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Derechos e intereses. Por @BenjaminTyreen

Y sin derechos e intereses, sólo queda ese profundo cansancio, apático, como el del soldado de (otra vez) Napoleón, que huye de los cosacos por la estepa helada, ya nada importa, hace tanto frío, quiere dormir, se rinde al sueño, al agotamiento y a la desazón, y acepta su destino resignado, sería de ilusos seguir insistiendo, salvo que, como el de “Big Fish” sonando Buddy Holly de fondo, seas un iluso integral, de los ilusos de toda la vida.

Es cansado, que decía Alberto Pérez. Este intercambio de cromos, sile sile, nole nole, ayuntamientos, mesas de parlamentos, consejerías, gente sin acta a la que hay que colocar, ministerios… Como al final de aquella de romanos de Anthony Mann, con todo el imperio podrido, en que tras ser rechazado el poder por Stephen Boyd (prefiere irse con Sofía Loren, que no es tampoco mal plan) se oye a los senadores ofrecer dos millones de dinares, dos millones setecientos mil, ochocientos, novecientos… por el trono. (Que ahora vendrá alguien de Twitter a decir que no había dinares en el Imperio romano, y que los emperadores no tenían trono, ni cómodo ni otro, pero eso es lo que dicen en la película, echadle una instancia a Samuel Bronston si eso y a mí dejadme en paz).

Y decía Napoleón, no Alberto Pérez, que nos batimos más por nuestros intereses que por nuestros derechos, lo que se ve cada día en esta continua, como un bucle sin fin, campaña electoral que padecemos ciudadanos que somos ninguneados, burlados, esquivados, subastados, a cambio de sardinas que arrimar al ascua. Y esos, sólo esos, son los intereses que interesan, perdida ya la guerra de los derechos a base de derrotas en las batallas de la unidad de nuestra vieja nación, porque únicamente ésta acaba garantizando aquéllos.

Y sin derechos e intereses, sólo queda ese profundo cansancio, apático, como el del soldado de (otra vez) Napoleón, que huye de los cosacos por la estepa helada, ya nada importa, hace tanto frío, quiere dormir, se rinde al sueño, al agotamiento y a la desazón, y acepta su destino resignado, sería de ilusos seguir insistiendo, salvo que, como el de “Big Fish” sonando Buddy Holly de fondo, seas un iluso integral, de los ilusos de toda la vida.

No pido, no me queda esperanza, alta política, que no se trata de ser Adenauer, sólo espero inteligencia y dignidad bastantes como para ser capaz de  —respectivamente—  atarse el nudo de los zapatos y batirse en buena lid (dentro del cuadro que forman los escudos) por tus paganos conciudadanos, sus derechos o sus intereses, incluso por ambos.

Pero no, se alejan Livio y Lucila, y es cansado, pero al llegar la noche ella descansa a su lado, mi voz en su costado.

Colau o la afición por la aflicción. Por Carmen Álvarez

Esa clase de mujer, que no deja de ser una manipuladora nata, llorona, hipersensible para lo que le es propio y cruel para con el prójimo, y curiosamente más cruel para con la prójima —que sé muy bien lo que me digo—, no debería estar en política. La política necesita de personas —mujeres u hombres— que vengan llorados de casa, con experiencia laboral probada, con las emociones controladas, y, por supuesto, con unos estudios que acrediten un cierto conocimiento de las cosas. Que dejar la gestión pública en manos de patanes y advenedizos no interesa.

Ay, Ada, no voy a repetirte lo que con tanta razón ya se te ha dicho durante las últimas 24 horas; aquello de que nunca te has dignado a apoyar, defender, solidarizarte —expresión que tanto os gusta a vosotros, los progres—, con Inés Arrimadas o con Cayetana Álvarez de Toledo, o con tantos otros, posicionándote en contra de los totalitarios que las han insultado, vejado e intentado agredir. Ya está todo dicho. No puedo añadir nada más.

