Por qué no fui a la manifestación. Por Rome Clay @BenjaminTyreen

 


“Entiendo que el ataque frontal, flagrante y burdo (en una palabra: “descarao”) que está sufriendo nuestro sistema de convivencia democrática por quienes sin disimulo pretenden destruirla y por quienes de forma pretendidamente velada lo consienten (unos y otros igualmente responsables), sólo ha de frenarse y revertirse desde las instituciones…”

Varios partidos políticos llamaron a manifestarse en Madrid ayer ante la especial situación política que vivimos desde hace demasiados meses y que parece estar llegando ya a límites intolerables para la razón y la convivencia democrática; situación que tiene responsables (culpables) fácilmente identificables, tanto ellos como sus intereses  —no por inconfesables menos evidentes—, lo que hace comprensibles el hartazgo y la seria preocupación de los ciudadanos (al menos en mi consideración) de bien.No acudo a manifestaciones políticas por más que comparta las razones que nos presentan para justificarlas. Y no por una cuestión de principios (los principios son para cosas más importantes que ir o no a una manifestación), sino por convicciones profundas (dejémoslo ahí, un escalón por debajo de los principios) a las que a estas alturas de mi existencia me cuesta renunciar, siempre salvo opinión mejor fundada.

Entiendo que el ataque frontal, flagrante y burdo (en una palabra: “descarao”) que está sufriendo nuestro sistema de convivencia democrática por quienes sin disimulo pretenden destruirla y por quienes de forma pretendidamente velada lo consienten (unos y otros igualmente responsables), sólo ha de frenarse y revertirse desde las instituciones, y ello por dos motivos:

Primero, porque un régimen democrático digno de tal consideración ha de contar con mecanismos ordinarios (parlamentarios, judiciales, ejecutivos) suficientes para hacer frente a las amenazas de unos y a la dejación de funciones de otros, ya concretadas en hechos delictivos a estas alturas, como para que no sea necesario pedirnos a los ciudadanos que salgamos a la calle en defensa de lo que debieran ser obviedades como el Estado de Derecho y nuestra pervivencia como nación. Y si en nuestro sistema no funcionan esos mecanismos institucionales ordinarios de defensa, entonces es que no contamos con un régimen democrático y civilizado que merezca tal nombre y, por tanto, poco o nada queda por defender, ni en la calle ni en ningún sitio.

Y en segundo lugar, porque vivimos en una democracia representativa en la que los ciudadanos delegamos en unos pocos de nosotros (a cambio de buenos sueldos y ventajas, incluso iPhone y portátil gratis) el organizar y gestionar lo público mientras los demás nos dedicamos con más o menos afán a nuestras propias vidas, sean estas miserables o gratificantes, también según el momento, que de todo habrá.

E insisto y acabo: si nuestros representantes son incapaces de enfrentar por si mismos y con la Ley en la mano las amenazas a nuestra democracia y convivencia sin recurrir a las banderas en la plaza de Colón (que no traen consigo un debate de mayor profundidad que la recurrente, inútil y gratuita guerra de cifras y el cansinismo aritmético de cuánta peña cabe en un metro cuadrado de calzada), si son ineptos para resolver —mediante los procedimientos constitucionales y legales que nos hemos dado con tanto esfuerzo—   el grave problema que nos acecha a todos, entonces el trance en el que nos encontramos como democracia, como nación, como España, es todavía mucho más grave, si cabe, que el que justifica esa petición de sacarnos a la calle.

Alguien podrá decirme que, más allá de los resultados prácticos de este tipo concentraciones (nadie espera, por supuesto, que Sánchez convoque elecciones anticipadas ni aunque su Delegado del Gobierno en Madrid hubiera contabilizado 7 o 20 millones de asistentes a la manifestación), aquéllas sirven como de “chutes” de energía para seguir adelante con fuerza y convicción, venciendo el desánimo y reafirmando sentimientos de acompañamiento mutuo. Pero ni los sentimientos ni el ánimo nos dan la libertad ni restituyen el Derecho frente a golpistas y cómplices que negocian con ellos. Porque la razón de los demócratas no depende de cuánta gente haya en la calle. La razón está de parte de quienes (sean muchos o pocos) respetan la Ley y el Estado de Derecho y no dialogan con golpistas.

Aquí hay gente en el Parlamento que no está haciendo su trabajo. Que lo hagan. Para chutes de adrenalina y emociones multitudinarias me basta y sobra la remontada contra el Getafe con goles de Rodrigo en el 91 y en el 93.

Autor: carmenalvarezvela

Abrí este blog para hablar de España y conforme ha pasado el tiempo, algunos amigos mucho más cualificados que yo colaboran para expresar nuestra común preocupación por los males que nos aquejan como nación. Otros participan escribiendo sobre música, cine, literatura, historia ... Debería cambiar el nombre del blog, "No me resigno", como mínimo por "No nos resignamos", ya veremos. Mi amigo Emmanuel M. Alcocer me dijo una vez que el peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada. Pues ahí estamos, intentando hacer algo.

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