ME DEBO A MI PÚBLICO: REPUTACIÓN, POSTUREO Y ARTISTEO DEL PERIODISMO (DE OPINIÓN) PATRIO. Por Hildy Johnson

me fío casi instintivamente de los que no tienen una reputación que mantener, aquellos que no van de nada. Entiendo que esto es prácticamente imposible o complicado teniendo en cuenta que, para empezar, son todos humanos y formar parte del firmamento mediático es un modo de emborracharse muy rápido…”.

 

Estos días pasados, previos y posteriores a las elecciones andaluzas, han sido estupendos para comprobar, una vez más, el nivel de televisión,  periódicos y radio. Y es que hay muchos periodistas, que podemos llamar estrellas  (y hay estrellas rojas, naranjas, azules, blancas y enanas, supergigas, etc.), que se deben a su público en el sentido que voy a relatarles: les puede su reputación (más bien su personaje); segundo, y consecuencia de lo anterior, el postureo les mata;  y, tercero, y  no en importancia, el artisteo es, a menudo, una tentación constante (y, para algunos, el ámbito natural donde nadan).

El primero: hay mucha estrella -sea cual su edad, color o tamaño- sierva de su reputación, pequeña o grande, de esa figura que se acaba convirtiendo en un personaje que alimentan, se creen y que puede acabar por pasarles factura y devorarles. Otros también lo llaman marca, algo que me espanta. No cuento ya la tirria que tengo al denominado relato. Pero sí, algunas estrellas se cuentan a sí mismas quiénes son cada mañana, noche o tarde, así que también la palabra relato sería apropiada.

Soy el terrible anti… algo. O soy el liberal a pecho y espada. O soy el adalid de… (espacio en blanco). O hasta, por supuesto, el moderado (eh, cuidao, no me tomes por zutano, que acepto la ventana de Overtone y el statu quo dado). Otro rasgo puede ser esa brillantez de la que uno puede ser, sí, también, esclavo: mira qué bien escribo, mira qué bien hablo. Rasgos también no ideológicos que pueden hacernos (una vez, no 400) hasta su gracia: soy el rey de los epítetos, soy el de las exclusivas que te cagas, soy el de las guarreridas,  soy el sucesor de Camba, soy la reencarnación del mismísimo Larra, etc., etc., etc.

No quiero ya ni contar los que van de salvadores, y no precisamente de la patria, los objetivos, los supuestos defensores de la democracia, que parece que han inventado el periodismo anteayer por la mañana. Hay reputaciones a las que servir y luego hay simplemente máscaras y disfraces. Pero perro no come carne de perro, y nunca sabes dónde podría estar tu próxima tertulia o colaboración pagada. Por eso, lo del corporativismo se inventó especialmente para estos casos, que son, todavía, los mayoritarios cuantitativamente hablando.

A veces algunos periodistas, vayan de lo que vayan, simplemente te acaban torrando. Porque aunque puedas estar de acuerdo con gran parte de su trabajo, detectas como un perro de caza esa esclavitud de quien está siendo devorado precisamente por un personaje que acaba siendo su propia caricatura. No hay mejor imitación caricaturesca que el original de algunas estrellas mediáticas.

El segundo: el postureo, querer aparentar, pretender algo. Si tienes una reputación, crees tenerla o hay que mantenerla, tienes que alimentarla, no poner en riesgo lo que te ha llevado donde te ha llevado. Así que lo que dices, y cómo lo dices, contenido y forma, son esclavos del entorno, del qué dirán, de las expectativas creadas. Y no ya de lo que esperan mis lectores y oyentes –que claro que sí, en parte, otra servidumbre con la que hay que tener cuidado-, sino muy principalmente, ay, de tus colegas. Follow the money es desde luego una regla básica, pero también sigue al grupito del que se trate. Ríete tú del old boys system británico.

Porque el periodismo es, en gran parte, una tribu (varias tribus)  y es difícil que alguien cante fuera del coro, el de la parroquia –que los hay, y no quiero aquí explayarme-  o uno laico. Formar parte de una tribu es algo que literalmente (y desde luego que pecuniariamente) les puede. El que te ajunten y ajuntarse, como en el patio del colegio, aunque tengan cincuenta años, mezclado con que a nadie le gusta ser ni un paria ni tener poco trabajo (o ninguno). Fuera, a la intemperie, hace mucho frío y los valientes son francamente escasos.

Mención aparte merece en esto de las tribus el interesante caso, digno de Poirot, de algunas mujeres periodistas que van en comanda: a la tribu de las dolidas por discriminadas (hace falta tener cara) habría que echarles de comer aparte. ¿Cómo podían resistirse, por ejemplo, al 8M –manifestación y huelga- del mes de marzo pasado esas grandes estrellas de la televisión de la mañana? Esto por si solo merecería otro análisis.