Pero hablemos de madurez, querida. Ya te he escrito dos cartas, y me veo obligada a remitirte una tercera, ¡con todo lo que tengo que hacer!, pero me temo, claro, que tú no sabes lo que es la empresa privada… un no parar. Bueno, no es que no lo sepas; es que no tienes la menor idea de lo que es trabajar, pero ése es otro tema.

Madurez, control de las emociones. No voy a criticar que en un momento concreto te salten las lágrimas, que eso le puede pasar a cualquiera, ni que en un día tontísimo llores como una magdalena. Pero es que no sé si lo tuyo es debilidad, afición o estrategia.

Si es debilidad y tienes las emociones a flor de piel, te recomiendo que si te pasas así siete días seguidos acudas a un psiquiatra, que lo mismo estás enferma y no lo sabes. Esto es serio, no es un insulto, es algo que le puede suceder a cualquier hijo de vecino. Depresión, melancolía, ansiedad. De todos modos, si fuera este el motivo de tu llanto, que te impide incluso desenvolverte con normalidad durante una entrevista, te adelanto que no estás en condiciones de ser alcaldesa.

Pero si hablamos de afición a la aflicción, a dejar fluir las emociones sin control alguno —alegría desmedida, tristeza, ira—, cosa que ahora se lleva mucho, lo que todos entendemos por dejar el alma al aire, cual Alejandro Sanz pero en versión política, resultas demasiado intensa. Agotas, Inmaculada, agotas. Eres un auténtico plomo, además de un pozo sin fondo de sucedidos. Ignoro la razón por la cual a la gente como tú le ha pasado de todo en la vida. De todo y más. Antes de que los demás cuenten algo, a vosotras, a ti y a las de tu cuerda, ya os aconteció tiempo ha, y, por supuesto, fuisteis las primeras. Debutasteis en ese dolor. En ese aspecto sois imbatibles, porque al fin y al cabo ¿quién se resiste a una mujer que llora? Simpática paradoja de las feministas de hoy en día, que no queréis ser heroínas, sino víctimas. Pero… ¿víctimas, de qué? De todo, del mundo en general, al que de vez en cuando le da por llevaros la contraria y os dice que no a algo.

Esa clase de mujer, que no deja de ser una manipuladora nata, llorona, hipersensible para lo que le es propio y cruel para con el prójimo, y curiosamente más cruel para con la prójima —que sé muy bien lo que me digo—, no debería estar en política. La política necesita de personas —mujeres u hombres— que vengan llorados de casa, con experiencia laboral probada, con las emociones controladas, y, por supuesto, con unos estudios que acrediten un cierto conocimiento de las cosas. Que dejar la gestión pública en manos de patanes y advenedizos no interesa.

Cuando se carece de todo eso, es necesario tirar de estrategia, y si me sale bien llorar a moco tendido, lloro; y si me sale bien mentir sobre mi vida, miento. Ése es el medio en el que os movéis los personajillos como tú, Inmaculada.

Ojalá pudiera decir que eres la nada, que rima con Ada; pero no, eres tóxica. Intoxicas lo que tocas, y lo arreglas todo con una sobredosis emocional supuestamente antifascista que pone los pelos de punta. Aunque te diré algo positivo: no creo que seas tonta, ni mucho menos. Tienes muy claro que ese mensaje que tan bien dominas lo compra muchísima gente. De lo contrario no estarías ahí. Eres lista, Inmaculada, y sabes que hay mucho tonto suelto. Enhorabuena, Sra. Alcadesa.

Artículo publicado en Ataraxiamagazine.com el día 18/06/2019

Som la hòstia! Una nota personal y algo emotiva acerca del procés. Por Kiko Alegret @kiko_ac

Que a nadie le extrañe, por muy increíble que debiera parecernos, cómo hemos llegado a este punto – me temo que de no retorno – en el que dos millones de catalanes, no sé si abducidos, pero no me cabe duda de que con autocomplacencia y complejo de superioridad de lo más pueriles, encantados de conocerse a sí mismos, estómagos agradecidos unos cuantos, fieles peones de una causa que les mantiene alejados de sus verdaderas preocupaciones los más, son ya incapaces de preguntarse si realmente son la hòstia.

