Música: JAMES BROWN – DETERMINACIÓN. Por @opicar


Brown en directo es un tipo primitivo, es pura energía, alguien que gruñe y se lamenta como si estuviese enfadado con el mundo. La grabación de su directo en el teatro Apolo del año 1962 fue un hito, y se convirtió en disco de cabecera de gente como los Stones o los Beatles”.

Cuando has nacido en un lugar donde solo habita la miseria, cuando tu madre te abandona a la edad de cuatro años, y cuando tu infancia ha consistido en buscar clientes para el prostíbulo que regenta tu tía, lo más probable es que acabes por ser un paria destinado a una vida de mierda, salvo que tu espíritu de supervivencia y tu determinación te empujen a cambiar tu destino.

Su infancia marca a Brown, antes que nada, él es supervivencia y ambición pero, sobre todo, es puro talento, y también es alguien solo, muy solo, alguien incapacitado para confiar en nadie que no fuera él mismo.

Brown como cualquier negro de su época que quiere cantar se agarra al “soul”; es bajito, feo, con rasgos africanos, eso no ayuda, pero a Brown le sobra determinación y talento, y logra hacerse con un nombre en los circuitos de música negra.

Brown en directo es un tipo primitivo, es pura energía, alguien que gruñe y se lamenta como si estuviese enfadado con el mundo. La grabación de su directo en el teatro Apolo del año 1962 fue un hito, y se convirtió en disco de cabecera de gente como los Stones o los Beatles.

Actuaciones como la del TAMI  o la de el show televisivo de Ed Sullivan hicieron que Brown se convirtiera en el indiscutible jefe de la música negra, siempre acompañado por un banda extraordinaria de músicos, como los hermanos Parker o Pee Wee,  músicos que convertían en partituras los gruñidos que aquel analfabeto musical les hacía escuchar.

Brown, consciente o no de ello, inventa el “funk”, esa música que inevitablemente provoca que nuestro cuerpo siga su ritmo; el soul, el gospel y el jazz se dan la mano en Brown y juntos dan a luz una nueva criatura “el Funky”.

 Míster Dinamita se comporta como un tirano con su banda y, ante las reivindicaciones de ésta, se lanza al vacío y forma una nueva banda con los hermanos Collins al frente; se reinventa y a partir de ese momento guitarra y bajo se convierten en la base del auténtico funk.

Pero a Míster Brown no le parece suficiente la música, y toma posturas políticas públicas. Es amado y odiado por ello por su propia raza según el momento, todavía impresiona ver las imágenes de su concierto en Boston en el año 1968 donde, ante un público negro soliviantado por el reciente asesinato de “Martin Luther King”, él solo desaloja a la policía del escenario y logra apaciguar los ánimos de los asistentes al concierto.

Brown es, sin ningún tipo de duda, uno de los músicos más influyentes de la historia, Michael Jackson, Prince, el hip-hop o el Rap solo fueron posibles gracias a él y a su legado musical.

Por último, una recomendación, tenéis en Netflix un estupendo documental producido por Mick Jagger sobre su vida y obra. Si lo veis, conoceréis mejor a un tipo irrepetible, con sus luces y sus sombras,  un verdadero genio de la música,  Míster Dinamita.

“BEATLES Y STONES”. Por @opicar


“Dicho de otra manera, o eras de los Beatles o era de los Stones, una vez más la eterna estupidez humana de tener que elegir algo renunciando e incluso abominando de otras cosas, estupidez a la que no fui ajeno, servidor era de los Stones; por otra parte a los únicos que he podido ver en directo,  los Beatles, me parecían blanditos y un tanto cursis, errores de juventud”.

Me aventuro por primera vez a escribir sobre la que sin duda es mi mayor afición desde que tengo uso de razón, y lo hago porque así me lo ha pedido la titular de este estupendo blog en un nuevo ejercicio de inconsciencia por su parte, espero ante todo no defraudarla a ella y si además a alguien entretengo pues miel sobre hojuelas.

