El zurdo, una semblanza. Por Carlos García-Mateo @barcelonerias

“…el Zurdo fue un artista destacado entre la multitud de atribulados, insolentes púberes, jetas warholianos, mediocres, cuentistas que pulularon, haciendo mucho ruido, por el Madrid de los ochenta. Mejor, incluso, en su empalagosa pulcritud. Cantar en la cuerda floja le fue perdonado gracias a Aquella chica, una pieza canónica”.

Si hubo en la movida madrileña un chico de verdad moderno, vienés decadente, fue Fernando Márquez Chinchilla. Enjuto, flequillo lacio y siempre limpio, gafas de pasta negra, suéter de pico, parecía el sempiterno estudiante de letras. En aquel Madrid menos brillante y más tierno -en palabras de Luis Antonio de Villena-, Márquez, apodado El zurdo, fue apóstol del momento: publicaba fanzines, afinaba su voz temblorosa, dibujaba y escribía canciones como pequeños tesoros. Seguidor púber de Falange purísima y, por tanto, en esencia romántico, dio alma a La Mode, después del experimento Kaka de Luxe, grupo francamente malo pero ejemplar (1978). 

En ocasiones, las personas encumbran alturas que lo son por la espontaneidad, un sentido gracioso de la calidad. La Mode, banda de tres (Márquez, voz, letras; Antonio Zancajo, líricos punteos; Mario Gil, hombre orquesta), bosquejaba la elegancia y engolamiento de Brian Ferry. Una escena musical heterodoxa en general y bastante ortodoxa en los particulares del último sentimentalismo pop; imitativo, versátil, acomodado en los lenguajes y contralenguajes ibéricos. Caleidoscópico, de Vainica Doble a Derribos Arias, Burning o Serrat, por poner ejemplos de la desmesura cultural.

Tribalizándose el mercado juvenil, La Mode era gusto de los llamados con desprecio modernos, chicos que pasaron de la trenca al jersey con hombreras, de Becquer (sin abandonarlo del todo) a El Cairo, prosélitos de las líneas claras, guitarras con chorus y alados sintetizadores. Para algunos, tal formalismo sería el cimiento del desencanto, o una suerte de lógica pseudofranquista que mataría la escena. O movida, ese rudimento cariñoso con que el socialismo oficial envolvió a Madrid para ganárselo. La criatura no estaba nada mal. Sin embargo, puede pensarse que las cosas interesantes, por naturaleza, duran siempre poco. En la opuesta acera a aquellos modernos, estaba la ilusión sistémica del antisistema: Germán Coppini vociferaba “¿sabías que a Bryan Ferry le huele el aliento?”. Todo era bastante feliz e inocente. 

En cualquier caso, el Zurdo fue un artista destacado entre la multitud de atribulados, insolentes púberes, jetas warholianos, mediocres, cuentistas que pulularon, haciendo mucho ruido, por el Madrid de los ochenta. Mejor, incluso, en su empalagosa pulcritud. Cantar en la cuerda floja le fue perdonado gracias a Aquella chica, una pieza canónica. Siendo un joven madrileño de clase media se podía montar un grupo musical y escribir ternuras del tipo “quiero ser tu hermano mayor, mitad maestro mitad bufón”. Tenía, condición deseada por los fans baudelerianos, cierto aire maldito. Con voz dulzona, amanerada, lo justo desentonada, le decía al micro, respecto al eterno femenino:

“Tienen ese algo misterioso

que daba miedo a Leonardo y a Amiel,

que sólo las minorías entienden,

que hizo a Warhol esposo de su cassette.”

(La Mode, El eterno femenino, LP, Nuevos Medios, 1982)

barcelonerias.com

https://www.bing.com/videos/search?q=youtube+el+zurdo+aquella+chica&view=detail&mid=2F118869419CBCDB454F2F118869419CBCDB454F&FORM=VIRE


Música: EL BLUES – EL ORIGEN. Por @opicar


“El blues es el origen, el resto tan solo son sus frutos”,  nada más cierto, aquellos cantos primitivos interpretados por los más parias entre los parias, los esclavos, dieron origen y fueron base para el desarrollo de estilos como el rock, el pop, o incluso el propio jazz, estilos musicales que no solo están influenciados por el blues sino que, en mayor o menor medida, tienen al blues dentro.

Resulta paradójico el hecho de que la inmensa mayoría  del arte que el ser humano ha sido capaz de crear para disfrute de sus congéneres ha nacido casi siempre del dolor de sus autores.