A nadie le amarga un caramelo, a todos nos gusta que nos regalen los oídos con epítetos positivos. Es más, los necesitamos, como necesitamos sentir cariño y afecto. Durante la infancia nos creemos acríticamente las alabanzas que nos reservan, sobre todo, nuestras bien intencionadas abuelas. Al llegar la adolescencia aparecen las dudas, aunque en el fondo quisiéramos que la balanza siguiera basculando más del lado de la inocencia y credulidad. “¿Si era tan estupendo, por qué no me siento ya así, por qué mis mayores corrigen tantas veces mis actos y mis palabras?” Y ya en la edad adulta, a menos que suframos de algún tipo de déficit psicológico, empezamos a asumir nuestras debilidades y miserias. Con mayor o menor fortuna, pero no nos queda otra que aceptarlas.

Durante mi infancia y adolescencia escuché infinidad de veces, por parte de familiares, amigos y conocidos de estos, vecinos e incluso maestros de escuela (y eso que frecuentaba el Liceo Francés, pero teníamos profesores autóctonos que impartían las clases de lengua castellana, civilización española y, más adelante, lengua catalana) que “els catalans som la hòstia!”

Situémonos. Hablo de finales de los 60, de los 70 y de principios de los 80: tardofranquismo, transición y primeros años de democracia en Barcelona y otras comarcas catalanas que solíamos visitar en familia.

Sí, éramos lo más en medio de una sociedad, la española, que sólo merecía nuestro menosprecio o, como mínimo, cierto grado de aceptación condescendiente, puesto que era un lastre para nuestro desarrollo político, económico y cultural, y el consiguiente reconocimiento internacional, como lo que éramos de verdad: un pueblo avanzado y precursor – al mismo nivel, sino superior, de grandes y avanzadas potencias europeas – de cuanto positivo había ofrecido al mundo la vieja Europa.

¿La democracia y la participación ciudadana en la vida política? Invento catalán, con el Consell de Cent y el Consolat de la Mar. ¿La industrialización? En Inglaterra y Cataluña primero y tirando del carro del resto de España, esa España que no nos había permitido comerciar con las colonias, que había mandado a nuestros bisabuelos y tatarabuelos a ser masacrados en Cuba, esa España siempre atrasada, de señoritos y pordioseros, todos holgazanes viviendo a costa de la laboriosa, educada y disciplinada Cataluña. Agravios, todos. Y teníamos a los charnegos, con los que era mejor no mezclarse. El cinturón rojo de Barcelona era territorio comanche, un gueto que nadie pensaría nunca en pisar. Cuando nos tocaba partido en Bellvitge o Sant Adrià de Besós, no aparecíamos ni la mitad de jugadores del equipo. Los padres de esos compañeros ausentes ni siquiera se molestaban en avisar al entrenador de que no contara con ellos. Esa falta se daba por hecho porque entraba dentro del orden natural de las cosas.

Luego crecimos. No supe cómo evolucionaron mis antiguos compañeros, pues nos perdimos la pista. Me marché a buscarme la vida en París. España todavía no pertenecía a la entonces CEE y allí, los dos primeros años, fui un sin papeles que trabajaba en negro. Incluso, por ese mismo motivo, me gané una expulsión del territorio francés. Conseguí finalmente matricularme en la Sorbonne y, en total, residí en la capital francesa ocho años. A pesar de mi situación de inmigrante, nunca me sentí extraño, nunca sentí rechazo alguno. Vivía y padecía prácticamente lo que cualquier otro joven trabajador y estudiante. No me preguntaban de dónde era. Quien se patea a diario la ciudad y los interminables pasillos de su metro, quien comparte espacio, derechos y obligaciones es parisino, independientemente del origen de cada cual.