Querría dejar algo claro,  que nadie espere de estas colaboraciones datos exhaustivos sobre artistas, ni de sus discografías o de sus biografías, no tendría sentido, vivimos tiempos en que la información habita en un sinfín de sitios que a buen seguro pueden satisfacer la curiosidad o las ansias de conocimiento de todo el mundo.

El lector avezado habrá caído en la cuenta que el título de la reseña es “Beatles y Stones” lo que no es gratuito, nunca me merecería el mínimo respeto una título como “Beatles o Stones”, y digo esto porque lo cierto es que en ciertos momentos del devenir histórico musical la disyuntiva entre ambos grupos existió.

Dicho de otra manera, o eras de los Beatles o era de los Stones, una vez más la eterna estupidez humana de tener que elegir algo renunciando e incluso abominando de otras cosas, estupidez a la que no fui ajeno, servidor era de los Stones, por otra parte a los únicos que he podido ver en directo,  los Beatles me parecían blanditos y un tanto cursis, errores de juventud.

A estas alturas negar que ambos grupos son a buen seguro el máximo exponente de lo que ha sido la música popular de los últimos cincuenta años es pura ignorancia o necedad, ahora bien, a pesar del enorme talento de ambos ni los unos ni los otros surgieron de la nada, no inventaron nada, nunca se inventa nada, resulta incluso paradójico que los dos hallan bebido en su momento de las mismas fuentes, Elmore James, Robert Johnson, Little Richard o Chuck Berry por citar algunas de esas fuentes.

Lo cierto es que aunque las influencias fueron prácticamente idénticas, cada uno de los grupos con su extraordinario talento las tamizó y las hizo suyas; el resultado fue que nos regalaron unos repertorios claramente diferenciados, unos repertorios que a fecha de hoy ya han alcanzado la consideración de clásicos.

Beatles y Stones son también la demostración de que eso que llamamos talento, y que nadie tiene la menor idea de que sustancia está hecho, es algo indefinible,  pero sí  sabemos que cuando los talentos se juntan no suman sino que multiplican, ni a un solo Beatle y ni a un solo Stone se les podría calificar como de insignes instrumentistas, pero el resultado grupal ahí está, los milagros existen y como tales no tienen explicación.

Cada uno es hijo de su tiempo, el mío fue y es el de Beatles y el de Stones, suerte que he tenido, y gracias a ellos he aprendido que entre la “y” copulativa y la “o” disyuntiva siempre optaré por la “y”.

Cuidado, es Bola. Por Ignacia de Pano @ignaciadepano

-Ten cuidado, es mi corazón. No es un reloj que sostienes o esa nota que lees y luego quemas, es mi corazón.

Llegué a Bola de Nieve a través del espejo de Caetano Veloso. Una tarde de verano en Madrid, con el sol aún alto quemándome la espalda. El concierto de la noche anterior había tenido que suspenderse y Caetano propuso ofrecerlo al día siguiente a primera hora, con tiempo para poder seguir inmediatamente al aeropuerto.

Fue así, a plena luz del día y entre clásico y clásico, cuando Caetano nos contó que esa mañana, en su habitación del hotel y con las cortinas cerradas, cambiando al azar los canales de la televisión, se había quedado enganchado en una película antigua en la que había sonado el “Vete de mí” de Bola. Hizo ahí una parada para sonreír con un gesto entre la admiración y el asombro. “Ah, Bola…” susurró. Y cerró los ojos mientras iniciaba una versión desnuda y bellísima del clásico que yo escuché entonces por primera vez, a las cuatro de la tarde de un sábado de julio de hace ya muchos años, jovencísima, enamorada y alerta, muy alerta, a todo lo que fuera música de la que te puebla por dentro.
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“Memoria del futuro” Por Ignacia de Pano @ignaciadepano

“Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez…”

Hay versiones contrapuestas. Pero la que a mí me gusta es la siguiente:

Consuelo, Consuelito Velázquez, compuso “Bésame mucho”, el bolero más versionado de la historia, a los dieciséis años.

