapa fácil en lo laboral, el tipo -mi jefe- compensaba lo desagradable que era con una ignorancia y falta de preparación oceánica. Suele pasar a los que han llegado a la categoría de jefe absoluto por el método biológico. Su  padre le había dejado cientos, o miles, o millones, de hectáreas de terreno y un pastizal para jugar al monopoly edificando casitas y cositas a su antojo. No se puede decir que fuera un hombre hecho a sí mismo y lo poco que se había hecho, lo había hecho fatal.

Llenaba su jornada laboral reuniéndose con todos los departamentos de la empresa. Todos los días. Daba igual que hubieras reportado con él el día anterior todas las novedades habidas y por haber, él te volvía a llamar y te volvía a preguntar por cada asunto: “¿Lo tienes ya?”. Esas reuniones eran una tortura —cuando la cosa no iba conmigo, me entretenía mirando la foto de  su padre, saludando al Papa, y siempre me acordaba del chiste aquel que decía: “quién será ese señor de blanco que saluda a Menganito”—, pero allí aprendí algo que me ha servido para toda la vida: la persona que espera resultados no suele estar interesada en saber cómo los has conseguido.

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¿Es España un Estado fascista? Por @abogadosensible y @benjamintyreen

Que dicen los separatistas catalanes (y sus amigos de otras partes de España) que hay presos políticos.

Y se les contesta que no, que España es uno de los países más democráticos según no sé qué rankings, y que contamos con un Estado de Derecho, supremacía de la Ley, independencia judicial y toda la pesca de ingredientes al uso.

Y no. Y tampoco.

Los que están en prisión preventiva por golpistas no sabemos, a estas alturas todavía, si serán culpables o inocentes, pero no son presos políticos.

Pero tampoco es cierto que gocemos de un Estado de Derecho con las garantías propias de un país civilizado, democráticamente maduro y jurídicamente riguroso, no nos engañemos.

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Colau o la afición por la aflicción. Por Carmen Álvarez

Esa clase de mujer, que no deja de ser una manipuladora nata, llorona, hipersensible para lo que le es propio y cruel para con el prójimo, y curiosamente más cruel para con la prójima —que sé muy bien lo que me digo—, no debería estar en política. La política necesita de personas —mujeres u hombres— que vengan llorados de casa, con experiencia laboral probada, con las emociones controladas, y, por supuesto, con unos estudios que acrediten un cierto conocimiento de las cosas. Que dejar la gestión pública en manos de patanes y advenedizos no interesa.

Ay, Ada, no voy a repetirte lo que con tanta razón ya se te ha dicho durante las últimas 24 horas; aquello de que nunca te has dignado a apoyar, defender, solidarizarte —expresión que tanto os gusta a vosotros, los progres—, con Inés Arrimadas o con Cayetana Álvarez de Toledo, o con tantos otros, posicionándote en contra de los totalitarios que las han insultado, vejado e intentado agredir. Ya está todo dicho. No puedo añadir nada más.

Pero hablemos de madurez, querida. Ya te he escrito dos cartas, y me veo obligada a remitirte una tercera, ¡con todo lo que tengo que hacer!, pero me temo, claro, que tú no sabes lo que es la empresa privada… un no parar. Bueno, no es que no lo sepas; es que no tienes la menor idea de lo que es trabajar, pero ése es otro tema.

Madurez, control de las emociones. No voy a criticar que en un momento concreto te salten las lágrimas, que eso le puede pasar a cualquiera, ni que en un día tontísimo llores como una magdalena. Pero es que no sé si lo tuyo es debilidad, afición o estrategia.

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