Tras París vinieron destinos como Sevilla, Tenerife, Túnez, Turquía, Croacia, Egipto y unos cuantos más. No, Cataluña no era el epicentro del mundo. Era mi tierra y la añoraba, pero mis raíces no me hacían sentir especial ni merecedor de halagos o favores por una cuestión de orígenes fortuitos. Como tampoco lo hacía mi condición de español.

Con ocasión de la celebración de los 30 años del Bachillerato me reencontré por fin con mis antiguos compañeros de colegio. Como llevaba ya unos años residiendo en Mallorca, ¿había mejor ocasión para pasar un fin de semana en la ciudad de mi infancia?

¡Sorpresa! No sólo los catalanes seguíamos siendo la hòstia, sino que además el virus del odio y del asco ya se había apoderado de los cuerpos y las mentes de no pocos de mis viejos amiguitos. Los demás, callaban, aunque en privado, a través de las redes sociales y sabedores de mi filiación política, se sumaban a mi preocupación por la deriva supremacista y asfixiante del incipiente procés, aportándome ejemplos y datos de cuantos desmanes allí eran el oficialmente institucionalizado pan de cada día. Odio y asco que los más radicales dirigieron hacia mi persona, sin necesidad de debate alguno previo, como si de un asesino o violador en serie se tratara, porque los pocos que me habían contactado mediante esas mismas RRSS ya se habían encargado de que corriera la voz: “és d’UPyD”.

¿Habíamos recibido la misma educación, republicana, con todos los valores que ello implica, como si de niños franceses se tratara? ¿Ciudadanía, libertad, igualdad y fraternidad no eran los conceptos básicos que nos habían transmitido durante tantos años profesores del Ministerio de Educación francés escogidos entre los mejores (práctica común al tratarse de un centro en el extranjero)? ¿Qué había ocurrido? Antaño, con la pasión propia de la adolescencia y en la divergencia de opinión, siempre habíamos respetado las ideas que unos y otros defendíamos con mayor o menor fortuna, con sólidos, o no tanto, argumentos, pero nunca con desdén y menos con odio.

Que a nadie le extrañe, por muy increíble que debiera parecernos, cómo hemos llegado a este punto – me temo que de no retorno – en el que dos millones de catalanes, no sé si abducidos, pero no me cabe duda de que con autocomplacencia y complejo de superioridad de lo más pueriles, encantados de conocerse a sí mismos, estómagos agradecidos unos cuantos, fieles peones de una causa que les mantiene alejados de sus verdaderas preocupaciones los más, son ya incapaces de preguntarse si realmente son la hòstia.

Son la hòstia y se lo merecen todo, sin límites, porque así lo han decidido y aunque sea a costa de conculcar derechos de sus conciudadanos, de insultarles y negarles la libertad de decidir su propia identidad.

Escribí en diciembre de 2010 las líneas que siguen y que hoy quiero rescatar.

Hace años tuve la ocasión de interpretar el personaje de Bérenger de la obra Rhinocéros de Ionesco, el padre del teatro del absurdo. En un mundo en el cual primero aparecen unos pocos rinocerontes que destrozan todo a su paso, poco a poco los seres humanos se van transformando en rinocerontes. Todos excepto uno, Bérenger. Si Ionesco mediante la parábola de la “rinocerontitis” denunciaba los regímenes totalitarios, nazismo, fascismo, estalinismo, en los cuales las masas seguían las consignas oficiales sin oponer resistencia, hoy podríamos decir que padecemos de “hipopotamitis”. Los hipopótamos no parecen tan fieros y destructores como los rinocerontes, pero son igual de voraces y, en realidad, temibles y peligrosos. Tenemos hipopótamos por convicción, los menos, por interés, unos cuantos más, o por inercia, la gran mayoría que ha acabado suscribiendo una doctrina que en origen no era la suya. Los poderes reales, y los fácticos también, atentan contra nuestras libertades, pero pocos son los que denuncian tal proceder de cuantos sacan provecho de una sociedad adormecida.

