Tabarnia on my mind. Por Antonio Jaumandreu @Ajaumandreu

El proceso separatista produce monstruos. Lleva años produciéndolos. Y uno de los más divertidos, refrescantes e ingeniosos es el que responde a un nombre casi de leyenda: Tabarnia.

La palabra es el resultado de mezclar los nombres de las provincias de Barcelona y Tarragona. Y el proyecto pretende segregar esas dos provincias del resto de Cataluña, obteniendo la condición de nueva comunidad autónoma del estado español al amparo de los artículos 143 y 144 de la Constitución. Todo ello, claro está, como respuesta al propósito separatista de la Generalidad.

Lo que seguramente comenzó como una broma con unos cuantos gintonics de más ha ido tomando sorprendente forma, y es que a medida que se manipulaba el juguete se le descubrían más y más utilidades. La primera, el sentido del humor como arma infalible para tratar con los separatistas: para ellos el humor es como el ajo para los vampiros. Simplemente les horroriza, lo desconocen. Siempre y cuando se refiera a sus cosas, claro: para mofarse del contrario no les faltan ganas, ni medios, ni programas de televisión pagados con nuestros impuestos. Pero ¿el humor como autocrítica? Jamás. Todos sabemos que el concepto de Cataluña es sagrado.

 

Y es precisamente por eso que el concepto de una independencia infinita, en bucle interminable, resulta de lo más jocoso y también pernicioso para los intereses nacionalistas porque demuestra lo absurdo del razonamiento: Cataluña quiere independizarse de España, y luego Barcelona y el valle de Arán de Cataluña, y después Pedralbes y Sarrià – Sant Gervasi querrán separarse de Barcelona porque mantienen a los barrios pobres, y Sant Cebrià de Vallalta querrá salir del Maresme porque su renta per cápita es más alta… Y así sucesivamente, hasta la división del átomo.

Pero cuando el efluvio de los gintonic pasa, la idea va adquiriendo indudables atractivos. Uno de ellos, de primero de estrategia: la posibilidad de atacar al enemigo en su retaguardia y obligarle por tanto a diversificar sus esfuerzos, dedicando algunos de ellos a fines defensivos, cuando hasta ahora ha estado volcado siempre en la ofensiva.

Si se paran a pensarlo, la comunidad autónoma catalana no parece arriesgar nada en este envite separatista. Ni en este, ni nunca: siempre que se habla de dialogar, de negociar, es para avanzar en un solo sentido. Más competencias, más financiación. Pero nunca el estado obtiene nada a cambio. Eso ni es negociación ni es nada. Una negociación digna de tal nombre se formularía, por ejemplo, en términos de “pactamos más financiación pero tú renuncias a la inmersión lingüística. O a las sanciones por rotulación de establecimientos”. Qué sé yo, algo. Negociar es intercambiar, y en cuarenta años no ha sido así. La supuesta negociación se ha reducido a la cesión continuada de una parte y a la exigencia permanente de la otra. El factor Tabarnia pondría sobre la mesa un importantísimo elemento de negociación: territorio, riqueza y productividad.

Otro, y nada desdeñable, es provocar en los independentistas la sorprendente situación de tener que rebatir sus propios argumentos. Si aceptásemos que España roba a Cataluña, con exactamente el mismo razonamiento deberíamos asumir que Cataluña roba a Tabarnia. Si tragamos con que los territorios pagan impuestos, Tabarnia paga más de lo que recibe en inversiones. Esto resulta tan irrefutable que el separatismo verá su razonamiento frente a España limitado a la verdad desnuda de un argumento puramente egoísta e identitario: no es que me parezca mal que unos territorios paguen o aporten más que otros: es que me parece mal solo si soy yo quien lo hace. ¿Con qué cara me lo explicas?

Uno más: aquellos miles de barceloneses que nos reconocíamos orgullosos de serlo, pero que crecientemente hemos ido teniendo más y más reparos a que eso nos identificase con esta Cataluña provinciana, cerrada, antipática y hostil que los separatistas han conseguido dibujar, recuperaríamos el entusiasmo por un proyecto abierto, dinámico y moderno como lo fue la Barcelona de los Juegos Olímpicos. Bien llevado, podría suscitar el apoyo, aunque solo fuese jocoso, de buena parte de la intelectualidad y del tejido emprendedor.

Yo no sé si Tabarnia tiene algún futuro real, pero al menos como maniobra estratégica debería explorarse. Eso sí: hagámonos a la idea de que ni un solo partido político va a apoyar la idea. Salvo, claro está, que un potente movimiento ciudadano se lo exija. Vamos, se lo exija… Se lo haga electoralmente interesante.

Y entre tanto, y en todo caso… ¿y lo que nos íbamos a divertir?

Autor: carmenalvarezvela

Abrí este blog para hablar de España y conforme ha pasado el tiempo, algunos amigos mucho más cualificados que yo colaboran para expresar nuestra común preocupación por los males que nos aquejan como nación. Otros participan escribiendo sobre música, cine, literatura, historia ... Debería cambiar el nombre del blog, "No me resigno", como mínimo por "No nos resignamos", ya veremos. Mi amigo Emmanuel M. Alcocer me dijo una vez que el peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada. Pues ahí estamos, intentando hacer algo.

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