Cuando aún no la habían besado.

Como pudo una niña escribir algo así es algo que no puede entenderse racionalmente. Es posible que ni ella misma supiera explicar cómo lo hizo. Qué, o quién, la poseyó para describir no la anticipación del primer beso sino la agonía del último.

Consuelito, en su cuarto de niña.

Adivinando, acertando.

Porque no hay muchos besos, sino uno solo. Alguien, algo, le susurró, antes de saberlo, que en ese asunto a vida o muerte no hay sustantivos, solo verbo. Bésame. Bésame mucho.

“Quiero sentirte muy cerca, mirarme en tus ojos, verte junto a mí..”

Consuelito tenía, como alguien me dijo una vez, memoria del futuro. Adolescente que recuerda, sin haberlo vivido todavía, el dolor por dentro cuando él, o ella, se van.

“Piensa que tal vez mañana, yo ya estaré lejos, muy lejos de ti…”

Consuelito, a los dieciséis años, y mortal. No se siente eterna, como nos sentimos todos a esa edad. Sabe, porque hay un dios que se lo susurra al oído, que las cosas se acaban. No es de mármol, como todos los adolescentes. Lo que escribe, como en trance, son palabras de carne que sabe que envejece. Que tiene miedo, eso tan adulto, tan familiar a los que con el paso de los años comprendemos por experiencia lo que ella intuye.

“…Que tengo miedo a perderte, perderte después…”

De todas las versiones, más de mil, que ha tenido este bolero alfombra mágica, solo la de João Gilberto recoge la Revelación que contiene y la desvela en toda su angustia, su profundidad, su deseo. Ya no es un bolero, ya no se baila, es una oración. Y se escucha y se canta por dentro, con los ojos muy cerrados. Es una ceremonia, una invocación.

Es algo muy serio.

Más de ocho minutos de trance hipnótico. Con el mítico arreglo de cuerdas de Claus Ogerman poniendo el nudo en la garganta a la voz monocorde y ronca de João, que suplica.

En esta versión no hay final feliz. Algo, esa guitarra como una red armónica y desesperada, nos dice que él, que ella, se irá.

Y que no sería beso si no supiéramos que se acaba.

João adulto, Consuelito niña. Nosotros.

Y la vida entera en ese “después” del minuto 7.54.

El arte de interrumpirse. Por Ignacia de Pano @ignaciadepano

“Hoy ha venido María Bethania, la hermana de Caetano Veloso e historia viva de los últimos cuarenta años de la MPB. Con su melena blanca y su voz emocionante, Diosa ella misma, Bethania acude a la llamada de Zeca”.

Zeca Pagodinho, nacido  el cuatro de julio de 1959 en Río de Janeiro, es el rey del samba. Profeta en su tierra, es adorado en los barrios pobres de la zona Norte carioca y en el Brasil entero. Carismático, de enorme personalidad, frecuentó  las rodas de samba desde pequeño y asombró pronto al mundo con su forma de cantar samba prácticamente perfecta. Nadie divide, nadie ralentiza o adelanta la melodía dentro siempre de compás, como él. Zeca Pagodinho es una estrella. Puede que la mayor de esa galaxia cuajada de ellas que es la música brasileña. Al igual que Frank Sinatra, Zeca deslumbra, apadrina, ayuda y sobre todo manda. Manda porque es inevitable, porque irradia autoridad. Zeca, el Zeca sabio que jamás se desclasó, tiene Auctoritas.

Descuidado con su forma física, aparenta unos años más de los que tiene. No renuncia ni a los churrascos de los domingos en su sítio (casa de campo) de Xerém, ni a las feijoadas de los sábados, ni a las rodas de samba en el porche y sus cervezinhas geladas. Patriarca de los suyos, lleva su barriguinha de padre de familia con total naturalidad. A Zeca Pagodinho no le importa lo que tú y yo, que jamás lo veremos en directo porque como me dijo una vez uno de los mayores productores de nuestro país, “no hay dinero para traerlo a España”, pensemos de él. Zeca Pagodinho es una de esas escasísimas personas que sabe quién es. Y lo que es Pagodinho, con su media sonrisa malandra, es el mayor sambista de Brasil. Un artista extraordinario, de los que surge uno en varias generaciones.