Para el filósofo francés Bernard-Henri Lévy el libre pensamiento “sigue siendo una de las luchas fundamentales de nuestros días. Sólo la libertad de pensamiento es capaz de romper los ladrillos del pensamiento totalitario. Hay que protegerse contra los estados invasores, contra el suelo de prejuicios por el que andamos, contra los pensamientos prefabricados que impiden el pensamiento libre. Es la forma de despegarse de un pensamiento que nos pega al suelo de nuestras tradiciones. […] Hay que cruzar y multiplicar los pensamientos. Los que dicen que cada cultura tiene sus propios pensamientos y hay que mantenerlos inalterados son cerrados de mente. El islamismo radical, por ejemplo, recurre a esta idea. Pero hay que repetirles que la grandeza de una cultura está en la fidelidad a sí misma y la capacidad de adaptar nuevas culturas en su paisaje. Hay que convertirla en un crisol de culturas asumidas. Para tener un pensamiento libre hay que integrar pensamientos diferentes“.

Definitivamente, los grandes males pasados y presentes tienen como punto convergente el creer que sólo quienes comparten la propia identidad pueden llegar a ser la hòstia. Desembarazarnos de tal autoengaño es requisito indispensable para aceptarnos primero a nosotros mismos, luego a los demás. En juego está la convivencia y el respeto en unas sociedades que parecen haber perdido esos mismos valores que las hicieron grandes.

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SERIES: CHERNOBYL – ARMONÍA. Por @opicar

La mentira es tal vez la gran protagonista de la serie, pero no la mentira en términos abstractos, sino las mentiras oficiales, aquellas mentiras concretas que desde el poder se difunden y alimentan con el único fin de perpetuar al propio sistema de poder imperante.

Decir a estas alturas que es una serie de cinco capítulos y que se puede visionar en HBO resulta ocioso, “Chernobyl” se ha convertido en un verdadero fenómeno de masas logrando en muy poco tiempo un número de espectadores realmente espectacular.

Cabe preguntarse por qué la serie está obteniendo un éxito sin precedentes cuando aparentemente se limita a contar una historia real por todos conocida previamente; en mi opinión la palabra clave de ese éxito es ‘armonía’, después de visionarla dos veces pienso que todos los elementos encajan a la perfección, como tal vez en ninguna otra serie que haya visto antes.

Visualmente perfecta, rodada en unas tonalidades que no podrían ser más apropiadas para la historia que se nos cuenta, sin caer en el esquema clásico y simplón de las películas de tragedias naturales o provocadas por la mano humana, y con un ritmo narrativo que funciona como un reloj de precisión que impide altibajos en el guion.

No estoy de acuerdo con aquellos que solo ven en “Chernobyl” una dura crítica al extinto sistema soviético, por supuesto que la hay, pero han sido la Historia y la realidad quiénes se han encargado de poner en su sitio a dicho sistema; para eso no era necesaria una serie, más bien creo que la crítica que la serie realiza va dirigida a los sistemas de poder con carácter general.

El reparto de actores es extraordinario, destacando Jared Harris en su rol de científico, apegado a la verdad científica hasta las últimas consecuencias, y como no el para mí insuperable Stellan Skarsgard, que vuelve a estar una vez más maravilloso en un papel de hombre del sistema al que se le rompen sus esquemas mentales cuando baja a pie de calle y toma conciencia de que la gente común existe.

La mentira es tal vez la gran protagonista de la serie, pero no la mentira en términos abstractos, sino las mentiras oficiales, aquellas mentiras concretas que desde el poder se difunden y alimentan con el único fin de perpetuar al propio sistema de poder imperante.

