Sobre la elegancia. Por Carmen Álvarez

 

Escribo uno de esos textos con los que nadie va a estar completamente de acuerdo. Cada uno tiene una idea acerca de la elegancia. Probablemente, muchos pensarán que voy a escribir sobre estilo en el vestir. Nada más lejos. Aclaro que tampoco sé de eso. Así que ahí van unas pinceladas de lo que yo entiendo por una persona elegante:

La elegancia es  lo contrario de la ostentación, de la excesiva exhibición del exterior y del interior. Resulta grosera e incómoda una muestra extemporánea de sentimientos, afectos, desafectos y desahogos varios. (Sí, me viene a la cabeza Belén Esteban ¡lo siento!, pero puede servir perfectamente como ejemplo límite). La persona elegante es comedida, prudente, inteligente y se esfuerza por controlar las emociones negativas. Piensa dos veces antes de hablar y es capaz de pedir disculpas cuando se equivoca o pierde los nervios. Muchos pensarán que qué tiene que ver esto con la elegancia. Lo tiene todo. Nada existe más desagradable que la soberbia. Me río yo sola imaginando a grandes celebrities iconos de la elegancia en el vestir en la intimidad. Se nos caerían un par de mitos. Y es que, teniendo una estructura ósea determinada y un buen estilista, mal se tiene que dar para no dar una excelente imagen pública. Pero no es eso.

 

Las personas hablamos, nos relacionamos y además, utilizamos mucho más de lo que creemos el lenguaje no verbal. Quizá en la armonía de todas esas cosas consista la elegancia. Pero donde mejor se distingue a una persona elegante es en el trato con los demás. Tenía mi hija once años cuando hablando con ella sobre una persona que se tiene por elegante, me dijo: “mamá, no me gusta cómo trata a los camareros”. En esto casos, ya puede ir el susodicho vestido de arriba abajo de Armani que se retrata de inmediato.

Nada hay más ordinario ni vulgar que aquellos que babean con el rico, el listo, el influyente, el intelectual, el líder o el importante de la mesa y habla despectivamente al camarero. Y esto es extensible a todos los ámbitos, pero ¡la mesa!, la mesa es de una importancia vital. Cuando salgo con un hombre a cenar soy un radar espantoso. Créanme, sé que no me hago un favor contando esto.  No se trata de manejar todos los cubiertos con destreza y conocimiento, no todo el mundo tiene por qué conocerlo, sino en las formas. En no agredir al otro en la forma de comer. Es una pena que ya no se dé importancia a las formas en muchos casos. Las formas son un signo de respeto maravilloso y traslucen también el fondo. Mi madre fue tremendamente estricta sobre nuestro comportamiento en la mesa. Me harté de escuchar mil veces “ponte recta”, “quita los codos de la mesa” y mil cosas más. Comer así en cualquier sitio, aunque sea sola, es una costumbre para mí. Y por cierto, es mucho más cómodo comer con educación que sin ella.

Pero, por encima de todo -insisto- la elegancia hace sentir bien a los demás. Todos hemos asistido a cenas donde el anfitrión estaba tan empeñado en hacer ver a los invitados su nivel, que lo que consigue al final es hacer que éstos se sientan perfectísimamente incómodos. Querer quedar por encima del prójimo es de un mal gusto y una cursilería propia de nuevo rico y además contraproducente. Sí, habrás demostrado cuánto tienes pero también lo que realmente eres. No olvidemos que en todo, menos es más (pero ruego a los caballeros que no apliquen esta máxima al traje de baño, gravísimo error).

La elegancia es natural y sencilla. Pero, qué difícil es la naturalidad y la sencillez no impostada. Por eso creo en la inteligencia, en la cultura que nos hace crecer -no en la “titulitis”-  y en la consideración con los demás como la verdadera elegancia.

Publicado en @XYZdiario el 25 de julio de 2017

http://xyzdiario.com/opinion-destacada/opinion/sobre-la-elegancia/

 

Autor: carmenalvarezvela

Abrí este blog para hablar de España y conforme ha pasado el tiempo, algunos amigos mucho más cualificados que yo colaboran para expresar nuestra común preocupación por los males que nos aquejan como nación. Otros participan escribiendo sobre música, cine, literatura, historia ... Debería cambiar el nombre del blog, "No me resigno", como mínimo por "No nos resignamos", ya veremos. Mi amigo Emmanuel M. Alcocer me dijo una vez que el peor error es el error de perderlo todo por no haber hecho nada. Pues ahí estamos, intentando hacer algo.

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