El tercero es el artisteo, otra palabra que a muchos les viene que ni pintada. El artisteo es hoy casi consustancial al espectáculo que son los medios.  No hay nadie más pagado de sí mismo –con excepciones, los cirujanos serían también otro caso- que algunos periodistas patrios. Ese “Vd. no sabe con quién está hablando” –no lo dicen, pero sí lo piensan- se creó fundamentalmente para el periodismo. El ego, el considerarse alguien singular y excepcional en y por su trabajo –como individuos y, casi peor, colectivamente hablando- es también alimentado porque hay una corte de creyentes (periodistas o hasta extraños) que siguen vendiendo la idea de que el periodismo tiene un algo de intocable y sagrado, un templo en el que no podemos entrar los laicos sin descalzarnos con unción y reverencia, arrodillados.

No sé cómo explicar esto, pero me fío casi instintivamente de los que no tienen una reputación que mantener, aquellos que no van de nada. Entiendo que esto es prácticamente imposible o complicado teniendo en cuenta que, para empezar, son todos humanos y formar parte del firmamento mediático es un modo de emborracharse muy rápido, y, para seguir, hay líneas editoriales, grupos mediáticos, un complejo entramado de intereses, y, encima, filias y fobias, no ya solo ideológicas,  sino personales de quienes hacen cabeza en algunos casos y marcan el tono o la pauta (historias de amistades y enemistades, de gente que trabajó junta y ahora no se aguanta y se la tiene simple y llanamente jurada).

Y, como lo entiendo, por eso creo que el periodismo, grosso modo, no es para nada el Oráculo de Delfos: ningún medio ni ningún periodista pueden serlo. Y en este campo, una llamada a la sensatez, no ya de las estrellas, que no estaría mal, sino de su público (y no llevarse las manos a la cabeza horrorizados, porque hay qué ver cómo está el patio de monipodio periodístico o patrio) es clave.

Y es que, en muchos casos, somos los propios lectores o radioyentes los peores hooligans. Sí, hablo de los incondicionales. Como los políticos y los partidos políticos, toda estrella justo lo último que necesita es firmes partidarios, inquebrantables adhesiones y defensores a capa y espada de lo que escriba, diga o haga.  Necesitan en cambio que seamos conscientes del entramado de servidumbres que les afectan, que entendamos que son humanos, que meten con bastante frecuencia la pata. Y sí, también que hasta que el último pastor de cabras –que precisamente no ve televisión, ni lee un periódico ni oye ninguna radio- puede tener, con todo, una opinión sobre algunos temas precisamente mucho menos sesgada. Y más que tenerla: es incluso muy probable que la puede dar con bastante más libertad que ese periodista estrella al que adoramos.

Creo así que es importante cultivar un sano escepticismo (no cinismo, eso lo dejo para algunos profesionales del ramo -periodístico, claro-), poner muy en cuarentena lo que leemos u oímos,  interesarnos por proyectos de información y opinión fuera de los tradicionales donde quienes opinan, por ejemplo, tienen otro trabajo –esto es, el pago de su casa no depende de ser columnista o tertuliano en un medio dado, de decir a o b o tener que decirlo con sumo cuidado, no vayas a ofender a alguien-. Hay un largo etcétera en este campo. Y es compatible lo nuevo con lo de siempre, no se trata de hacer una raya. No hace falta un descreimiento total, soltar arengas o proclamas de anatema sean todos ellos, decir que el rey está totalmente desnudo y que periódicos, radio o televisión generalista no sirven para nada, o sea, un órdago a la grande. Ni es justo ni tampoco hace ninguna falta.

Todo acaba y acabará cayendo por su propio peso. Porque como yo, una simple ama de casa, otras muchas personas, y cada vez más por razones variadas, simplemente miramos a quienes se ponen detrás de un micrófono, escriben o hablan en una radio como personas bastante falibles y que, a veces, hasta pueden estar francamente despistadas. Y todo eso en el mejor de los casos.

Hildy Johnson

 

Autor: carmenalvarezvela

Abrí este blog para hablar de España y conforme ha pasado el tiempo, algunos amigos mucho más cualificados que yo colaboran para expresar nuestra común preocupación por los males que nos aquejan como nación. Otros participan escribiendo sobre música, cine, literatura, historia ... Debería cambiar el nombre del blog, "No me resigno", como mínimo por "No nos resignamos", ya veremos. Mi amigo Emmanuel M. Alcocer me dijo una vez que el peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada. Pues ahí estamos, intentando hacer algo.

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