No seré yo, entre otras razones porque carezco del conocimiento necesario, quien entre en debate sobre las bondades o maldades de la energía nuclear, pero sí que la serie pone en evidencia los riesgos a los que nos exponemos cuando el hombre juega a ser Dios sin serlo, es seguro que el hombre como especie está necesitado, hoy más que nunca, de un cierto grado de humildad que hoy por hoy no tiene.

Personalmente, el elemento de la serie que más desazón me ha causado no ha sido la tragedia concreta que nos narra, sino el hecho de lo inermes que nos encontramos todos ante cualquier estructura de poder cuando la mentira se convierte en su modus operandi, y lo que es aún todavía peor, el trágico final que espera a quién, asumiendo el papel de héroe, trate de honrar a la verdad.

“Chernobyl” es en definitiva y en mi criterio una serie para no perderse.

El zurdo, una semblanza. Por Carlos García-Mateo @barcelonerias

“…el Zurdo fue un artista destacado entre la multitud de atribulados, insolentes púberes, jetas warholianos, mediocres, cuentistas que pulularon, haciendo mucho ruido, por el Madrid de los ochenta. Mejor, incluso, en su empalagosa pulcritud. Cantar en la cuerda floja le fue perdonado gracias a Aquella chica, una pieza canónica”.

Si hubo en la movida madrileña un chico de verdad moderno, vienés decadente, fue Fernando Márquez Chinchilla. Enjuto, flequillo lacio y siempre limpio, gafas de pasta negra, suéter de pico, parecía el sempiterno estudiante de letras. En aquel Madrid menos brillante y más tierno -en palabras de Luis Antonio de Villena-, Márquez, apodado El zurdo, fue apóstol del momento: publicaba fanzines, afinaba su voz temblorosa, dibujaba y escribía canciones como pequeños tesoros. Seguidor púber de Falange purísima y, por tanto, en esencia romántico, dio alma a La Mode, después del experimento Kaka de Luxe, grupo francamente malo pero ejemplar (1978). 

En ocasiones, las personas encumbran alturas que lo son por la espontaneidad, un sentido gracioso de la calidad. La Mode, banda de tres (Márquez, voz, letras; Antonio Zancajo, líricos punteos; Mario Gil, hombre orquesta), bosquejaba la elegancia y engolamiento de Brian Ferry. Una escena musical heterodoxa en general y bastante ortodoxa en los particulares del último sentimentalismo pop; imitativo, versátil, acomodado en los lenguajes y contralenguajes ibéricos. Caleidoscópico, de Vainica Doble a Derribos Arias, Burning o Serrat, por poner ejemplos de la desmesura cultural.

Tribalizándose el mercado juvenil, La Mode era gusto de los llamados con desprecio modernos, chicos que pasaron de la trenca al jersey con hombreras, de Becquer (sin abandonarlo del todo) a El Cairo, prosélitos de las líneas claras, guitarras con chorus y alados sintetizadores. Para algunos, tal formalismo sería el cimiento del desencanto, o una suerte de lógica pseudofranquista que mataría la escena. O movida, ese rudimento cariñoso con que el socialismo oficial envolvió a Madrid para ganárselo. La criatura no estaba nada mal. Sin embargo, puede pensarse que las cosas interesantes, por naturaleza, duran siempre poco. En la opuesta acera a aquellos modernos, estaba la ilusión sistémica del antisistema: Germán Coppini vociferaba “¿sabías que a Bryan Ferry le huele el aliento?”. Todo era bastante feliz e inocente. 