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Música: DYLAN. Por @opicar

Ser referencia intemporal en el arte está al alcance de muy pocos, es un milagro que solo se da en los genios y, sinceramente, creo que nadie sabe por qué se da, pero al igual que Dylan no quiero racionalizarlo, me conformo con escuchar al viejo Bob y sumergirme con frecuencia en la más bella canción que para mi gusto se ha escrito nunca, que no es otra que “Knock Knock Heavens Door”.

  El New York Times en el año 1979 recomendaba a sus lectores la actuación que Lola Flores iba a realizar en el mítico Madison Square Garden diciendo lo siguiente, “no canta bien, no baila bien, pero no se la pierdan”.

En el año 1941 en Duluth (Minesota) llegaba a este mundo “Robert Allen Zimmerman”, quien más tarde artísticamente sería “Bob Dylan”, he de reconocer que cada vez que pienso en él inevitablemente me viene a la memoria el comentario del New York Times acerca de Lola Flores. Leer más “Música: DYLAN. Por @opicar”

Música: JAMES BROWN – DETERMINACIÓN. Por @opicar


Brown en directo es un tipo primitivo, es pura energía, alguien que gruñe y se lamenta como si estuviese enfadado con el mundo. La grabación de su directo en el teatro Apolo del año 1962 fue un hito, y se convirtió en disco de cabecera de gente como los Stones o los Beatles”.

Cuando has nacido en un lugar donde solo habita la miseria, cuando tu madre te abandona a la edad de cuatro años, y cuando tu infancia ha consistido en buscar clientes para el prostíbulo que regenta tu tía, lo más probable es que acabes por ser un paria destinado a una vida de mierda, salvo que tu espíritu de supervivencia y tu determinación te empujen a cambiar tu destino.

Su infancia marca a Brown, antes que nada, él es supervivencia y ambición pero, sobre todo, es puro talento, y también es alguien solo, muy solo, alguien incapacitado para confiar en nadie que no fuera él mismo.

Brown como cualquier negro de su época que quiere cantar se agarra al “soul”; es bajito, feo, con rasgos africanos, eso no ayuda, pero a Brown le sobra determinación y talento, y logra hacerse con un nombre en los circuitos de música negra.

Brown en directo es un tipo primitivo, es pura energía, alguien que gruñe y se lamenta como si estuviese enfadado con el mundo. La grabación de su directo en el teatro Apolo del año 1962 fue un hito, y se convirtió en disco de cabecera de gente como los Stones o los Beatles.

Actuaciones como la del TAMI  o la de el show televisivo de Ed Sullivan hicieron que Brown se convirtiera en el indiscutible jefe de la música negra, siempre acompañado por un banda extraordinaria de músicos, como los hermanos Parker o Pee Wee,  músicos que convertían en partituras los gruñidos que aquel analfabeto musical les hacía escuchar.

Brown, consciente o no de ello, inventa el “funk”, esa música que inevitablemente provoca que nuestro cuerpo siga su ritmo; el soul, el gospel y el jazz se dan la mano en Brown y juntos dan a luz una nueva criatura “el Funky”.

 Míster Dinamita se comporta como un tirano con su banda y, ante las reivindicaciones de ésta, se lanza al vacío y forma una nueva banda con los hermanos Collins al frente; se reinventa y a partir de ese momento guitarra y bajo se convierten en la base del auténtico funk.

Pero a Míster Brown no le parece suficiente la música, y toma posturas políticas públicas. Es amado y odiado por ello por su propia raza según el momento, todavía impresiona ver las imágenes de su concierto en Boston en el año 1968 donde, ante un público negro soliviantado por el reciente asesinato de “Martin Luther King”, él solo desaloja a la policía del escenario y logra apaciguar los ánimos de los asistentes al concierto.

Brown es, sin ningún tipo de duda, uno de los músicos más influyentes de la historia, Michael Jackson, Prince, el hip-hop o el Rap solo fueron posibles gracias a él y a su legado musical.

Por último, una recomendación, tenéis en Netflix un estupendo documental producido por Mick Jagger sobre su vida y obra. Si lo veis, conoceréis mejor a un tipo irrepetible, con sus luces y sus sombras,  un verdadero genio de la música,  Míster Dinamita.

“BEATLES Y STONES”. Por @opicar


“Dicho de otra manera, o eras de los Beatles o era de los Stones, una vez más la eterna estupidez humana de tener que elegir algo renunciando e incluso abominando de otras cosas, estupidez a la que no fui ajeno, servidor era de los Stones; por otra parte a los únicos que he podido ver en directo,  los Beatles, me parecían blanditos y un tanto cursis, errores de juventud”.

