Opulencia social, indigencia escolar. Por José Sánchez Tortosa @galonni

“…el proceso de infantilización imparable de la enseñanza media sólo puede tener como consecuencia una Universidad convertida ya en mero instituto, con tutorías, destierro de clases magistrales, en definitiva, la tendencia a relegar la exigencia académica. Lejos de aumentar la competitividad mercantil, la Universidad parece convertirse, si no lo es ya, en una fuente de incompetencia”.

¿Puede una sociedad económica, social y políticamente precaria, o abiertamente dictatorial, producir una enseñanza de calidad? Y ¿puede, a la inversa, una sociedad opulenta y democráticamente asentada, al menos formalmente, impedir la pauperización académica de su sistema educativo?

La realidad es que bajo las condiciones materiales de las sociedades opulentas de cambio de siglo, y muy en particular la española, la educación ha consumado un relativismo devastador, un narcisismo ágrafo y un populismo pedagógico que entregan a la indigencia escolar, oculta bajo la sobretitulación burocrática, a los jóvenes con menos recursos, y pone en peligro la estabilidad económica y política del Estado.

Dicha devastación ha implicado considerables inversiones de capital humano y material destinadas a una función de orden público, asistencia y entretenimiento en lugar de a generar profesionales cualificados y ciudadanos con un mínimo de criterio personal. Este relativismo sofístico es un absoluto en el que queda anegada y negada toda posibilidad de un lenguaje común y, por tanto, de la racionalidad fundada por los griegos como campo de discusión entre iguales, un relativismo que socava la posibilidad de un pensamiento que no sea subjetivo y, por tanto, simplemente aceptable, rechazable o incomunicable, pero no criticable según los criterios comunes de la razón humana. Ese marasmo saturado de buenas intenciones, buenos sentimientos, deseos subjetivos, narcisismo premiado y opiniones propias, siempre sagradas (suerte de doxomanía ya denunciada por Lucien Morin en Los charlatanes de la nueva pedagogía, que él llama opiniomanía) apenas permite margen para el conocimiento, el estudio riguroso, la investigación, siempre a expensas de la performance de turno que escenifique lo “comprometida que está la Escuela con el Mundo”.

Esta decadencia inexorable de la enseñanza en sociedades desarrolladas puede verse aproximadamente reflejada en casos como el finlandés y el surcoreano, que destacan en los resultados PISA cuando en los años 50 el rendimiento de sus escolares estaba por debajo de la media. Países jóvenes, con ciertos elementos culturales que fomentan el estudio y la disciplina escolar, con necesidades demográficas y económicas tasadas por su bajos niveles productivos, potenciaron lo que los chamanes de la Neopedagogía etiquetan con desdén de Escuela tradicional y, en plazo relativamente breve, experimentaron un crecimiento objetivo en sus resultados académicos y un correspondiente crecimiento económico, unido a una notable estabilidad política y social. Según recientes estudios, el caso finlandés ha incurrido en los vicios de la moda neopedagógica, lo que empieza a marcar una tendencia a la baja en su rendimiento escolar. Al respecto pueden consultarse los resultados de la investigación llevada a cabo por Gabriel Heller Shalgren sobre la educación en Finlandia.

En este marco ideológico, en el cual la Neopedagogía se ha impuesto administrativamente en los centros escolares como Comisariado de la labor del profesor, fiscalizando la docencia con el propósito de que los afectos del niño sean respetados por encima de su progreso intelectual y académico, se ha dado el inquietante paso de medicar la infancia. Los denominados trastornos de la atención y de la hiperactividad han sido incluidos en la legislación educativa oficial, salteando las discusiones entre expertos que no llegan a un acuerdo mínimo con respecto a la condición patológica de ciertos fenómenos en sujetos que no declaran estar enfermos. La medicación empieza a reemplazar la función socializadora de las normas de conducta a través de la autoridad paterna y docente, casi fantasmal en muchos casos. La mala conducta no se corrige. Se trata con fármacos. Al respecto ha de consultarse el libro de García de Vinuesa, H. González y M. Pérez, Volviendo a la normalidad. La invención del TDAH y del trastorno bipolar infantil.