En cualquier caso, el Zurdo fue un artista destacado entre la multitud de atribulados, insolentes púberes, jetas warholianos, mediocres, cuentistas que pulularon, haciendo mucho ruido, por el Madrid de los ochenta. Mejor, incluso, en su empalagosa pulcritud. Cantar en la cuerda floja le fue perdonado gracias a Aquella chica, una pieza canónica. Siendo un joven madrileño de clase media se podía montar un grupo musical y escribir ternuras del tipo “quiero ser tu hermano mayor, mitad maestro mitad bufón”. Tenía, condición deseada por los fans baudelerianos, cierto aire maldito. Con voz dulzona, amanerada, lo justo desentonada, le decía al micro, respecto al eterno femenino:

“Tienen ese algo misterioso

que daba miedo a Leonardo y a Amiel,

que sólo las minorías entienden,

que hizo a Warhol esposo de su cassette.”

(La Mode, El eterno femenino, LP, Nuevos Medios, 1982)

barcelonerias.com

https://www.bing.com/videos/search?q=youtube+el+zurdo+aquella+chica&view=detail&mid=2F118869419CBCDB454F2F118869419CBCDB454F&FORM=VIRE


Música: PINK FLOYD – GRANDEZA. Por @opicar

Sí pretendo reivindicar a una banda distinta, única e irrepetible, con una personalidad propia tan fuerte y una originalidad tan desbordante que ni siquiera ha sido posible que crearan escuela, personalmente creo que si ha existido un grupo inclasificable en la historia del rock, ese es Pink Floyd.

No pretendo en este pequeño comentario centrarme en los datos biográficos de los componentes de la banda, ni tampoco realizar un análisis pormenorizado de la discografía de Pink Floyd; existe un amplio inventario de documentales, artículos y libros a los que acudir si se tiene interés en esas cuestiones.

Sí pretendo reivindicar a una banda distinta, única e irrepetible, con una personalidad propia tan fuerte y una originalidad tan desbordante que ni siquiera ha sido posible que crearan escuela, personalmente creo que si ha existido un grupo inclasificable en la historia del rock, ese es Pink Floyd.

Hablar de Pink Floyd en sus inicios es hablar de Syd Barrett, líder indiscutible del grupo, en un Londres de finales de los sesenta marcado por el rock y el pop  él convirtió a la banda en el mayor exponente de la música psicodélica, un Syd brillante como letrista y distinto a todos como compositor y guitarrista.

Pero Syd fue una estrella fugaz, al punto que la banda tuvo que prescindir de él. Posiblemente la esquizofrenia habitó en su mente siempre y un abuso excesivo de ácidos hizo el resto, su expulsión conformó la formación de la banda con tres de sus miembros originarios Roger Waters, Nick Mason y Richard Wright, y la acertada y bendita incorporación de David Gilmour en sustitución de Syd.

Es imposible no hablar de “The dark side of the moon” no solo si hablamos de Pink Floyd, sino si hablamos de la música rock; baste reseñar que es el tercer álbum más vendido de la historia, una obra maestra intemporal, simplemente inclasificable, nunca he podido abstraerme del torrente de sensaciones y emociones que me produjeron aquella música y aquellas letras allá por el año 1973, ya entonces sabíamos que aquello era distinto a todo, algo que te envolvía y que formaría por siempre parte de nuestras vidas.

El listón no podía estar más alto para la banda, pero su creatividad era un milagro, y nos encontramos acto seguido con “Wish you were Here”, otra barbaridad de álbum, en el que la figura de Syd estaba presente en las letras escritas por Waters. Sin embargo, el germen de la destrucción del grupo estaba servido, aún a pesar de que el posterior  “The Wall” tuvo un éxito que a día de hoy perdura, obra muy personal de un intransigente Waters que incluso acabo  enfrentándose con sus compañeros en interminables pleitos legales por la utilización del nombre del grupo cuando trató de disolver la banda.

Pink Floyd es ya un clásico de la música de todos los tiempos, no solo del rock, he de reconocer que después de décadas de oír una y otra vez su música, sigo sin poder abarcar toda su grandeza, todavía me abruman y me sobrepasan como si fuese la primera vez que tuviera la oportunidad de escucharlos. Su lirismo y su capacidad de descubrirme partes de mi propia alma que yo mismo desconocía tener, hasta que por ejemplo escuche la suite de “Atom Heart Mother”,  han despertado siempre en mí un enorme sentimiento de gratitud.