Zeca tiene un programa de televisión que graba en su propia casa. El programa se llama ” o quintal de Zeca”, el patio de Zeca. Pagodinho invita a un grande de la música brasileña y le rodea de los mejores músicos  y percusionistas para que se luzca y brille como nunca antes. Ël, que sabe quién es, cede el protagonismo y se dedica, exclusivamente, a asegurar el éxito de su invitado. Ahí está él, controlando la batucada con su mirada de la que nada escapa, corrigiendo con un gesto cualquier despiste de los músicos, anfitrión y capitán. El jefe.

Nadie dice que no a la llamada de Pagodinho. De las esferas sofisticadas de la bossa nova a los más modernos: todos reconocen la cadena de mando y se presentan en el patio de Zeca cuando son convocados, sabiendo que en ningún otro escenario se les cuidará más y mejor.

Hoy ha venido María Bethania, la hermana de Caetano Veloso e historia viva de los últimos cuarenta años de la MPB. Con su melena blanca y su voz emocionante, Diosa ella misma, Bethania acude a la llamada de Zeca. Empieza el programa. Ahí están la Diosa y el jefe, felices de estar juntos. Es la primera vez que veo a Zeca con esa mirada feliz y admirativa: la mirada del que por fin se sabe junto a un igual. Bethania, con ese viejo hábito de dejarse adorar, sonríe también con su sonrisa larga que transforma su cara y la dota de una belleza inolvidable. Estos dos se quieren, pienso yo. Se quieren porque se admiran.

Antes de ponerse a cantar, sin más presentaciones, Bethania se pone a recitar. Nadie recita mejor que ella en ninguna lengua del mundo, nadie lo hace con ese cuidado, con ese placer. Las palabras salen de su boca envueltas en seda, mecidas, doradas como pan saliendo de un horno, perfumadas.

Es un poema de Luiz Carlos Lacerda, que yo traduzco aquí, sin más pretensión que el hacerlo más accesible:

“Vive conmigo en mi casa

Un muchacho que amo…”

Zeca, a su lado, con la mirada baja, concentrado en ella, no puede reprimir un suspiro gozoso. Él, hombre del pueblo, conoce esos versos. La alta poesía no es una extraña en ese patio de Xerém. Los conoce y los ama. Y escucharlos en la voz de Bethania, anticiparlos en la voz de Bethania, se convierte en una experiencia cultural que todos compartimos al contemplarla.

Sigue Bethania, sonriendo tras el suspiro de Zeca, convertida de repente en madre que cuenta un cuento al hijo que la escucha expectante:

“…Aquello que él no me dice porque no sabe

Me lo va diciendo su cuerpo

Que baila para mí

Él me adora y yo veo a través de sus ojos

Al niño que aprieta el gatillo del corazón

Sin saber el nombre de lo que practica

Él me adora y yo me gratifico

Solo con ojos que yo veo

Corto todas las cebollas de casa….”

Zeca no puede más, de repente los versos que ha venido repitiendo en su interior acompañando la voz de miel de Bethania le explotan en los labios y se adelanta, en comunión con ella, con todos los que alguna vez hemos compartido un poema o unos versos:

Arrastro lo muebles, incenso…

Bethania sonríe: ¡se lo sabe! Dice feliz. Él asiente, con gesto manso de niño.  A partir de ahí el poema se conjuga a dos:

“… Él tiene miedo de decir que me ama

Y me aprieta la mano

Y me llama amiga.”

Zeca, convertido por la magia de la gran poesía en el muchacho de los versos, contraviene ese miedo y grita, sin poderlo remediar,  a la Diosa que tiene al lado: ¡TE AMO!