Así, la misma ideología que dice combatir pedagógicamente el consumismo habría edificado o permitido un sistema educativo vacío del que no saldrían más que narcisos consumidores con derecho a voto sin apenas recursos intelectuales para saber qué se consume o qué se vota. La múltiple confluencia de factores, como tal sistema educativo, el debilitamiento de la familia como fuente de construcción de conciencia, y el consecuente aumento de influencia de los medios de comunicación de masas y de las redes sociales, determina la propagación viral de una ignorancia no ya institucionalizada, sino intelectualizada, esto es, justificada y legitimada ideológicamente por medio de argumentaciones pseudocientíficas y, fundamentalmente, pedagógicas, psicologistas, fenómeno interiorizado por los propios jóvenes, que repiten catálogos de pseudoargumentos que proceden de una sobreinformación sin criba ni discriminación alguna (crítica) para justificar dogmas asumidos de antemano más que como resultado de una razonamiento construido. Es decir, la sumisión a la que los afectos sin racionalidad condenan bajo la apariencia de libertad, la ignorancia envuelta en la máscara paradójica del discurso formado por lemas y clichés convencionales, tuits y frases de autoayuda, el fenómeno por el cual seguir la corriente, esa renuncia a pensar por uno mismo, adopta la forma retórica de la rebeldía, del carácter contestatario que legitiman la estupidez pública(da). Puro y vacío relativismo, ausencia de criterio universal de verdad, nihilismo pedagógico, el reino despótico de los afectos que relega a lo intelectual y lo académico a un segundo plano por factor de discriminación y, aun, de falta de humanidad. El conocimiento es fascista y el estudio, elitista.

La decadencia se extiende a la Universidad, convertida en mero rito de paso. Las instituciones educativas medias y superiores públicas (colegios, institutos, universidades) han perdido su papel académico en nuestras sociedades. El Estado del Bienestar y las políticas socialdemócratas han culminado ese proceso de vaciamiento intelectual de estas instituciones, que, en su lugar, tienen como objetivo preferente otros aspectos del desarrollo del sujeto humano en formación, aquellos vinculados a lo afectivo, a lo psicológico, a lo social, si se entiende por social la mera identificación con el grupo, sea el que sea, en lugar del desarrollo de lo político, es decir, de lo público, lo que une o pone en contacto con otros seres racionales con los que se comparte contexto jurídico, lingüístico, geográfico. Así, el proceso de infantilización imparable de la enseñanza media sólo puede tener como consecuencia una Universidad convertida ya en mero instituto, con tutorías, destierro de clases magistrales, en definitiva, la tendencia a relegar la exigencia académica. Lejos de aumentar la competitividad mercantil, la Universidad parece convertirse, si no lo es ya, en una fuente de incompetencia.

Ante este panorama, sin nada que estudiar, las facultades de las universidades públicas pasan a ser los espacios en los que se ritualiza el paso a otro grupo de edad. La ceremonia de ese paso consiste, en primer lugar, en la participación en protestas, reivindicaciones, concentraciones, correr delante de las fuerzas del orden del momento, en una festividad litúrgica cuya finalidad material, intrínseca, objetiva, independientemente de las intenciones particulares y subjetivas de los sujetos que las protagonizan, no es cambiar nada de la realidad, sino del propio sujeto, que es el que vive un tránsito sin el cual no se integraría en el grupo de edad de referencia. Una Universidad que no discrimina académicamente sólo es rentable si se convierte en cara. De modo que la implantación del sistema Másters supone la cristalización de esa degradación de la mayoría de facultades, reducidas a núcleos de nepotismo, corrupción y fuente de ingresos procedentes de los vástagos de las clases medias que se lo pueden permitir.

El propio proceso educativo europeo ha desembocado en generaciones de alumnos anticapitalistas de salón, sostenidos por el capital, que apenas tienen tiempo ni, acaso, referencias ni hábitos intelectuales como para leer a Marx. Desactivando las capacidades para la formación del individuo desde la base (desde la enseñanza media) se genera una ilusión de libertad (dada precisamente por el mercado, en el que se “elige”) que imposibilita cualquier crítica real ya en la Universidad, o se restringe a una dimensión meramente retórica o ceremonial.

Autor: carmenalvarezvela

Abrí este blog para hablar de España y conforme ha pasado el tiempo, algunos amigos mucho más cualificados que yo colaboran para expresar nuestra común preocupación por los males que nos aquejan como nación. Otros participan escribiendo sobre música, cine, literatura, historia ... Debería cambiar el nombre del blog, "No me resigno", como mínimo por "No nos resignamos", ya veremos. Mi amigo Emmanuel M. Alcocer me dijo una vez que el peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada. Pues ahí estamos, intentando hacer algo.

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