Defender lo obvio. Por Antonio Jaumandreu @Ajaumandreu

“Nos presentan el idioma español como un arma de opresión, de colonización, como un instrumento de disolución de las identidades regionales en lugar de como un formidable medio de comunicación de ámbito global”.

 

 

Se presentaba hoy, recogiendo firmas en plena Puerta del Sol, un movimiento para mí nuevo llamado “Hablamos español”, o si lo prefieren hispanohablantes. Es como mínimo chocante ver qué principios se sienten algunos obligados a defender en la España democrática del siglo XXI. Y más chocante aún resulta que no lo hagamos los demás, más allá de echar nuestra firma de apoyo en un impreso. Porque lo que defiende esta gente es algo tan extravagante como que en España pueda utilizarse el español. Sí, tal como suena.

Eso nos da una idea cabal de hasta qué extremos hemos llegado en el papanatismo que nos lleva a considerar respetable, legítima y aceptable cualquier reivindicación que venga de uno de los nacionalismos que padecemos. Y además, no lo olvidemos, aguantando pese a las constantes cesiones que se acuse al estado de no respetar el hecho diferencial, de intentar ahogar las otras lenguas de España, y hasta de genocidio cultural. Utilizar el español en España… Es una frase tan absurda que basta con sustituir español por francés o italiano y España por Francia o Italia para darse cuenta. Y sin embargo, hemos llegado hasta aquí a base de cesiones inconcebibles, lesionando los derechos de millones de ciudadanos y pisoteando, de paso, el más elemental sentido común.

Una anécdota sin mayor trascendencia. Cuando yo me estrenaba como abogado en Barcelona, la rotulación informativa de los juzgados estaba en español y en catalán. Quizá no al principio, que uno ya ni peina canas, pero pronto, con motivo de un lavado de cara a las vetustas instalaciones, todo pasó a estar en ambos idiomas. Perfecto. Hace unos pocos años se inauguró la flamante Ciudad de la Justicia de Barcelona, trasladándose al magno complejo todos los juzgados de la capital catalana. Todo nuevo, imponente… y ni un solo rótulo en español. Permítanme dejar por un momento de lado la legalidad de esa decisión: piensen tan solo en una sola razón, en una sola ventaja para el ciudadano que pueda aportar la exclusión del español en la rotulación. Ninguna, evidentemente.

Otra: hace también unos cuantos años, juzgado de lo social, asunto que se cierra en el último momento, ya dentro de la sala, con un acuerdo que ha de plasmarse en secretaría. Todos los intervinientes, tanto partes como letrados, nos habíamos expresado en todo momento en español. La demanda se presentó en ese idioma también. Pero para nuestra sorpresa el funcionario, con evidentes dificultades, se empeña en redactarlo todo en catalán. A la vista de que no le resulta fácil los letrados acabamos por sugerirle que lo haga en español, idioma que en definitiva hemos empleado todos a lo largo de todo el procedimiento. Y el hombre, con cara de resignación, nos dice que su juzgado ha sido elegido como “juzgado piloto” para tramitarlo absolutamente todo en catalán.

Y otra, esta en Galicia: asisto en La Coruña a un acto de conciliación laboral por cuenta de una empresa de Barcelona. En el momento de entrar en la oficina a firmarla reparo en que el acta está redactada solo en gallego. Indico al letrado conciliador que mi cliente radica en Barcelona y que, dado que se trata de un formulario estándar, me hagan por favor un ejemplar en español. Me dicen que no existen modelos en español.

Debemos ser el único país en el mundo que ha conseguido convertir en un inconveniente lo que es una ventaja inmensa: disponer, en un territorio con varias lenguas, de un idioma común. Bien, no es exacto: no hemos convertido eso en un problema, sino que nos hemos creído que lo es, nos hemos dejado engañar por aquellos para los que sí lo es. ¿Y por qué lo es para ellos? Porque un idioma común une, acerca, aproxima, comunica. Y quienes desde siempre han tenido el objetivo confesado u oculto, explícito o implícito, de separarse de España han de crear necesariamente desunión, distancia, incomunicación, desconocimiento mutuo. En una palabra, romper vínculos. Y no hay vínculo más estrecho en una sociedad que el idioma común. Hay sociedades que no lo tienen, por supuesto, no en vano los independentistas ponen como ejemplo recurrente a la modélica Suiza. Cierto, pero créanme: ya quisiera Suiza tener un idioma común. Es una comparación absurda: Suiza no lo ha tenido jamás, nació sin tenerlo.

Nos presentan el idioma español como un arma de opresión, de colonización, como un instrumento de disolución de las identidades regionales en lugar de como un formidable medio de comunicación de ámbito global. Y sin cesar ni un instante de esgrimir ese escandaloso victimismo que les hace pasar por oprimidos cuando son ellos los que expulsan al español de la vida pública y de la administración, premian como un mérito en ocasiones determinante en las oposiciones el dominio del idioma local (lo cual evidentemente deja fuera a los ciudadanos del resto de España) y en los casos más extremos llegan a sancionar económicamente por no rotular en ese idioma local. Por no hablar del establecimiento de servicios de “normalización lingüística”, terminología excluyente que implica considerar anormal el uso de la lengua común. Que unos padres no puedan decidir que sus hijos se escolaricen en español en cualquier lugar del territorio español es, lisa y llanamente, un insulto a la inteligencia. Que un ciudadano español no pueda presentarse a oposiciones en cualquier punto de España es una flagrante discriminación. Que se exija a los medios y administraciones el uso de la versión local de los topónimos con expresa exclusión de su versión española, mientras a la inversa se traducen sin contemplaciones es ya una provocación humillante. Y que se impongan multas por no utilizar la lengua regional es sencillamente intolerable. No hay ni una sola razón de interés general que sostenga esas medidas. Ni una sola.

Todas las razones, por mucho que se vistan de protección de lenguas amenazadas, son de índole política, para la elaboración o exacerbación de una identidad diferenciada que solo beneficia a los intereses de los partidos nacionalistas. Unas lenguas tan amenazadas que pasan por el mejor momento de su historia, con medios de comunicación públicos que ni contemplan el español en su programación. Pero el victimismo sigue imperturbable, básicamente porque algunos lo siguen comprando presos de no se sabe qué mala conciencia. Esta gente de la Puerta del Sol, en definitiva, aparte de defender los derechos colectivos de todos los españoles, pelea por algo por lo que no debería ser necesario luchar, que es por el sentido común. Ese que tantas veces nuestros políticos han vendido a nuestros peores enemigos a cambio de un plato de votos. Así que no les dejemos solos, que va siendo hora de decir basta.

Autor: carmenalvarezvela

Abrí este blog para hablar de España y conforme ha pasado el tiempo, algunos amigos mucho más cualificados que yo colaboran para expresar nuestra común preocupación por los males que nos aquejan como nación. Otros participan escribiendo sobre música, cine, literatura, historia ... Debería cambiar el nombre del blog, "No me resigno", como mínimo por "No nos resignamos", ya veremos. Mi amigo Emmanuel M. Alcocer me dijo una vez que el peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada. Pues ahí estamos, intentando hacer algo.

Un comentario en “Defender lo obvio. Por Antonio Jaumandreu @Ajaumandreu”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s