Lealtades autonómicas. Por Antonio Jaumandreu @Ajaumandreu

“La conclusión de esto es que las administraciones autonómicas, lejos de entender que no son más que una parte de la administración del estado, se han convertido en una especie de permanente oposición al gobierno de la nación y han encontrado en esta dualidad de poderes una magnífica herramienta para culpar siempre a un tercero de cualquier cosa que pueda ir mal, reservando por supuesto para sí el mérito de cualquier circunstancia positiva, aunque sea meteorológica”.

Hace apenas unos días un policía autonómico vasco murió en circunstancias aún no clarificadas, pero en todo caso en el transcurso de los gravísimos disturbios producidos en Bilbao con ocasión de un partido de fútbol entre un equipo vasco y uno ruso.

Se da la circunstancia de que, no ya en los días, sino en las semanas previas, se sucedieron reiteradamente las advertencias sobre el alto riesgo que suponía juntar en Bilbao a dos aficiones con antecedentes muy violentos. Pese a ello, el centro de Bilbao se convirtió en territorio hostil para los propios vecinos, a los que se aconsejó no salir a la calle en evitación de males mayores. La violencia extrema se adueñó de las calles, y las aficiones, por llamarlas de alguna manera, rivales se enfrentaron entre sí y con la policía autonómica.

Por supuesto el gobierno central no ha hecho ningún reproche, al menos público, a las autoridades autonómicas responsables de mantener el orden público y de adoptar las medidas preventivas para evitar algo que llevaba semanas anunciándose con la fatalidad de una catástrofe natural.

Veamos ahora un par de ejemplos distintos, ambos sucedidos en Andalucía. Por una parte, una banda de delincuentes rescata violentamente a su jefe del hospital en el que estaba detenido. Por otro, unas semanas más atrás, un tren descarrila a causa de unas inundaciones, afortunadamente sin más consecuencia que alguna contusión leve y algún susto grave.

En ambos casos, a la Junta de Andalucía le faltó tiempo para cargar contra el gobierno central reprochando falta de previsión, de medios, de reacción, de información, etc.

La conclusión de esto es que las administraciones autonómicas, lejos de entender que no son más que una parte de la administración del estado, se han convertido en una especie de permanente oposición al gobierno de la nación y han encontrado en esta dualidad de poderes una magnífica herramienta para culpar siempre a un tercero de cualquier cosa que pueda ir mal, reservando por supuesto para sí el mérito de cualquier circunstancia positiva, aunque sea meteorológica.

Añadamos a ello el hecho de que, al no coincidir en el tiempo la mayor parte de las elecciones autonómicas con las generales, suele producirse el típico efecto rebote que lleva a votar en las autonómicas al partido contrario al que ha ganado uno o dos años antes en las generales, con lo cual el poder del estado queda no repartido, sino enfrentado, con la consiguiente pérdida de eficacia: existe un gobierno central remando en una dirección, mientras que los diecisiete remeros autonómicos suelen bogar hacia donde sus inmediatos y locales intereses electorales les indican. Resultado: lentitud, tensión, parálisis e ineficacia. Y desunión. ¿Alguien es capaz de negar a estas alturas que el estado autonómico resta eficacia y operatividad al conjunto del país?

Por el contrario, ¿se han fijado que jamás un gobierno nacional ha tenido la deslealtad de reprochar a un gobierno autonómico la gestión de cualquier crisis? La situación inversa, en cambio, se produce con inusitada frecuencia. Y es que los líderes autonómicos se consideran soberanos de pequeños reinos independientes con derecho a pedir dinero y responsabilidades sin descanso, descuidando la mínima lealtad constitucional exigible a la administración del estado, de la que forman parte. Y su ejemplo, como es lógico por otra parte a la vista de la rentabilidad de esa actitud, va siendo imitado por los gobiernos municipales.

¿Por qué no reclamamos al gobierno de España que cada vez que se produce alguna negligencia o error en la gestión de cualquier asunto por parte de las autoridades municipales o autonómicas lo haga saber públicamente? ¿Por qué tiene que mantenerse en un papel de permanente receptor de ataques y reclamaciones por parte de unas administraciones que tienen transferidas casi todas las competencias que incumben directamente al ciudadano?

Así nos va.

Autor: carmenalvarezvela

Abrí este blog para hablar de España y conforme ha pasado el tiempo, algunos amigos mucho más cualificados que yo colaboran para expresar nuestra común preocupación por los males que nos aquejan como nación. Otros participan escribiendo sobre música, cine, literatura, historia ... Debería cambiar el nombre del blog, "No me resigno", como mínimo por "No nos resignamos", ya veremos. Mi amigo Emmanuel M. Alcocer me dijo una vez que el peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada. Pues ahí estamos, intentando hacer algo.

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