LA VIDEOTECA DE ALEJANDRÍA. Por David Breijo ‏ @ArtanisD

“(…) una gran parte de la juventud (llámenlos millennials si quieren) no se interesan ni manifiestan curiosidad por nada realizado antes de los albores de este siglo. No se trata ya solo de la barrera del blanco y negro o de que no sepan abstraerse de planteamientos históricos, ambientales o actitudes reflejadas en una obra que les puedan resultar chocantes, pero que eran fruto de su tiempo”.

A comienzos de los 90 mantuve un cierto grado de amistad con un compañero de estudios del Audiovisual. Era más joven que yo y, además, todos en la Escuela de Imagen y Sonido de Galicia sabíamos de él que había pasado por algún serio bache de salud a edades más tempranas. Un día me confesó que en la antesala de una operación de la que podría no despertar, se las arregló para hacerse con una copia de la película “Al Rojo Vivo”. “Pensaba que, si iba a morir, quería marcharme habiendo visto esa obra maestra.”

Todos ustedes han visto ese film, con desenlace antológico, en el que el enloquecido gangster interpretado por James Cagney vuela por los aires en una refinería al grito de “Lo conseguí, Ma: la cima del mundo.” La referencia a Ma va dirigida al personaje de su madre, suya sombra pesa sobre el final en manera solo superada por el otro gran desenlace que todos hemos visto: “Psicosis”. Algo deben de tener las madres muertas y los grandes finales de películas.

Hace no mucho cayó en mis manos una revista de cine editada en España a comienzos de los 70. Incluía un estudio sobre un director. No importa quién, pero supongamos que este hombre hubiera realizado una docena de películas. El redactor había logrado ver unas tres o cuatro y se las había apañado para reunir textos acerca de otra cantidad similar, fruto de otras publicaciones, en su mayoría extranjeras. A partir de ahí, infería hasta completar su ensayo. Esto no encubre una recriminación por mi parte. Hasta ahí se podía llegar en esos años: lo que el azar, la tv en blanco y negro y algún festival -si disponías de capital para viajar- te permitían completar, junto con la programación de los cines y los entonces abundantes cineclubs, entregados casi todos a eso que se llamaba Arte y Ensayo y otros rebautizaban como Arte y Ladrillo.

En las décadas de los 80 y los 90, con la eclosión del vídeo doméstico y algún empujón televisivo como la mítica y mitificada TVE bajo la dirección de Pilar Miró, fuimos logrando los enfermos de cinefilia el ir cubriendo huecos. Éramos como un anticipo de aquellas pantallas del Tetris: rellenábamos agujeros en las filmografías por esos medios legales y por otros que no tanto. Nos pasábamos grabaciones en VHS de películas que alguien había capturado en televisiones como la italiana o la portuguesa (¡aaaah, la VO portuguesa!). Sacábamos una copia tras otra. A veces, llegaban a nuestra mano cintas de vídeo de lo que se llamaba cuarta o quinta generación (o sea, para los ya digitales: una copia, de una copia, de una copia…) con lo que algunos de esos films eran, básicamente, una pista de sonido sobre la que veíamos moverse manchas blancas, negras y un par de matices de gris. A eso lo llamábamos con un optimismo que rozaba el autoengaño, “completar”, “ver películas” que teníamos como inéditas.

Después vino a sumarse la digitalización y la multiplicación de la piratería claro. Me cuesta imaginar a un cinéfilo obseso negándose a ver un film que le había resultado esquivo durante un par de décadas porque ahora caía en sus manos un archivo pirata. Pero ese no es el tema de esta columna. Ni la nueva guerra entre los que creen que todo está en la Nube, el Streaming y los locos que aún adquirimos soporte físico de las obras. Eso es otro debate.

El motivo de juntar estas líneas es el Tiempo. Casi cualquiera tiene ahora ante sí una Videoteca de Alejandría. Prácticamente todo, está. O bien puede comprarse, visualizarse en los títulos apilados en menús de plataformas digitales. Y si buscas algo más raro, o versiones alternativas o sin censurar, puede que incluso las encuentres en el mismo YouTube. Legal o ilegal, casi todo está al alcance del curioso, del nuevo cinéfilo.

Pero hay una preocupación que destaca entre los aficionados. Al parecer, una gran parte de la juventud (llámenlos millennials si quieren) no se interesan ni manifiestan curiosidad por nada realizado antes de los albores de este siglo. No se trata ya solo de la barrera del blanco y negro o de que no sepan abstraerse de planteamientos históricos, ambientales o actitudes reflejadas en una obra que les puedan resultar chocantes, pero que eran fruto de su tiempo. Desconozco si los temas planteados por cinematografías extrañas o épocas que se van alejando les despiertan algún interés. Por fas o por nefas, tienen ante sí los medios para poder revisar toda la Historia del Cine (del Audiovisual, realmente) incluso de manera cronológica. O por directores. O por géneros. O por…

No puedo evitar una cierta envidia que se transforma en desasosiego ante ese desperdicio que trae el caso omiso a esas posibilidades. Quizá porque pienso -en la terrible frase del personaje de William Holden en “Network”- que “esto está cada vez más cerca del final que del principio”, siendo “esto”, la vida. Los más cafeteros disponemos de la consciencia de que se nos van a quedar muchos títulos, que una vez fueron perseguidos con avaricia, en el estante de los “no vistos”.

En muy pocas personas de insultante juventud he visto la voracidad de la que hacía gala mi entonces amigo, que le dijo al fantasma de la Muerte que únicamente se lo llevaría tras haber disfrutado de “Al Rojo Vivo”.

Autor: carmenalvarezvela

Abrí este blog para hablar de España y conforme ha pasado el tiempo, algunos amigos mucho más cualificados que yo colaboran para expresar nuestra común preocupación por los males que nos aquejan como nación. Otros participan escribiendo sobre música, cine, literatura, historia ... Debería cambiar el nombre del blog, "No me resigno", como mínimo por "No nos resignamos", ya veremos. Mi amigo Emmanuel M. Alcocer me dijo una vez que el peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada. Pues ahí estamos, intentando hacer algo.

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