Y le aprieta la mano.

Y la llama amiga.

Lo que viene después de ese momento único son cinco minutos de samba perfecto. Puede que otro día hablemos de ese “sonho meu”, que tanto merece una crónica propia, pero este texto es solo para cantar la inmensa alegría que surge de compartir la belleza. Bethania y Zeca, esa versión mejorada de nosotros mismos, lo saben. Y al convertir esos versos en un diálogo gozoso, al expresar en esa memoria común el acervo cultural que nos une y nos define, nos recuerdan a todos, en estos tiempos oscuros, lo magnífica que puede ser la condición humana.

Ojalá nunca se nos olvide.

Ahora escuchen, observen y disfruten.

La ropa interior de Miss Dearie. Texto de Ignacia de Pano @ignaciadepano

Es una foto en blanco y negro, de mediados de los años cincuenta. En el fondo, algo borroso, se ven tres hombres con la mirada centrada en lo que debe ser una partitura. En primer plano, está ella. Margaret Blossom Dearie, Blossom Dearie, nacida el 28 de abril de 1924 en East Dunham, Nueva York. Pianista y cantante de difícil clasificación, música de músicos, leyenda. En mi opinión, sin más fundamento que mi pasión por ella y horas y horas de felicidad debida, la viva plasmación de esa cualidad tan elusiva que es el cool.
A su derecha, también en primer plano, un enorme micrófono. La especialísima voz de Blossom, muy aniñada, ligera como un hilo de plata, sumamente dúctil, lo necesita. Es una voz, como escribió Whitney Balliett en el New Yorker, “que no alcanzaría sin él al segundo piso de una casa de muñecas”.
La foto se corta bajo el pecho, pero el piano está ahí. El piano siempre está ahí si estamos viendo o escuchando a Miss Dearie. Un piano sabio y sin gimnasias innecesarias, muy elegante, que acompaña a veces a la voz y otras veces se deja acompañar por ella. Tierno pero no excesivo, como la propia Blossom, con la distancia justa.
Nuestra chica no nos mira. Tiene los ojos centrados en la partitura, colocada encima de ese piano que no se ve. Está cantando. Por la actitud de los músicos a sus espaldas, debe ser un ensayo. Es una perfeccionista. Estudia durante meses las canciones hasta hacerse completamente con ellas, hasta darles la vuelta y sacar todo el brillo que llevan dentro, las dice como nadie antes y como nadie después, con la intención que precisan, con el acorde exacto.
En un tiempo de vocalistas hermosísimas y sensuales como Julie London o Peggy Lee, verdaderas sirenas de voz ronca y seductora frente a las cuales no había atadura en el palo mayor que aguantara, Blossom ensaya con una camisa de hombre y sus gafas puestas, decididamente desinteresada por su apariencia. Hay algo ahí, en ese pelo de corte poco glamouroso, en esa carita seria y concentrada. Parece una niña, una niña algo vieja y muy inteligente, un niña posiblemente demasiado leída para los gustos de la época, vulnerable sin saberlo, con coraje. Yo quiero pensar que debajo de esa camisa de algodón miss Dearie lleva una ropa interior que no esperamos. Algo lujoso y delicado. Seda gris perla, quizás, seguramente con encaje. Si digo gris perla es porque es el color que más le va, no la intuyo con otros colores, le dolerían sobre la piel. Una ropa interior seductora y adulta que desmiente la sobriedad externa. Pero que no vemos. Como sus manos sobre el piano, como el propio piano, como todo lo que de verdad importa.
