Series: CÓMO SOBREVIVIR AL MÉTODO KOMINSKY. Por Ignacio Jiménez @IGNACIO09521632

“Ironía, mala leche, realidad, paciencia, amor, decadencia, comprensión y muerte: todo eso es EL MÉTODO KOMINSKY, pero con unos actores extraordinarios, unos guiones excepcionales y la demostración de cómo un ser humano –un actor– genera la magia en escena y transforma algo grotesco o ridículo en un pequeño milagro cuando cobra autenticidad. Y el resultado es conmovedor, si simplemente alguien sabe sacar de ti lo mejor que tienes dentro”.

 

El método Kominsky es el sistema que un profesor de arte dramático, Sandy Kominsky, desarrolla para enseñar a futuros actores o, simplemente, a quienes sueñan o soñaron alguna vez con serlo.

Hombre de prestigio, fantoche y real, su método no le ha servido ni siquiera para tener una carrera propia de actor, pero sí para mostrarles el camino a otros, y ahí está su talento. En definitiva, su método no le sirve.No es una comedia de situación (sitcom) o serie que se desarrolla en un plató y en unos pocos escenarios, con público. Es una serie que se desarrolla en múltiples lugares –bares, espacios abiertos, en la calle…– y cuyo eje vertebral es la Escuela Kominsky, a cuyo escenario volveremos con un ritmo necesario, como contrapunto a la realidad, a veces devastadora.

Chuck Lorre (Dos hombres y medio, Mom, The Big Bang Theory), hombre del Hollywood reconvertido a los seriales, es un hombre de éxito que aquí ha realizado su propia venganza, la que te otorga el derecho a contar lo que te da la gana, cuando has llegado a cierta edad, te lo has ganado y te sobra el dinero. Y su venganza es contar, en forma de serie tragicómica, la amistad de dos excéntricos vejestorios como un contrapunto a la sitcom que es The Big Bang Theory, con el Asperger Sheldon Cooper y el tímido y acomplejado Leonard Hofstadter, donde la aparición de una rubia con la cabeza un poco ligera de cascos (tópico donde los haya) trastocará su vida.

El porqué de esa venganza de doce años de esclavitud aparecerá explícitamente mencionado, con toda la mala uva, a las primeras de cambio, en El método Kominsky. Jovencitos que se permiten el lujo de exigir un millón de dólares por actuar en un capítulo de 20 minutos, y cuyo verdadero talento es el agudo guión de alguien que nunca sabremos quién es. Doce años haciendo lo mismo puede desanimar a cualquiera, aunque te dé dinero para hacerte una casa en Malibú.

Y claro, resulta que esos dos vejestorios son Alan Arkin y Michael Douglas, cuyas edades y carreras no caminan en paralelo, sino que, mientras Arkin es un actor con un historial extraordinario, Douglas no es ni la sombra de su padre y, si en algún momento hizo algo interesante, fue un papelito menor en El síndrome de China, junto a un tal Jack Lemmon y una desconocida principiante, Jane Fonda, aparte de alguna película de aventuras y guaperas. ¿Les suena?

Bueno, pues aquí Michael Douglas hace el mejor trabajo que yo le he visto como actor. Está sorprendente. Y por supuesto que a Alan Arkin no le hace falta ni mover una pestaña para comerse cualquier escena como si simplemente hubieran puesto el mundo a su alrededor para acompañarle.

No quiero ni debo contar mucho más. Ironía, mala leche, realidad, paciencia, amor, decadencia, comprensión y muerte: todo eso es EL MÉTODO KOMINSKY, pero con unos actores extraordinarios, unos guiones excepcionales y la demostración de cómo un ser humano –un actor– genera la magia en escena y transforma algo grotesco o ridículo en un pequeño milagro cuando cobra autenticidad. Y el resultado es conmovedor, si simplemente alguien sabe sacar de ti lo mejor que tienes dentro.

No puedo evitar mencionar a Nancy Travis (Lisa), una mujer con las ideas claras de la que cualquiera con un poco de sentido común se enamoraría, y que no tiene tiempo para las bobadas de un despistado que no ve lo que tiene delante. Y a Sarah Baker (Mindy Kominsky), que es el báculo que sostiene y ordena la vida del desastroso Sandy (Michael Douglas), metiendo sus manos, hasta en las letrinas si hace falta, por salvar del caos a su padre. Todos están impecables, nadie desentona. Es lo que sucede cuando hay verdaderos profesionales detrás, algo que quizá aquí algún día aprendamos.

Son tantos los aciertos de estos primeros ocho capítulos que casi preferiría que no siguiera.

Creí que era una miniserie, pero Lorre parece tener tendencia al cinismo, a no saber decir adiós o a caer en la trampa del dinero, o las tres cosas a la vez. Uno de los grandes errores de estas pequeñas joyas es que pueden ser interminables, en detrimento del talento con el que arrancan.

No importa lo que ocurrirá, importa lo que vemos y oímos en cada momento. No hay un después sino un presente agudo e incisivo que no deja frío a nadie que haya sufrido pérdidas importantes. Emociona sin apenas darse cuenta, si se tienen los poros de la piel preparados, da igual la edad que se tenga. Si tienen a alguien al lado de menos de 20 años y no le gusta lo que ve en Kominsky, yo me preocuparía: algo en él no va bien, algo no le funciona como sería deseable. Si se trata de usted, abandone, déjelo, no tiene arreglo.

La tradición de la pareja de amigos –larga tradición en ciclos cinematográficos y series– nos evoca de inmediato La extraña pareja (1968, dirigida por Gene Saks, posteriormente convertida en serie), con aquellos Walter Matthau –gamberro y cínico– y Jack Lemmon –el ingenuo insoportable–, o las brillantes Con faldas y a lo loco (1959), En bandeja de plata (1966) y Primera plana (1974) de Billy Wilder. Pero también se remonta a El Gordo y el Flaco, o a Abbott y Costello.

Curiosamente, este año pasado, otra serie interesante, Barry, con el estupendo actor Bill Hader, parece abordar, desde la figura de un asesino solitario, la escuela de actores como recinto de salvación, pero desde la tradición del cine negro y el humor más perverso y cínico.

El método Kominsky no se trata de una comedia loca o desmadrada, sino de mostrar una larga amistad asentada –con idas y vueltas, miradas francas y de soslayo–, transformada por el tiempo y el conocimiento mutuo, con los que –además de hacerse mutuamente soportables, Sandy y Norman, Norman y Sandy– se dicen aquello que necesitan oír, aunque no les guste, saben estar en el momento necesario y ausentarse cuando es imprescindible. ¡Y qué quieren ustedes que les diga…! Me gustaría tener algo parecido.

¿Aceptan un consejo? No la vean doblada, nunca. Y hagan como yo, vean los capítulos en pequeñas dosis, poco a poco, a sorbos y con delectación, como se bebe un buen güisqui o un ron añejo de muchos años.

Autor: carmenalvarezvela

Abrí este blog para hablar de España y conforme ha pasado el tiempo, algunos amigos mucho más cualificados que yo colaboran para expresar nuestra común preocupación por los males que nos aquejan como nación. Otros participan escribiendo sobre música, cine, literatura, historia ... Debería cambiar el nombre del blog, "No me resigno", como mínimo por "No nos resignamos", ya veremos. Mi amigo Emmanuel M. Alcocer me dijo una vez que el peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada. Pues ahí estamos, intentando hacer algo.

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