Me aventuro por primera vez a escribir sobre la que sin duda es mi mayor afición desde que tengo uso de razón, y lo hago porque así me lo ha pedido la titular de este estupendo blog en un nuevo ejercicio de inconsciencia por su parte, espero ante todo no defraudarla a ella y si además a alguien entretengo pues miel sobre hojuelas.

Querría dejar algo claro,  que nadie espere de estas colaboraciones datos exhaustivos sobre artistas, ni de sus discografías o de sus biografías, no tendría sentido, vivimos tiempos en que la información habita en un sinfín de sitios que a buen seguro pueden satisfacer la curiosidad o las ansias de conocimiento de todo el mundo. Leer más ““BEATLES Y STONES”. Por @opicar”

Cuidado, es Bola. Por Ignacia de Pano @ignaciadepano

-Ten cuidado, es mi corazón. No es un reloj que sostienes o esa nota que lees y luego quemas, es mi corazón.

Llegué a Bola de Nieve a través del espejo de Caetano Veloso. Una tarde de verano en Madrid, con el sol aún alto quemándome la espalda. El concierto de la noche anterior había tenido que suspenderse y Caetano propuso ofrecerlo al día siguiente a primera hora, con tiempo para poder seguir inmediatamente al aeropuerto.

Fue así, a plena luz del día y entre clásico y clásico, cuando Caetano nos contó que esa mañana, en su habitación del hotel y con las cortinas cerradas, cambiando al azar los canales de la televisión, se había quedado enganchado en una película antigua en la que había sonado el “Vete de mí” de Bola. Hizo ahí una parada para sonreír con un gesto entre la admiración y el asombro. “Ah, Bola…” susurró. Y cerró los ojos mientras iniciaba una versión desnuda y bellísima del clásico que yo escuché entonces por primera vez, a las cuatro de la tarde de un sábado de julio de hace ya muchos años, jovencísima, enamorada y alerta, muy alerta, a todo lo que fuera música de la que te puebla por dentro.
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“Memoria del futuro” Por Ignacia de Pano @ignaciadepano

“Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez…”

Hay versiones contrapuestas. Pero la que a mí me gusta es la siguiente:

Consuelo, Consuelito Velázquez, compuso “Bésame mucho”, el bolero más versionado de la historia, a los dieciséis años.

Cuando aún no la habían besado.

Como pudo una niña escribir algo así es algo que no puede entenderse racionalmente. Es posible que ni ella misma supiera explicar cómo lo hizo. Qué, o quién, la poseyó para describir no la anticipación del primer beso sino la agonía del último.

Consuelito, en su cuarto de niña.

Adivinando, acertando.

Porque no hay muchos besos, sino uno solo. Alguien, algo, le susurró, antes de saberlo, que en ese asunto a vida o muerte no hay sustantivos, solo verbo. Bésame. Bésame mucho.

“Quiero sentirte muy cerca, mirarme en tus ojos, verte junto a mí..”

Consuelito tenía, como alguien me dijo una vez, memoria del futuro. Adolescente que recuerda, sin haberlo vivido todavía, el dolor por dentro cuando él, o ella, se van.

“Piensa que tal vez mañana, yo ya estaré lejos, muy lejos de ti…”

Consuelito, a los dieciséis años, y mortal. No se siente eterna, como nos sentimos todos a esa edad. Sabe, porque hay un dios que se lo susurra al oído, que las cosas se acaban. No es de mármol, como todos los adolescentes. Lo que escribe, como en trance, son palabras de carne que sabe que envejece. Que tiene miedo, eso tan adulto, tan familiar a los que con el paso de los años comprendemos por experiencia lo que ella intuye.

“…Que tengo miedo a perderte, perderte después…”

De todas las versiones, más de mil, que ha tenido este bolero alfombra mágica, solo la de João Gilberto recoge la Revelación que contiene y la desvela en toda su angustia, su profundidad, su deseo. Ya no es un bolero, ya no se baila, es una oración. Y se escucha y se canta por dentro, con los ojos muy cerrados. Es una ceremonia, una invocación.

Es algo muy serio.

Más de ocho minutos de trance hipnótico. Con el mítico arreglo de cuerdas de Claus Ogerman poniendo el nudo en la garganta a la voz monocorde y ronca de João, que suplica.

En esta versión no hay final feliz. Algo, esa guitarra como una red armónica y desesperada, nos dice que él, que ella, se irá.

Y que no sería beso si no supiéramos que se acaba.

João adulto, Consuelito niña. Nosotros.

Y la vida entera en ese “después” del minuto 7.54.