Blossom domina como nadie la escena de club. En sus largas temporadas en Ronnie Scott’s de Londres o en el Danny’s Skylight Room de Nueva York, sus conciertos son una ceremonia para iniciados. Su delicadísima voz exige, necesita, silencio y atención. Los asistentes cuentan con ello y participan desde dentro de sí mismos, como es todo con Miss Dearie, del milagro que se oficia desde el escenario situado muy cerca de ellos, en ese ambiente inexplicable que hace de los grandes clubs de jazz del mundo algunos de los últimos paraísos posibles. Eso que empieza a sonar, ese acorde que ese aficionado reconoce con una sonrisa, pertenece sin duda a una canción que  fue escrita por un gigante de la música popular. Para Blossom han escrito dioses del panteón musical como Johnny Mercer o Johnny Mandel, y su gusto en la elección del repertorio, es unanimidad en el mundillo, es impecable. The Great American Songbook tiene en ella a una cultivadora de excepción. Frente a vibratos y dramatismos innecesarios, contención, flexibilidad, penetración. Blossom ve más allá que el resto de los cantantes en la música y en la letra. Quizás por eso dice tan bien las canciones con doble sentido, esas escritas por gente culta e ingeniosa para ser escuchadas por otra gente culta e ingeniosa o que quiere o aspira a serlo, que viene a ser lo mismo. Delicias como “my attorney Bernie” :
Bernie says we sue, we sue
Bernie says we sign, we sign…
hacen que el público, ese público en el que ay, no estamos nosotros más que con nuestra imaginación, se ría bajito del double entendre ante la media sonrisa de Blossom desde el piano, que permite por una vez que el silencio se rompa y se produzca la respuesta de un público que, cuál será el verbo que pueda usar aquí, “comprende”.
Otra instrumentista y cantante de enorme calidad, Rosa Passos, me dijo una vez en una de nuestras largas conversaciones sobre el viejo arte de decir canciones, que para cantar bien lo único que no es imprescindible es tener voz. “Se puede cantar bien con cualquier voz, Inazinha. Es lo que se hace con el instrumento que llevamos en la garganta lo que hace al buen cantante. Se necesita ritmo interno, flexibilidad, afinación, matices. Hay que saber dividir y ralentizar y acelerar el tempo, hay que darle a la letra lo que la letra pide, hay que emocionarse, hay que emocionar”.
Blossom tiene todo eso, y además tiene voz. Una voz diferente a cualquier otra, reconocible, propia. Blossom, como Rosa, canta como cantan los instrumentistas, usando la voz como un instrumento más, no para su lucimiento, sino para el lucimiento de la canción.
Para ilustrar este texto, ya demasiado largo, sobre música, hay que poner música. Y de todas sus canciones supe desde el principio que os pondría “The lies of handsome men”, las mentiras de los hombres guapos que escribió Francesca Blumenthal, otra mujer también sabia como miss Dearie.
Miramos la foto de la joven Blossom, pero es la Blossom del final, la aparentemente anciana Blossom, a la que escuchamos. Las apariencias, como siempre con ella, engañan. El piano, la voz, siguen intactos. Con más malicia si cabe, con más conocimiento de la naturaleza humana, con más humor, con más melancolía, con más distancia. Blossom canta sobre una mujer mayor que no se engaña, que ha decidido creer en las mentiras de los hombres guapos, en el amor de los hombres guapos, aún sabiendo que no son ciertos porque hace falta cierta ilusión para seguir viviendo y además qué más da, y Blossom le presta su voz y su piano a esa mujer mayor que no es ella y sobre todo le presta su comprensión y su respeto. El público, que está pero al que no se ve, como todo lo que verdaderamente importa, ríe al principio durante la presentación de la artista para contener la respiración después, cuando empieza la magia de esa mujer mayor que no tiene edad, que es joven o no, no importa, porque lo que transmite está más allá de eso.
Termina la música, se funde a negro el hada del piano y se escapa de la garganta colectiva del público un único suspiro generalizado, de asombro y de placer, de cierto dolor también, porque es una canción infinitamente tr  iste. Aunque la tristeza no se vea, como todo lo que verdaderamente importa.
Como su ropa interior gris perla.
De seda,
De encaje,
Como una nube ingrávida.
Invisible:

Blossom.
Miss Blossom Dearie.

     Y ahora escuchen atenta y relajadamente,