Relato: Aurículas acrílicas. Por Francisco Javier Sánchez Palomares @Pacurll

Después del reencuentro, la convivencia resultó compleja, pero ella acabó asumiendo mi comportamiento disperso y yo logré que no ejecutase a nadie en casa. Mantuvimos la relación en secreto, incluso para Lou, debido a su oficio algo peligroso. El equilibrio duró hasta que logramos alcanzar la dicha y volví a desbaratarlo todo. El vértigo a ser feliz.

Ursula Malin vestía pantalones asustados, tenía las aurículas acrílicas y los ventrículos de muñeca. Solía cumplir años el mismo día que nació y no tenía ninguna gargantilla de perlas que le blanquease la conciencia.

Siempre vestía un abrigo chesterfield negro amueblado con dos Colt Cobra que le proporcionaban una docena de posiblidades más en el cuerpo a cuerpo. Hecho que desconocía por completo la noche que volví a verla, de otro modo no la habría tratado con tanto descaro. Por suerte, ella solo buscaba atención, antes detestaba no pasar desapercibida y ahora pasarlo, aunque entonces no supusiese un riesgo y ahora sí.

Había sido portada de Vogue hacía 20 años. En aquella época se sentía segura, poderosa, inteligente y sin embargo solo era una preadulta guapa con mucha energía potencial. Ahora se veía a sí misma dubitativa, ajada y torpe, pero en realidad era una mujer excepcional. La inflamación de ego que sufrió con la fama unida a la inexperiencia y varios sucesos empapados en sangre hicieron que la atrapase un entorno en el cual la única manera de sobrevivir era a tiro limpio.

De joven, se ansía tener los medios para conseguir los objetivos deseados, pero, con el tiempo, se descubre que depender de uno mismo es peor que depender de nadie y que a menudo los anhelos son tóxicos.

Después del reencuentro, la convivencia resultó compleja, pero ella acabó asumiendo mi comportamiento disperso y yo logré que no ejecutase a nadie en casa. Mantuvimos la relación en secreto, incluso para Lou, debido a su oficio algo peligroso. El equilibrio duró hasta que logramos alcanzar la dicha y volví a desbaratarlo todo. El vértigo a ser feliz. Ella desapareció varios años y se oyeron algunos rumores malos y otros peores.

Aquel día bajé al bar con las mismas expectativas de quien arregla unas judías verdes para cocerlas con patata y sazonarlas poco. Es común no conceder mérito alguno a lo hecho cuando se dialoga con uno mismo, donde no es necesario fanfarronear porque se está solo, y en ocasiones ni eso, pero yo me sentía orgulloso de confundir la diversión con el placer y me atreví a invitar a un Martini a Ursula, que había vuelto de repente tras una temporada a la sombra.

—Lou, sirve otro Martini a Ursula y huye de la moderación en la medida de ginebra, por favor.

Lou sirvió de oído una copa larga a Ursula mientras me miraba intentando transmitirme cautela.

—Lou, no me mires así, ya sé a qué se dedica ahora la señorita Malin y, sea cual sea su próxima maniobra, me vendrá bien, no tengo nada que perder.

La situación era embarazosa como encontrarse con tu víctima en el psiquiatra. Pero Ursula abrió la boca para ventilar la tensión.

—Trevor, vas a tener suerte, aun sin ser responsable de ella. Sabes que unos tanto y otros tampoco, pero tú no estás en ninguna de esas dos mitades. Agradece que tengo una memoria imprecisa y un recuerdo precioso, aunque no olvides que un día perderás a todos a quienes quisiste y te sentirás desgraciado por no haber aprovechado el tiempo.

—Y al día siguiente se me olvidará, como se me olvidan todos los elogios.